Con la realización del Tercer Gran Premio Histórico Argentino, evento que organizado por el Automóvil Club Argentino recorrió a través de seis etapas varias provincias de nuestro país, muchos seguidores del deporte de los ¨fierros¨ pudieron evocar lo que durante varios años fue una verdadera fiesta del automovilismo, como lo era el Gran Premio de Turismo, caracterizado porque en su torno tenían la posibilidad de sentirse ¨corredores¨ absolutamente todos. Desde aquel muchacho que pintaba las puertas de su auto particular con algunas inscripciones, cargaba dos gomas de auxilio y se largaba a la aventura. De sus amigos que se encargaban de ser los auxilios. Del barrio, que tomaba al ¨auto de carrera¨ como propio. De toda la familia, que a pesar de sus temores se volvía generosa, complaciente y hasta dispuesta a apretar tornillos o ir a comprar repuestos. Del hombre y la mujer que daban de comer y tomar a los pilotos en las etapas largas y hasta ofreciéndoles sus casas para que se alojen al final de cada tramo, incluso colaborando para evitar el abandono del corredor más anónimo.
A lo largo de toda su historia el Gran Premio de Turismo generó miles de episodios reales donde la generosidad, el altruismo y el placer de darle al prójimo lo que necesitaba, por la felicidad misma de los ¨Desconocidos de Siempre¨, porque allí estaban presentes el débil y el poderoso, el rico y el pobre, el decano y el inexperto, para unirse en una sola ambición: dar la vuelta, llegar y ayudarse mutuamente para que todo el mundo viviera la aventura sintiéndose parte de la misma. Y cada año la asombrada gente del interior veía pasar por las puertas mismas de sus casas la increíble caravana de autos de todo tipo y modelo y así podía verse doblar rueda a rueda algún Porsche o Mercedes-Benz, con un Isard 700, Peugeot 403 o un Auto Unión y también estaban los Siam Di Tella, los De Carlo, los N.S.U., los Panhard, los Simca uruguayos o los enormes Pontiac Catalina, que doblaban en los puentes de las sierras cordobesas haciendo maniobras de estacionamiento. Aquellos Grandes Premios se corrieron hasta mediados del ´75 y muchos mamamos las primeras emociones del automovilismo desde el borde de la ruta, leyendo e imaginándolas en El Gráfico u oyendo los relatos de Don Elías Sojit.
Pero desde hace tres años el ACA decidió probar el reflotamiento de aquella verdadera aventura y el ensayo resultó increíblemente positivo y en la edición que culminó días atrás, trescientos autos recorrieron casi cuatro mil kilómetros. En otros tiempos, con otras tecnologías, con computadoras a bordo, por otros caminos y con pruebas controladas de regularidad, pero recibiendo al paso el mismo calor y reconocimiento de aquellos tiempos, incluso con los alumnos de alguna escuela de pueblo o perdida en la montaña, saliendo de clase para saludar y aplaudir el paso de los autos.
Esa emocionante aventura tiene un protagonista muy cercano a nuestra vida diaria, porque Juan Sanguinetti volvió a correrla por segundo año consecutivo y repitió el triunfo, ganando su categoría con autoridad, apuntalado en su Cupé Ford 1941 y por Mariana Sanguinetti, a la postre su hija y muy capacitada navegante, tan capacitada para manejar los tiempos, que ni las mismas computadoras de los autos rivales pudieron con ella.
Fue triunfo de la dupla campanense, logrando el reconocimiento generalizado porque ganó por segundo año la agotadora competencia, donde autos y pilotos ponen a prueba de manera increíble sus capacidades y en el caso del auto que representó a nuestra ciudad, el mismo contó con la asistencia mecánica a lo largo de toda la carrera de Enrique Sanguinetti y Samuel Herber, quién precisamente por estos días exhibe en su comercio de Rocca 290, una vidriera con fotos incomparables tomadas a lo largo de todo el trayecto.
Mariana, Juan Sanguinetti y Samuel Herber, posando junto al auto que representó a nuestra ciudad.
Entre varios campanenses, Rubén Fulco y Oscar Pasaglia, de Carmen y San Antonio de Areco, dos glorias del Turismo Carretera de la década del ´60.



