Mi hábito cotidiano por la lectura se lo debo mi padre. Mi madre fue la primera mujer que impulsó mis aficiones artísticas y vocación por la escritura.
El recuerdo imperecedero de mis queridos viejos, me inspiró para el tema de esta columna semanal. Tómese como un homenaje a nuestros viejos.
La vulgar expresión ¨vieja¨ o ¨viejo¨, cuando acerca la imagen de la madre o el padre, de por sí trasunta el más puro sentimiento de amor y respeto por nuestros progenitores y la gratitud que corresponde por todo lo que nos han dado.
Evoco, con todo mi cariño, a doña Pepa y don Faustino, mis queridos e inolvidables ¨viejos¨.
Pero existen otros ¨viejos¨ que encontramos en el decurso de nuestras vidas. ¨Viejos¨ insignes, a quienes él recordarlos, implícitamente le estamos rindiendo merecido tributo. Y es que ellos marcaron hitos en nuestra formación cultural e intelectual, a través de cada entrega particular, en las distintas disciplinas cultivadas.
Son nuestros ¨viejos¨ maestros. Borges, Sábato, Hernández, Güiraldes, Cervantes, Machado, García Lorca, Neruda, inspirados e inolvidables, cada uno en su estilo, conmoviendo nuestra sensibilidad con la sutil e íntima función de darnos compañía paternal
en circunstancias gratas de la vida. Son ellos los otros ¨viejos¨, los que nos guiaron e ilustraron en forma absolutamente silenciosa.
Relata el pensador español Julián Marías que, viajando en tren, en una fría madrugada de guerra, leyó, conmovido, en un diario, el siguiente título: ¨Ya no hay Unamuno¨. La información consignaba la muerte de su maestro y padre en la filosofía.¨.
Jorge Luis Borges, al ofrecer una conferencia en la Biblioteca Nacional sobre la obra de Cervantes ¨El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha¨, repite con emoción palabras del autor: ¨Alonso Quijano (el protagonista), entre lágrimas y quejas de quienes lo rodeaban, dio su espíritu; quiero decir que se murió¨. Así, con simplicidad, Cervantes cita al amigo muerto, escribiendo ¨quiero decir que se murió¨. Más que el amigo Alonso Quijano, éste fue su hijo literario.
Afortunadamente nos siguen acompañando los otros ¨viejos¨, aquellos que piadosamente alumbran la espiritualidad y el sentido filosófico de nuestra existencia, como Borges o Sábato, Cervantes o Quevedo, Hernández o Güiraldes, Machado o García Lorca, Neruda y así un mundo de hombres que ampliaron la universalidad del alma, en nuestra permanentemente búsqueda de razones e ideas que nos haga más transitable el paso por la vida.
El jardín de mi casa exhibía, con orgullo familiar, un viejo árbol plantado por el abuelo Manuel. El tiempo, con sus ¨mudanzas¨, como decía Hernández en su ¨Martin Fierro¨, le fue quitando lentamente la vida.
Hoy, el árbol y el abuelo, no están. Y como decía André Maurois, el ilustre filósofo francés, ¨notamos la ausencia del árbol, y en el mismo espacio, se nos acerca la querida imagen del abuelo¨.
¨Hay un tiempo para nacer, crecer, vivir y morir¨, como dice ´El Eclesiastés´.
El autor es director del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM), de Periodismo y Comunicación



