Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) - Ya está. Todo tranquilo. Todo bajo control. Inefable (¿incurable?), uno de ellos tuvo la idea imbatible. Dijo: sencillo, fuimos a las elecciones como Partido Justicialista y Frente para la Victoria, y ahora, con los porotos contabilizados, seremos el Frente Justicialista de la Victoria.
Con los ojos en blanco de estupefacción, conviene admitir que el pragmatismo del movimiento creado por Juan Perón no tiene rivales en el planeta. El ex secretario de Agricultura, ganadería de Pesca de Carlos Menem lo proclamó con convicción atendible: "si entramos en explicaciones de por qué estamos juntos hoy nos equivocamos: el que explica se complica" definió el ingeniero Felipe Sola, que en sus épocas ya lejanas de alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires no le temía a las explicaciones.
Es que a 90 días de las elecciones del 23 de octubre de 2005, cuando Néstor Kirchner libró la madre de todas las batallas en la provincia de Buenos Aires cuando las malheridas huestes de Eduardo Duhalde eran una pandilla de mafiosos dirigidos por Don Corleone, todo está ahora como estuvo siempre. El abrazo del Presidente con Alfredo Atanasoff es impagable: esos cuatro brazos estrechados, esas mejillas cercanas, hablan del realismo blindado de un movimiento para el cual el poder es el santa- sanctorum de su razón de ser, al que se sube por izquierda o por derecha, pero al que se cabalga siempre, aunque corcovee mucho.
Kirchner lanzó ya su campaña electoral para 2007 en pleno verano y en Berazategui, donde Juan José Mussi, ex viceministro de la presidencia de Duhalde, explicitó la liquidación del supuesto conflicto entre las personas que gobiernan a la Argentina desde el 21 de diciembre de 2001. Dijo Mussi: "lo vamos a apoyar, Presidente". Aseguró el candidato a gobernador Aníbal Fernández: "la unidad se ha logrado, nunca hubo enfrentamiento". Impávidos, sin pestañear, miraban los otrora integrantes de "El Padrino" inventado por Cristina Fernández, que parecieran murmurar un tenue "¿a mi por qué me miran?": Cacho Álvarez de Avellaneda, Curto de Tres de Febrero, Amieiro de San Fernando, Granados de Ezeiza. Mércuri, otro admirador de Marlon Brando, fue todavía más rápido: "si Kirchner va por la reelección, lo acompañaremos" confirmó.
Uno de los rasgos más característicos de la gestión de Kirchner ha sido su infatigable decisión de construir poder, sin mayores miramientos detallistas. Escudada en su argumentación explicatorio de la "gobernabilidad", la estrategia kirchnerista no reconoce treguas ni armisticios. El poder se edifica ahora mismo amurallando la provincia de Buenos Aires con la mayor cantidad de coroneles duhaldistas ya entregados con hombres y pertrechos. Los razonamientos ideologizados de 2005 son hoy patéticamente obsoletos, pero si se analiza bien la trayectoria, ya para la campaña electoral que enterró al duhaldismo, Kirchner había exhibido su pragmatismo imbatible, cuando diferentes intendentes del Gran Buenos Aires fueron recibidos sin que se les pidiera el ADN en la Casa Rosada.
En aquellos meses de campaña, diferentes vertientes de la oposición a Kirchner en la provincia de Buenos Aires (Marta Maffei, Luis Brandoni, Ricardo López Murphy) habían anunciado que la división peronista en el distrito era un procedimiento estrictamente electoral, un arreglo que se desharía semanas después de contar los votos. Y así sucedió: a nadie se le cayó ningún anillo, aunque todo debe patentizado. Por ejemplo: el negocio de la división fue sumar entre Cristina y Chiche mucho más de lo que el justicialismo hubiese sumado de haber ido a la elección como una sola fuerza. Cristina sumó votos de ese patriotismo civil que consideraba indispensable al Presidente por una gestión calificada como progresista. Esos votos no hubiesen sido emitidos con tanta facilidad si la foto de esta semana (Kirchner besándose con Atanasoff) se hubiese convertido en el afiche de campaña de esas tres fuerzas que tienen un evidente origen común.
Pero los enjuagues políticos son mucho más sencillos y baratos que reyertas internacionales graves como la que la Argentina ha dejado prosperar con Uruguay. Es oportuno puntualizarlo: nación soberana y legítimamente asumida como estado independiente, la República Oriental del Uruguay nunca declaró puntualmente su independencia, entre otras razones porque en 1816 las Provincias Unidas del Río de la Plata todavía incluían al distrito cisplatino.
Recién con la institucionalización de 1830 arranca el recorrido histórico de un Estado uruguayo, cuyas raíces consolidó Artigas, como resultado del fracaso de aquella Argentina intolerablemente porteño-céntrica para integrar una nación común sobre la base de los hechos históricos. Pero si 1830 no significó una declaración independentista formal, es cierto que desde antes había en el actual Uruguay lo que el líder del Partido Nacional, Wilson Ferreira Aldunate, denominó a fines del siglo XX una "comunidad espiritual".
Pero si ahora mismo Uruguay discute animadamente una fecha nacional en torno de la cual haya acuerdo verdadero en sus diferentes colectividades políticas, este hecho, revelador de los sutiles y apasionantes matices que configuran la vida política de los orientales, nunca pudo ni debió ser interpretado como ausencia de hilo conductor nacional o falta de cemento patriótico unificador.
Los entrerrianos primero y el gobierno central se han manejado en el conflicto de las plantas de celulosa de Fray Bentos como herederos fieles a la tradición de puebladas piqueteras que caracterizan a la vida argentina hace casi una década. Se ha privilegiado la acción directa sobre la primacía institucional, el apriete sobre el diálogo, la cultura de poner "toda la carne al asador" sobre el trabajo de las representaciones. País ya habituado al ojo por ojo, diente por diente, la Argentina ha perjudicado sus legítimas preocupaciones ambientales, estimulando o convalidando acciones colectivas muy románticas pero de peligrosidad extrema.
Hasta el 30 de marzo de 1982 nadie dudaba de la evidencia que confirmaba el legítimo reclamo argentino por las islas Malvinas. Pero las Fuerzas Armadas las invadieron, las perdieron y fueron humilladas, unas clara derrota humana, política e histórica para la este país. Un cuarto de siglo después, y salvando las obvias y nada desdeñables diferencias, los cortes de rutas y puentes en Entre Ríos desnudan una vieja tentación argentina por privilegiar la emoción sobre la razón, la ira sobre la prudencia, los hechos sobre los derechos. Al acudir, en un golpe mediático de desenlace político nulo, al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, Kirchner retoma lo que más le gusta, la apuesta fuerte y ruidosa, en gran medida orientada a hacer nada que sea percibido como impopular.
Prevalece una mirada extraordinariamente especulativa en este tipo de procedimientos. El juicio político contra el suspendido Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires exhibe los mismos criterios en la actitud de la Casa Rosada. De cara al activismo ilimitado de familiares de las víctimas de Cromañón, Kirchner no hará nada por Ibarra. Desde la noche del 30 de diciembre de 2004, cuando murieron en la tragedia 194 personas, Ibarra quedó sin adramiento protector por parte del gobierno nacional. Ni siquiera el acceso de su hermana, la senadora Vilma Ibarra, a la Casa Rosada, ha conseguido que el gobierno nacional elimine su aproximación recelosa y cavilante al tema: no quieren quedar "pegados" a un funcionario que dentro de pocas semanas podría ser destituido.
Ibarra no está fuera de combate, al menos por ahora. El endoso que viene de darle Raúl Alfonsín tiene mucho de simbólico, pero marca un escenario de valores que no parecen importar mucho en tiendas ajenas. Se comprende que Macri y lo que él representa no abandonen en llevárselo puesto al Jefe de Gobierno, pero impresiona la súbita gelidez de Elisa Carrió, cuya prescindencia ante el caso Ibarra nada tiene que enviarle al mayor de los pragmatismos posibles, el del kirchnerismo realmente existente.
Así las cosas, si algo evidencia la Argentina que se despereza del verano de 2006 es la ruidosa ausencia de juicios de valor y categorizaciones éticas. Prima un descarnado ejercicio del poder, un aquí y ahora ya sin maquillaje doctrinario. La nueva política prometida desde 2003 es más anacrónica que la vieja, que, por lo menos, era menos pretenciosa y menos cínica.



