Buenos Aires, (especial de NA por Martín Hermida)- La alta exposición que lo obliga a tener la campaña electoral y su doble condición de canciller y candidato de cara a los comicios de octubre, están poniendo, en ocasiones, al ministro Rafael Bielsa en una posición incómoda. Y han hecho que en más de una oportunidad le causaran al Gobierno un dolor de cabeza.
En los últimos días, esto se vio reflejado en dos cuestiones que figuran en lo alto de la agenda de la política exterior argentina: la relación con El Vaticano, especialmente complicada después del incidente de febrero pasado con monseñor Antonio Baseotto, obispo castrense, y la preparación para la Cumbre de las Américas, a realizarse en noviembre en Mar del Plata.
Bielsa, en una de sus recorridas mediáticas, dijo, en torno al tema de la Cumbre, que en el camino a ese encuentro había que "rogarle a Dios" que no ocurra "ningún episodio grave", como por ejemplo los atentados en Londres, registrados en julio pasado.
Más que una referencia religiosa, el tema se las trajo y generó reacciones inmediatas. ¿Es correcto que el canciller del país organizador del encuentro, que convocará a 34 jefes de Estado de todo el continente, deslice algún tipo de temor por la seguridad alrededor de la Cumbre?
Cuando se dio cuenta de lo que había dicho -y también cuando se lo advirtieron- Bielsa salió a intentar bajarle el tono, y comenzó a desplegar una serie de interpretaciones sobre la frase que había pronunciado y también acerca del significado de "pedirle a Dios" (¿tendrá esto algo que ver con la polémica con El Vaticano?).
En ese marco, por ejemplo, criticó la dimensión que le dieron los medios de prensa a sus palabras, y señaló, dirigiéndose a un periodista: "¿Usted nunca tuvo un amigo al que le dijo ‘nos vemos mañana’, y el amigo le contestó ‘si Dios quiere’? Es exactamente eso, lo que pasa es que a veces, con colegas suyos, hay que hablar con subtítulos en español".
También puso el acento en que si ocurriera algo, no sería por "negligencia organizativa", y aseveró que "se han tomado todas las precauciones".
Lo cierto es que más allá de las frases, desafortunadas o no, existe un grado de preocupación por la Cumbre y la seguridad que se brinde en ese marco. Argentina ya dispuso, de hecho, la presencia de más de 5 mil efectivos que estarán en toda la ciudad, los cuales se verán cara a cara con otros tantos miles de funcionarios, miembros de delegaciones extranjeras y periodistas de todo el mundo.
La otra polémica de estos días se da en la relación de Argentina con El Vaticano. El propio canciller hizo público algo que se venía negociando entre bambalinas: la posibilidad de estudiar la redacción de un nuevo Concordato (el entramado jurídico entre los dos Estados) que regule con otros parámetros los mecanismos de designación y remoción del obispo castrense (el que tiene que desplegar su tarea pastoral ante los miembros de las Fuerzas Armadas).
Esa, junto a otras ofertas, había sido una de las cartas barajadas por el secretario de Culto, Guillemo Oliveri, después de que la polémica por Baseotto (originada en fuertes críticas del prelado al ministro de Salud, Ginés González García), tomaran un vuelo que puso al borde del precipicio las relaciones entre ambos Estados.
El Vaticano sostiene que como Baseotto es obispo y a los obispos sólo puede designarlos y removerlos el Papa, éste sigue siéndolo; y sigue ocupando el Obispado Castrense.
El Gobierno, que intentó sin éxito que la Santa Sede lo removiera cuando se suscitó la polémica con Ginés, le quitó el aval que le había dado (precisamente por el Concordato vigente actualmente el obispo necesita ese aval porque el Presidente es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas) y le sacó el sueldo y el cargo de subsecretario de Estado.
También en los últimos días trascendió que el Gobierno había rechazado una negociación que planteaba la designación de un obispo coadjutor (sucesor) y una posterior salida elegante para Baseotto, dentro de unos meses.
La Iglesia argentina, según lo reconocieron en voz baja varios obispos, no desea otra cosa que sacar de la esfera pública este tema. Lo mismo plantean desde un sector del Gobierno, encargado de hacer propuestas en busca de una solución para el dilema.
Sin embargo, hay momentos y situaciones en que la velocidad y la vorágine que impone la campaña electoral hacen que todo salga precipitadamente a la luz y que esas posibles soluciones queden en la nada. Y quizá esa salida a la luz no sea de la mejor manera posible.
Aquella doble condición de candidato y canciller, entonces, posiblemente le traiga al Gobierno otros dolores de cabeza de aquí hasta las elecciones. Como se ve que está sucediendo en estos momentos.



