Buenos Aires (Especial para NA por Luis Torres) -- El gobierno de Eduardo Duhalde sintió el impacto de las inundaciones de Santa Fe cuando venía deslizándose suavemente hacia un estimado triunfo de Néstor Kirchner en la segunda vuelta electoral.
Más de una docena de muertos, casas desvalijadas por delincuentes y las aguas embravecidas del Salado que nunca en 500 años se habían desbordado de la manera en que ocurrió fue el cuadro que vivió Duhalde sobresaltado ante el drama humano de Santa Fe.
"El Gobierno nacional no abandonará a Santa Fe", sentenció el presidente ante un grupo de periodistas en la noche del martes pasado. Y así fue como envió de urgencia a la capital provincial a dos de sus ministros, Ginés González García, de Salud, y Juan José Alvarez, de Seguridad y Justicia.
Dispuso también que su ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, empeñara a las Fuerzas Armadas en la ayuda a los inundados, mientras que la Policía Federal, la Prefectura y la Gendarmería se hacían cargo de la protección de los barrios inundados.
Cuando todo estaba organizado y empezaba a funcionar aceitadamente se produjo el secuestro de la hija del empresario Franco Macri: otro impacto que desdibujaba el rostro presidencial cuando empezaba a tranquilizarse al ver controlada la situación de Santa Fe.
El secuestro puso a flor de piel el gran tema de debate en estos días: la inseguridad.
Se sospecha que detrás de estos delitos se mueve una superbanda, altamente profesionalizada y capaz de desafiar a las autoridades en sus propias narices. ¿O acaso el hecho de liberar a dos secuestrados a la misma hora y en el mismo lugar no es una muestra de impunidad que causa escalofríos?
El principal compromiso que tendrá el próximo presidente sea cual fuere el elegido se vincula con la seguridad.
El Gran Buenos Aires, sobre todo en la región Norte, está siendo asolado por ladrones de toda laya. La gente común, cuando cae la noche, teme salir a la calle, prefiere quedarse en sus hogares y tiembla de terror si debe detener su auto en un semáforo.
Poco y nada han dicho los candidatos acerca de la seguridad.
Tal vez quien más se ha explayado haya sido Carlos Menem, quien prometió "sacar las Fuerzas Armadas a la calle si es necesario".
Menem tiene un plan maestro de seguridad, según lo expuso públicamente, que se basa en tres aspectos: una ley que declare la emergencia de seguridad en todo el país; un pacto federal de seguridad que suscribirían todos los gobernadores y por último un decreto reglamentario para unificar el mando en la "persecución de los delincuentes".
De Néstor Kircher sólo se sabe que ha hablado de "aplicar la ley" y de "revalorar la Justicia", pero poco más.
Duhalde, en tanto, según pasan los días, se siente más seguro del triunfo del gobernador de Santa Cruz.
Hace pocas horas recibió una primera encuesta realizada en las localidades de Lanús, Moreno y en el Mercado de Frutos del Tigre: a grandes rasgos el muestreo le dio 70 por ciento de intención de voto a Kirchner y 30 por ciento a Menem.
Con esos números en la mano, Duhalde ha empezado una rápida táctica de separarse de su candidato.
Sabe el presidente que las presencias de Daniel Scioli (que mantendría la secretaría de Turismo a su cargo), Roberto Lavagna, Ginés González García y José Pampuro en el gabinete de Kirchner está siendo interpretado no sólo por el menemismo -que lo hace con toda intencionalidad- como una peligrosa dependencia del candidato del aparato peronista bonaerense.
La estrategia de Duhalde es alejarse aún físicamente de la Argentina después del 25 de mayo, de manera tal que quede en claro que quien gobierna es el presidente electo y no él como si fuera un titiritero.
Es cierto que el santacruceño alcanzó a entrar en el ballottage por la fuerte presencia del peronismo bonaerense, pero también es cierto que tiene una larga experiencia como gobernante y que siempre ha hecho gala de su independencia.
Se sabe que Kirchner, en caso de ganar la presidencia, producirá un profundo cambio en el elenco de gobierno allá por diciembre, cuando en realidad debería comenzar el período de cuatro años.
Por el lado de Menem, revertir la imagen negativa del exmpresidente aparece como una tarea poco menos que titánica. La clave, como siempre, está en la provincia de Buenos Aires, donde el PJ bonaerense ya demostró su alineamiento incondicional con Eduardo Duhalde.
Menem, que creyó ganar por más de ocho puntos, sólo logró una diferencia de tres. Y ese escaso margen le produjo una crisis fenomenal en su entorno.
Pocas horas después de la elección partió a San Luis para convencer a Adolfo Rodríguez Saá de que oriente sus votos hacia él.
La jugada apareció como una movida desesperada o cuanto menos producto de una desorientación por parte del caudillo riojano.
Simultáneamente el gobernador de Salta, Juan Carlos Romero, desembarcó con el dirigente salteño Daniel Isa (socio del estudio del fallecido Julio Mera Figueroa) en la provincia de Buenos Aires para coordinar la brevísima Campaña que se desarrollará hasta el 18.
Este desembarco generó no pocos corcoveos y protestas por parte de algunos dirigentes tradicionales del menemismo bonaerense, empezando por Luis Patti, quien acusó a Romero de querer "generar un movimiento propio" en el distrito bonaerense.
Finalmente, Menem presentó a sus futuros colaboradores para el caso de que llegue a la presidencia.
Carlos Melconian será su ministro de Economía, Francisco de Narváez en Acción Social, Oscar Salvi en Justicia, Raúl Matera hijo en Salud, Juan Tobías en Educación y Jorge Castro en Relaciones Exteriores.
Estas nominaciones pretendieron cautivar al voto independiente que le ha sido tan esquivo al ex presidente. Se ha reservado, sin embargo, para revelarlo más adelante los cargos de ministro de Defensa, de Interior, el secretario General y el titular de la estratégica Secretaría de Inteligencia del Estado.
Si estas nominaciones llegaron tarde es un interrogante que sólo el 18 de mayo quedará develado.



