Los ferrocarriles originarios de Gran Bretaña, aparecidos luego en Francia, Austria y Alemania, nacieron en la mayoría de los casos por iniciativa privada, ya que en los poderes públicos no confían en este avance técnico.
La tracción a vapor no había llegado a su apogeo cuando algunos ingenieros ya buscaban otros caminos.
Este fue el caso del alemán Rudolf Diesel que trabajaba en un motor térmico. En este sentido pidió una patente en 1893 pero tuvo que esperar hasta 1897 para que su motor de cuatro tiempos estuviera realmente a punto.
El motor de explosión convertido mas tarde, en motor diesel, no se impuso con gran rapidez. Sin embargo desde 1910 se concedieron varias licencias a la marina, la aviación, al automóvil y al ferrocarril.
La primera aparición a gran escala fue en el orden militar, durante la guerra de 1914 -1918. Para transportar armas y municiones se formaron trenes de campaña con locotractores y no con locomotoras a vapor, demasiado visible por el humo que emanaban.
Mientras la tracción a vapor alcanza su apogeo, crecía la competencia con el transporte por carretera.
Las empresas ferroviarias despertaron y comenzaron a pedir distintos tipos de locomotoras diesel, máquinas que aportaban sangre nueva a este medio de transporte.
En muchos casos las pequeñas locomotoras de motor térmico sustituyeron a las locomotoras a vapor.
La extinción de la tracción a vapor hizo crecer la demanda de las máquinas diesel, generalizándose su puesta en servicio en las grandes líneas.
En Estados Unidos donde la tracción diesel reinaba casi sin competencia, se fabricó una serie de máquinas muy potentes, muchas de las cuales llegaron a Europa o fueron construidas bajo licencia en España, Alemania y Francia.
Esta es la forma de tracción que todavía está presente en el mundo entero y que con el tiempo seguramente va a ser superada por la tracción eléctrica, más económica y más eficaz en velocidad.
Todavía podremos ver pintorescos trenes reconocibles por el ruido de sus locomotoras.
Museo Ferroviario de Campana.



