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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 07/ene/2006 de La Auténtica Defensa.

Armas de destrucción masiva
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (Especial para NA por Pepe Eliaschev)- ¿Es la mitad del vaso que está llena o es la otra, la que está vacía? Ésta es la conversación principal. Siempre, de cara a pasados horripilantes, los titulares del poder cantan loas a las bendiciones del presente. Este columnista pide dispensa a su paciente lector y ruega autorización para algunas citas de su propia cosecha, en estas misma páginas.

El 26 de diciembre de 2004, quien esto firma en Noticias Argentinas, puntualizaba: "Si se lo mira desde las crudas condiciones de una historia de pesares e incertidumbres casi eternas, este fin de año se vislumbra ciertamente muy bueno para la Argentina. Decirlo, claro, es sencillo, pero verificarlo, en contacto tangible con el océano de pobreza e injusticia que sigue siendo rasgo abominable de nuestra contemporaneidad nacional, es tarea ardua, aunque válida y, sobre todo, legítima. Hace muchos años que la Navidad y el Año Nuevo no se configuraban con tantos elementos de promisoria esperanza".

¿Han cambiado las cosas en doce meses? En este lapso, la Argentina renegoció su deuda privada en un monto y con unas quitas excepcionales, sin paralelos en la historia financiera.

Cuando terminaba 2004, el canje de la deuda estaba en trámite, en un escenario borrascoso.

Las propuestas argentinas estaban lejos de ser aceptadas por los Estados Unidos. En el frente interno, al igual que ahora, se concretaba una fuerte suba de las ventas en los shoppings, producto de una reactivación acicateada por las fiestas. El dólar cerraba el año a 2,99, mientras que el euro se vendía a 1,36 dólares. Un año más tarde, el dólar cerraba a 3.05 pesos, el euro a 1,18 dólares.

La reactivación ya no formaba parte del elenco de interrogantes no respondidos: más allá del rebote creado por la catástrofe social de 2001-2002, la economía argentina ha venido creciendo en los últimos años al ritmo de una carga de brigada ligera, crecimiento "chino" como se dice ahora. No será inferior al 8.5 por ciento para 2005, el doble de lo que había (nada ingenuamente) pronosticado Roberto Lavagna hace un año.

Son tres años consecutivos de crecimiento de este porte, lo cual, singularmente concebido, es un hecho notable, que se opaca cuando se lo pone en el contexto del tsunami que se llevó puesta a la economía argentina a partir de 1997 y se retiró a fines de 2002, con un país jibarizado a un 60 por ciento de lo que era antes de aquella noche.

Lavagna se tuvo que ir, finalmente, ya concretado el canje de la deuda y tras la victoria electoral del Gobierno en las elecciones legislativas del 23 de octubre, que el Presidente bautizó como plebiscito. Una vez que se fue, y luego que Brasil abriera el camino en gran estilo, la Argentina también decidió pagar por anticipado su deuda con el Fondo Monetario Internacional, casi 10.000 millones de dólares, en un gesto de poderosas proyecciones simbólicas, pero cuestionable racionalidad financiera.

Es el de Néstor Kirchner un gobierno definitivamente colocado en el paradigma de los gestos monumentales, operaciones en las cuales el rito mucho tiene de percepción colectiva, pero -a menudo- poco de efectividad auténticamente conducente.

Es, además, un gobierno que se maneja de manera asombrosa con las palabras, a las que suele someter a un trato violento. Así, cuando fuerzas opositoras de escaso común denominador, manifiestan de manera civilizada su discrepancia con la testaruda decisión oficial de controlar desde la Casa Rosada al Consejo de la Magistratura, el Gobierno los denuncia como integrantes de la Alianza "residual".

Y, sí, es cierto: López Murphy, Bullrich, Carrió y el radicalismo integraron la Alianza durante el malogrado gobierno de Fernando de la Rúa, pero ¿acaso no lo hicieron también, y en puestos de enorme trascendencia, Chacho Álvarez, Nilda Garré, Adriana Puiggrós, Darío Alessandro, Débora Giorgi, Rafael Bielsa, Graciela Ocaña, entre otros ciudadanos que han asumido puestos del Estado en el actual gobierno?

Las palabras: éste es un tema clave en los manejos y en los planes de la actual administración. La senadora Cristina Fernández de Kirchner, por ejemplo, se ha batido de manera crispada a favor de una reforma del Consejo de la Magistratura idéntica a la que ella confrontó de igual manera en 1997, cuando el actual matrimonio presidencial iniciaba su distanciamiento del gobierno de Carlos Menem, al que no enfrentó durante todo el primer mandato, mientras Domingo Cavallo permanecía en el poder.

Desde las palabras, surtidas a diestra y siniestras desde las innumerables inauguraciones y planes que anuncia, el Presidente y sus voceros califican y descalifican.

Uno de los más atareados descalificadotes profesionales es el ministro del Interior, Aníbal Fernández, que al enterarse de que el polémico diputado ¿oficialista? Rafael Bielsa no está de acuerdo con poner a la Justicia a cargo de un Consejo donde la Casa Rosada tenga poder de veto, insinuó que el ex canciller "conspiraba" contra Kirchner.

Apenas un poco de moderación cambiaría el agrio sabor que depara hoy la política argentina. Este Gobierno, que funciona con un sentido de lo práctico a menudo incomprensible, parece no advertir que las humillaciones perpetradas desde el ejercicio soberbio del poder suscitan negras cosechas.

En muchos sentidos, el Tratado de Versailles, con el que una parte de Europa abochornó en 1918 a la Alemania derrotada en la Primera Guerra Mundial, es el nido del que surge el Tercer Reich de Hitler.

Aplastar en lugar de persuadir, cooptar en vez de aliarse, estigmatizar a cambio de comprender, son rasgos mercuriales que brindan satisfacción inmediata, pero segura angustia posterior, auténtico remedo del onanismo. El Presidente ha optado desde el comienzo por no tener un vocero autorizado que disemine información oficial y parece preferir el coro apocalíptico de sus severos centuriones mediáticos, que configuran una especie de guardia pretoriana del kirchnerismo realmente existente.

Se retorna siempre a un estilo que va más allá de la mera estética. Lo que importa en el Dr. Kirchner no son ni su calzado, ni sus trajes, ni su dicción, naturalmente. Impresiona, para ponerlo en términos militares, su enconado empeño en ser simultáneamente artillería e infantería, La primera de esas armas descarga explosivos desde la distancia e impone superioridad desde las alturas. La segunda se involucra en el combate cuerpo a cuerpo, sinónimo de carnicerías inexorables, porque las reglas de ese combate presuponen pegar pero también recibir castigo.

Nada de esto se percibe claramente hoy. La sociedad civil tiene razones sólidas y sanas para cobijarse en la esperanza que se respira. Pasó ya en otras oportunidades, diversas por cierto, pero nada más arquetípico de lo nacional que ese cíclico espasmo de afirmación y negación excluyentes.

Es, precisamente, en el mejor momento de su desempeño económico, cuando el país necesita prepararse para momentos y estadísticas que ya no serán tan espectaculares. En cambio, como si una falla congénita pulsara por empujarlo al abismo de la exasperación, el Gobierno da a menudo la sensación de estar librando una visceral guerra contra enemigos con los que no puede compartir nada que sea diferente del vasallaje.

Otra vez, la cita autoreferencial, pero el lector sabrá autorizar, porque estas líneas son una dilatada continuidad en la reflexión. Ese 26 de diciembre de 2004, este columnista puntualizaba en Noticias Argentinas: "La Argentina ingresa a 2005 con un esqueleto ’formal` verdaderamente enclenque. El Congreso se ha convertido, por la decisión consciente y madura de su mayoría peronista, en una palanca decorativa de las necesidades del Ejecutivo. Funciona, a todos los efectos, como una oficina meramente legalizadora de las necesidades de la Casa Rosada".

Y más adelante: "La Argentina es un país que padece una pésima calidad de sus instituciones. Y lo peor es que un gobierno al que le toca la dicha infinita de administrar con tanto viento a favor, zamarrea de manera inclemente el armado normativo de la República, siempre convencido de que la coyuntura exige pocas contemplaciones con las condiciones y requisitos que en la Casa Rosada juzgan lentos, complejos y poco ejecutivos".

En este sentido, todo esto está como entonces y, tal vez, mucho peor. Los intentos de las fuerzas opositoras por articular puntos de vista que, en su diferencia con los del Gobierno, enriquecen y nutren la consistencia del sistema, son cruzados por el oficialismo como maniobras conspirativas y operaciones consagradas a hacer abortar a la actual gestión.

Magra esperanza: si Kirchner pondrá en marcha en 2006 los dispositivos para que su apellido siga siendo a partir de 2007 el de la persona que conduzca al país, la Argentina podría verse ante la agónica opción de un camino tachonado de agresividad autoritaria y exclusión política, o uno de madurez democrática y convergencia civil. Por ahora, es el Gobierno, y solo el Gobierno quien tiene en su poder las armas de destrucción masiva.

www.pepeeliaschev.com

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