Buenos Aires (Especial para NA, por Daniel Casal) -- Esa vieja costumbre histórica del justicialismo de convertirse en oficialismo y oposición en vísperas de cada comicio, ha vuelto a dejar de nuevo a los opositores en un camino de laberintos, en cuyo final se vislumbran más debilidades que fortalezas.
Hay una ya conocida sensación entre la gente que, luego del 23 de octubre, kirchneristas y duhaldistas comenzarán el ineludible tránsito hacia la convergencia, bajo un viejo viejo precepto: ¨El que pierde acompaña¨.
Es posible que los matrimonios Kirchner y Duhalde no restablezcan rápidamente la relación debido a las profundas heridas que dejó la campaña, pero es imposible imaginar a las tropas de la dirigencia peronista en un horizonte de sangre y veneno como montescos y capuletos.
Todo es mutable y posible en las filas del peronismo. O, acaso, pueden pasar desapercibidos esos retratos del primer mandatario con intendentes muy poco fotogénicos que hasta hace poco solía denostar.
Este es el laberinto en el quedó atrapado buena parte de los que hoy se enfrentan al proyecto del actual gobierno, sobre todo, la propia oposición interna encarnada por Chiche Duhalde, a pesar que las listas que encabeza en territorio bonaerense lleve toda la simbología peronistas en afiches y boletas electorales.
La candidata venía sumando puntos mientras los Kirchner la utilizaban como blanco en cada acto de campaña, pero su ritmo de crecimiento en las encuestas se desaceleró cuando el oficialismo comenzó a ignorala.
A partir de ese momento, Chiche se dedicó a disparar dardos envenenados hacia la Casa Rosada, como que el oficialismo entrega electrodomésticos y otras prebendas para cosechar adherentes.
Además, pretende instalar en la opinión pública la idea que una derrota suya ante Cristina por unos 10 puntos o algo más será un triunfo para ella y su marido, con vistas a las presidenciales de 2007, para la cual, sueñan con llevar a Roberto Lavagna como candidato.
La idea de los gurúes de la estrategia de Chiche fue elevar al tono opositor de la candidata con el objetivo de forzar nuevos cruces con el Gobierno, pero en esas costas está clara la orden de no salir a responderle.
En el kirchnerismo se prefiere, ahora, apuntar los disparos contras las privatizadas, como Aguas Argentinas y también con los organismos internacionales de crédito, a pesar que el Gobierno se ha convertido en un puntual pagador.
Por los pagos de la centroderecha, la situación de Mauricio y Ricardo López Murphy ha tomado un cariz particular con olor a las primarias que se realizan en los Estados Unidos.
Es decir que aquel que quede mejor parado, no necesariamente algún ganador, será el que podrá liderar la coalición si esta perdura una vez apagadas las luces de las legislativas.
La paradoja puede estar en que, según las encuestas, el presidente de Boca Juniors puede resultar ganador en la Capital, y López Murphy quedar demasiado atrás de los más votados.
Pero, el número de votos que puedan cosechar ambos en distritostan disímiles, resultará crucial para establecer liderazgos.
Sucede que no es lo mismo la potencia de arrastre de un voto en la provincia de Buenos Aires, con amplios sectores cautivos, que el de Capital, donde, a priori, nadie tiene asegurado nada. Mucho quedará por discutir, entonces, en las dos agrupaciones luego del 23 si ambos dirigentes quieren construir una plataforma sòlida para un posible despegue hacia el 2007.
En otra esquina del espectro ideológico, la decisión de Elisa Carrió de plantear la campaña en el espacio terrenal la llevó a su fortalecimiento en la Capital y favorecer en algo a sus candidatos bonaerenses, sobre todo, a la maestra Martha Maffei.
El problema para el ARI es que practicamente allí se terminan sus límites geográficos, demasiados acotados para una proyección nacional, más allá de la prédica de su ¨contrato moral¨.
Los que si quieren basarse en su estrutura nacional son los radicales, empeñados en la tarea de rescatar sobrevivientes tras la tragedia de 2001.
Ante las dificultades que tiene este partido centenario de que su discurso prenda es una población espantada por la experiencia radical durante el dellaruismo, los candidatos hacen base en los gobernadores y cientos de intendentes como para, por lo menos, elevar su piso electoral alcanzado hace sólo dos años.
Sin embargo, al radicalismo les cuesta aceptar el concepto social que Raúl Alfonsín no puede ser la cara visible de una renovación partidaria, más allá de los pergaminos que supo conseguir el ex presidente.
También está esa vieja predisposición a no contener, y a veces eclipsar, a dirigentes en ascenso, como le sucedió en su momentos López Murphy a Carrió y recientemente a Margarita Stolbizer, la única que salvó la ropa en el último naufragio.
Por su lado, los partidos de izquierda navegan, como siempre, con sus barcos cargados de buenas intenciones pero sin poder ingresar en los puertos de la masividad.
No se vislumbra para ellos un panorama alentador, a pesar que en un comicio legislativo se suele votar más por ideas que por los nombres que en una presidencial.
Los fragores de la campaña en los dos distritos más importantes nubla un tanto lo que sucede en el resto del país, y más que nada se puede destacar el posible triunfo del socialista Hermes Binner, en Santa Fe, en su doble rol de opositor y posible ¨transversal¨ kirchnerista.
En la Rioja, dificilmente, dé muchos frutos la estrategia de derrotar en forma definitiva a la dinastía menemista, más allá del cambio de bando de su gobernador Angel Maza, mientras que en el resto de las provincias no se esperan grandes sorpresas en relación a los últimos comicios.
En el Gobierno ya se animan a definir que la cosecha de votos del oficialimo a nivel nacional rondará entre el 40 y el 42 por ciento, casi el doble del esmirriado 22 por ciento de los comicios anteriores
A sólo un mes de la votación, las encuestas ya definieron escenarios que difícilmente sufran grandes cambios el día de las urnas, a no ser que algún diablo -como la inflación o la protesta callejera- meta la cola.



