"A partir de una llamada telefónica anónima, la policía de la provincia de Santiago del Estero, encontró en una humilde casa del barrio Almirante Brown de esta ciudad a un adolescente de 16 años, con un peso de 17 kilos, que vivía debajo de una planta de mora, dentro de una heladera en desuso y con evidentes signos de maltrato. Todo parece indicar que era atado a un árbol con cables y alambres en los pies y las manos." (Fuente La Nación)
Allí apareció el menor, que presenta signos de total abandono, y de deficiencia mental. Aparentemente, vivía debajo de un árbol, a 15 metros de la humilde casa donde habita el resto de su familia, compuesta por la madre, de 31 años, cinco hermanos y el padrastro, de 59.
La policía también halló en el lugar la carcasa de una heladera en desuso y, dentro de ella, un colchón y una colcha viejos, donde el menor pasaba allí la noche. A pocos centímetros del chico, había un montículo de basura y prendas con materia fecal. Al ser consultada, la madre afirmó que el menor no controlaba esfínteres y que toda la ropa que ensuciaba se tiraba allí.
24 horas más tarde se conocía otro caso, de características similares en La Banda, también en Santiago del Estero. Provincia vapuleada por la marginación y la pobreza, donde los índices de desnutrición son siempre mayores que en el resto del país. Junto con Tucumán, Chaco y Formosa, forman un grupo de provincias que apenas están empezando a desprenderse de las redes en las que gobiernos feudales las supieron hundir.
Pero no nos engañemos, acá estamos en medio de un tema que excede a las secuelas económicas y tiene que ver con los valores. Porque el resto de los hijos de la pareja, no sufre desnutrición ni maltrato físico. No están anotados debidamente y la mayoría de ellos no asiste al colegio, pero vivían en la casa y eran alimentados y vestidos correctamente.
El detonante aquí es la severa desvalorización por el discapacitado, por aquel que padece una disminución en sus capacidades neurológicas (en este caso) y entonces se lo marca como una "no persona", una cosa que no merece el menor esfuerzo. No se lo mata por una hipócrita moralidad que impide el acto. Pero se lo deja morir, indignamente, cruelmente, inclusive salvaguardados en un pensamiento que les dice que "esa cosa no siente, no sufre". Y entonces… no importa.
Y aunque en este caso, los vecinos se mostraron asombrados pues alegaron que el niño era criado por su abuela materna y que cuando ésta murió no supieron el destino del niño, generalmente hay un silencio cómplice y morboso de los vecinos y familiares que saben, pero "no se meten".
Tendencia que se está revirtiendo según muestran algunas estadísticas. Las líneas telefónicas que reciben pedidos de ayuda en todo el país registraron en el último año un aumento del 30%. Quedando asentado que el 80% de los casos de violencia y abuso se da en el ámbito familiar.
En la escuela nos decían que la familia era la célula básica de toda sociedad. Estas células han cambiado y la sociedad con ellas. Estos cambios han sido para bien, otros para mal, pero son parte de la evolución de la raza humana, intentando adaptarse a estos nuevos tiempos de alta tecnología, nuevos conceptos y nuevos valores. Pero si perdemos la perspectiva del valor del ser humano más allá de sus circunstancias, de su "utilidad", empezamos a perdernos a nosotros mismos.
Por encima de cualquier diferencia, todas las personas somos iguales en nuestra naturaleza humana; esto significa que todos somos libres, pensamos, amamos, creamos, nos relacionamos y construimos nuestro propio destino. Y por lo tanto, merecedores de gozar de esas características, que conforman, la dignidad humana.
Las economías desbastadores, engendraron pobreza. Las políticas sociales ausentes, propiciaron ignorancia y la consecuente desvalorización de la educación. La falta de educación provocó dudas sobre lo indudable: dignidad, derechos, deberes. Aun nos preguntamos si la familia enfermó a la sociedad o la sociedad a la familia, pero indudablemente, debemos buscar todos los medios terapéuticos para sanar, entre ellas, favorecer políticas públicas de control, prevención y asistencia. E involucrarnos. Todos somos responsables de la sociedad en que vivimos.
Hoy los padres de este niño están presos y el resto de los niños en custodia.
En el Hospital, no se sabe si el joven de 16 años podrá recuperarse. Le faltan 30 kilos, 300 abrazos, 3000 besos, 3.000.000 de "te quiero"… Quizás lo logre… No quiero perder la esperanza. No debemos perderla.



