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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 13/abr/2003 de La Auténtica Defensa.

El negocio del "fraude"  
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- ¿Por qué habría de ser la Argentina más soberana que el Iraq de Saddam Hussein? La descomunal victoria militar norteamericana, que se patentizó esta semana en la caída de Bagdad, iluminó de modo brutal la indigencia mundial y mostró las limitaciones de la consulta electoral que deberá solventarse aquí en apenas 14 días.

Pero cuando los tanques estadounidenses todavía vomitaban metralla en las ciudades iraquíes, la aparente ingobernabilidad argentina se exhibió más sombría y truculenta que nunca.

La Argentina siente regocijo perverso por el anuncio dañino de sus propias e hipotéticas catástrofes. A una quincena de la primera vuelta electoral, y por razones distintas, Adolfo Rodríguez Saá y Elisa Carrió parecen fascinados con la predicción de la tragedia. Pronostican un fraude electoral que saben casi imposible. Azuzan los temores paranoicos de un país que no cree ni en la salida del sol y politizan los entornos técnicos de una cuestión procesal para proyectar la sensación de que "ellos" van a querer robarse los comicios presidenciales.

Bien entendido, la posibilidad de zarandeos en el recuento de votos es una opción muy factible en cualquier democracia.

El presidente de los ocupantes de Iraq llegó a la Casa Blanca por decisión de la Corte Suprema, luego de una final electoral con Al Gore cuyo desenlace numérico fue más viscoso que el destino de Saddam Hussein.

Sin embargo, pese a que la legitimidad del triunfo de George Bush era ostensiblemente cuestionable, los Estados Unidos aceptaron el procedimiento y el país siguió su rumbo.

No es el caso de la Argentina. Una empecinada vocación destructiva privilegia las dificultades por encima de las oportunidades, prevé el engaño en lugar de suscitar la confianza, predica la catástrofe en vez de pronosticar la buena fortuna.

Rodríguez Saá, por ejemplo, sostiene la tesis del fraude para emponzoñarle el camino a Eduardo Duhalde, a quien considera (lenguaje del adolfismo) un "traidor a la patria".

Carrió, que en los últimos meses expulsó a casi todos los amigos políticos que había seducido, pregona la inminencia de la ilegalidad política como una manera muy obvia de prepararse para los resultados y, sobre todo, ante la evidente carencia de fiscales y militantes para asegurarse una buena presencia en los colegios electorales del vasto territorio argentino.

Pero es cierto que se llega a las elecciones en medio de una incertidumbre muy aguijoneada por el desparramo espiritual del que la Argentina sigue sin recuperarse y con un desconcierto bastante fogoneado por una muchedumbre de sondeos de opinión no mucho más creíbles que el resto de las instituciones nacionales.

Así las cosas, hay que decir que el país puede estar ante dos escenarios drásticamente diferentes. Uno se abre hasta la noche del 27 de abril o la madrugada del lunes 28, si es que la Argentina coagula sus preferencias con cierta relevancia en dos candidaturas. Si esa opción se da, la carrera por el 18 de mayo recién habrá empezado y serán tres semanas infernales porque, en casi todos los sentidos, habrá que barajar y dar de nuevo.

El otro escenario deriva de una posibilidad que no puede ocultarse: que tres o cuatro presidenciables se atribuyan esa misma noche ser los finalistas, con lo cual la instancia político-judicial destapa un mundo de imprevisibles.

Hay por lo menos cuatro candidatos presidenciales que tendrán fiscales propios en todo el país. Ellos son, por orden alfabético, Néstor Kirchner, Carlos Menem, Leopoldo Moreau y Adolfo Rodríguez Saá.

Ricardo López Murphy tendrá propia tropa en una parte importante del país y Carrió estará representada en un tercio del territorio. No se advierte la factibilidad técnica de que haya un fraude grueso en los principales conglomerados urbanos ante los ojos de representantes de proyectos tan visiblemente perfilados.

¿Un menemista concediendo graciosamente un dibujo ilegal de planilla perpetrado por un kirchnerista? ¿Un radical aceptando sin chistar que un adolfista robe votos?

Pero la propia pequeñez de tantos proyectos políticos, lo cual torna impensable gestos de gobernabilidad que avienten completamente el espectro del caos, es insidiosamente motorizada por un estado nacional de sospecha punzantemente estimulado por un segmento importante de los medios electrónicos, aposentados en la escabrosa ideología del cuanto-peor-cuanto-mejor. Este pensamiento se estructura así: la política es la culpable porque expulsa a la gente, pero cuando hay participación política se la fustiga porque se la asocia con los punteros y con una turbia vida comiteril juzgada como abominable. Ironía aleccionante de una Argentina eternamente adolescente, la tremebunda consigna "que se vayan todos" tras la cual marchaban millares de piqueteros, "ahorristas" y descontentos de todo pelaje, ha terminado dando nombre a un partido de los fascistas carapintada, viejos golpistas de años Ochenta.

Las posibilidades de crecimiento de los candidatos mejor ubicados son ya poco elásticas.

Menem organizó un discurso esencialmente conservador y nostálgico: propone volver a 1991, asegura que la Argentina estuvo mejor cuando él fue el mandamás y pide a la gente que lo siga, porque si algo se le ocurrió en 1989 (privatizar, desregular, flexibilizar, alinearse con los Estados Unidos), ya algo se le ocurrirá a 15 años de aquellos hechos. Pero, así como Menem tendrá 73 años dentro de pocas semanas, el mundo que hace tres lustros marchaba enérgicamente hacia la globalización unipolar arrastrado por Washington ha cambiado. La Argentina es hoy un país endeudado hasta la médula, habitado por 20 millones de pobres y en cuarentena mundial.

Rodríguez Saá es un excepcional expositor de la indestructible picardía nativa. No tiene remilgos en maquillarse para un "sketch" con Susana Giménez, decirle lo que quieren escuchar a los adustos capitalistas de la Asociación Empresaria Argentina, cantar la marchita con los muchachos de los sindicatos y prometer mano durísimo levantándole el brazo a Aldo Rico.

López Murphy hizo una campaña digna y serena, levantó ostensiblemente el tono general del debate desde un pensamiento híper moderado y sorprendió a quienes veían en él sólo a un refunfuñante y tedioso profesor de economía. Su avance le envenena la vida a Menem, que esta semana salió a acusarlo de "gordo", como si el ex presidente, con su indescriptible cabellera absurdamente pintada de azabache, pudiera menear los asuntos de aspecto físico como munición válida de campaña.

Carrió, por su parte, dice que todos los que se le acercan quieren chantajearla y por eso les va a dando a cada uno de sus fugaces socios un sonoro puntapié: primero se deshizo del Partido Socialista, cofundador del partido ARI, luego avanzó contra los peronistas bonaerenses de Mario Cafiero y ahora se las ingenió para echar al partido Nuevo Milenio de la Capital Federal, cuyo líder Juan Carlos Dante Gullo es para muchos porteños símbolo de los ideales progresistas de los años Setenta.

Zigzagueante, ahora Carrió arregló con Aníbal Ibarra para apoyarlo en las elecciones del 8 de junio para elegir Jefe de Gobierno.

Kirchner, finalmente, parece convencido de que su campaña metódica, gris y poco colorida es lo más adecuado y su gran cosecha de esta semana es haber asociado a su proyecto presidencial el nada desdeñable apoyo del ministro de Economía, Roberto Lavagna, de lejos el hombre más popular y aceptado del Gobierno nacional.

En el tramo final, cuando hasta el embajador de los Estados Unidos y su inminente sucesor intervienen en el desenlace electoral, la Argentina sigue siendo una nación enamorada de las predicciones más sombrías, aun cuando hasta desde el exterior se nos diga que lo peor ya pasó. ¿Por qué será? ¿Será porque los argentinos, en algún recóndito pliegue, deseamos que haya por delante algo aún peor?


 
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