Buenos Aires (Especial para Noticias Argentinas por Luis Torres) -- Un acontecimiento desgarrador que ha conmovido a la opinión pública mundial esta focalizado en el desplazamiento de los colonos judíos de la franja de Gaza, como parte del plan de paz puesto en marcha por Ariel Sharón.
El premier israelí efectuó días atrás un dramático llamado a los colonos asumiendo, con voz grave y emocionada, toda la responsabilidad del desalojo.
El líder judío suplicó a los colonos que no cuestionaran ni atacaran a los hombres y mujeres soldados, sino que era suya toda la responsabilidad de la evacuación y desalojo.
La paz tiene un precio. El futuro inmediato dirá con los hechos si este sacrificio valió la pena, y detiene o mitiga aunque más no sea el terrorismo suicida.
La Argentina fue una de sus víctimas en la Embajada de Israel y en la AMIA, atentados que dejaron un centenar de muertos aun sin justicia.
¿Liberará la alta política de Sharón a la humanidad de la bomba indiscriminada y asesina?
El líder israelí sabe lo que hace y ha dado un ejemplo al asumirla responsabilidad de lo que ocurrió en Gaza.
Muy distinto hubiera sido el destino argentino si otros gobernantes hubieran asumido la responsabilidad de lo hecho con el corazón frío, aunque la conducta hubiera sido equivocada.
Pero esconderse tras la ¨noche y niebla¨ nazi, permite suponer que en la sociedad argentina aun persisten oscuros grupos antisemitas que secretamente aplauden y se refocilan con lo que ocurrió en Gaza, y quieren presentar la evacuación como una guerra de hermanos contra hermanos, de judíos contra judíos.
Ese claro y nítido antisemitismo, que ni siquiera está disfrazado de nacionalismo, es el que ha llevado casi a la muerte a un joven del barrio de Belgrano que fue apuñalado por Skinheads, episodio que se repitió, aunque sin cuchillos, 24 horas después en el mismo barrio contra un adolescente judío.
Llama la atención también que muchos analistas internacionales excluyen los casos de la AMIA y la Embajada de Israel del fatídico grupo de grandes atentados, empezando por la Torres Gemelas, siguiendo por Atocha y finalmente Londres.
¿A qué se debe esa exclusión? Tal vez a que Argentina es ¨insignificante¨ -como alguna vez dijo un ministro de economía alemán- y un muerto argentino judío no merece la pena tenerlo en cuenta.
El Congreso nacional se apura y se agita en cuestiones vinculadas con el ex senador Branda o con los desatinos de D´Elia, que revolea basura podrida contra dirigentes políticos de la provincia de Buenos Aires, desde intendentes en funciones, hasta llegar al insulto brutal y degradante contra Eduardo Duhalde.
Pero ¿habrá algún legislador que sin ser judío se lance a perfeccionar leyes que frenen y pulvericen a esas alimañas rapadas que merodean en algunos centros urbanos? ¿O la campaña preelectoral nubla la vista y oscurece el pensamiento?
No sería malo seguir el modelo británico, la más libérrima de las sociedades que permitió la existencia de estos grupos pero que cuando reprime el delito lo hace con una fuerza inquebrantable.
Después el otro desgarro social ha sido el caso del Hospital Garrahan.
La política del presidente ya es conocida, le ha dado sus frutos y es jugar al desgaste.
Lo ha logrado.
Ni Tomada, ministro de Trabajo. ni Ginés, ministro de Salud, abrieron la boca. Los huelguistas se quedaron solos y la opinión pública nacional los repudió.
Lo mismo sucedió con los piqueteros, se quedaron solos y la opinión pública los repudió.
El enigma del alma de los argentinos todavía no ha sido develado, no hay dirigentes que hayan podido desterrar para siempre o someter al monstruo del antisemitismo y del racismo.
Cuando Oriana Falacci, la audaz periodista italiana, dijo que en cada argentino había un ¨enano fachista¨, la clase dirigente se arrancó las vestiduras y puso el grito en el cielo rechazando sus dichos, pero veinte años después esa tendencia parece no haber desaparecido aún.
Si queremos mencionar un tercer desgarro social hay que contabilizar el problema de la inseguridad.
Hay esfuerzos titánicos para atenuarla.
Hay números, cifras y estadísticas que esgrime el ministro Arslanián mostrando el descenso de criminalidad, pero la paliza y desvalijamiento a un par de jubilados es más elocuente que todas las palabras.
Y ahora se acerca la cumbre presidencial de Mar del Plata.
Vendrá el presidente George Bush, de los Estados Unidos. Desde hace mas de 45 días que en forma discreta y en combinación con la Policía Federal esta trabajando la seguridad norteamericana en Mar del Plata.
Simultáneamente, el ejército estadounidense ha desplazado hacila triple frontera (Paraguay, Brasil y Argentina) un batallón de 1.500 infantes de Marina bajo el pretexto de estar realizando ejercicios conjuntos con tropas paraguayas.
En la frontera colombo-venezolana, estaría instalado otro batallón de 1.500 hombres y en Miami esta alistado un tercero cuyo desplazamiento hacia cualquier zona de América del Sur demandaría no mas de 12 horas.
Esta presencia militar norteamericana tiene múltiples significados y simbolismos. Para la administración de la Casa Blanca no hay fronteras para combatir al terrorismo. Y eso abarca a las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC) y a la Jihad islámica.
Finalmente, nadie lo ha confirmado pero podría ocurrir que en aguas internacionales y frente a Mar del Plata se instale el Portaviones Constellation que ya anduvo por aquí en viaje del Pacifico hacia la base naval de Norfolk.
Este portaviones posee helicópteros de última generación y aviones caza de combate y es veterano de guerra ya que estuvo en el reciente conflicto de Irak.
Pero si bien la seguridad está garantizada tanto para Bush como para los otros presidentes, lo que no está asegurado es la emisión de un documento final unívoco.
Los Estados Unidos priorizan la transparencia, es decir eliminar la corrupción de los regímenes políticos, en cambio los otros estados americanos quieren hacer desaparecer los subsidios agrícolas que torpedean a las economías de la región.
La Casa Blanca quiere el libre comercio, el resto apuesta al Mercosur o a economías alejadas de un capitalismo salvaje. Como se ve, falta un largo trecho para unir criterios y voluntades.



