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Parece ser la llave que abre puertas de libertad, de paz, de comunión entre pueblos, familias, personas, hasta individualidades.
Sin embargo, es un vocablo que no usamos a menudo. Quizás creamos que al invocarla quedamos comprometidos para algo que no sabemos si podemos cumplir. Porque la exigimos pero no la practicamos.
"La Tolerancia" anda rodando por ahí como sin rumbo.
Recorriendo la historia de la humanidad, podemos encontrar justificaciones o explicaciones sociales y/o políticas para su exclusión de la práctica cotidiana, pero siempre, cuanto más ahondamos, la estupidez individual o colectiva, parece ser la única razón.
Parece que entablar una relación con otro (en especial si ese otro es de otra cultura) siempre implica encontrar algo negativo. Ya sea porque no es como nosotros, o no se asemeja a nuestro ideal o lo admiramos por diferente y queremos ser como ellos. Y esto hace eclosión en nuestro interior, convirtiéndonos en pequeños monstruos sociales, nada más ni nada menos que en "intolerantes".
La intolerancia surge simplemente porque no aceptamos la diferencia. Porque no soportamos que el otro es. Porque encontrarnos y reconocernos en la diferencia, implica reivindicar las razones del otro y no siempre estamos dispuestos a reconocer que no somos dueños de la verdad.
Tolerancia se define como: respeto hacia las opiniones o prácticas ajenas, especialmente políticas y religiosas, aunque sean contrarias a las propias.
La intolerancia extrema llega a negar el derecho a la existencia del otro que no comparte las mismas creencias. Es la negación de la diferencia, la búsqueda de una homogeneidad inútil, es el rechazo de la duda, de la originalidad, de la libertad.
Así la historia nos encuentra con genocidas que aun no reciben juicio ni castigo. La vida diaria nos enfrenta a señoras que no alquilan su departamento a parejas judías. A la falta de diálogo siempre imprescindible en el seno familiar para que evitar desmembramientos de los cuales muchas veces no hay retorno.
Gana el miedo y nos escudamos con intolerancia. Nos aplastan las consecuencias pero no intentamos mirar al otro con respeto y la amplitud necesaria para generar diálogos en los cuales se construye, se crece, se aprende y donde descubrimos que la razón no es de nadie y es de todos.
Somos únicos e irrepetibles, no solo por nuestro aspecto físico, sino también por nuestras creencias, nuestras ideologías, nuestra mirada siempre particular de la vida. Si logramos practicar la tolerancia, además podemos enriquecernos con esos opuestos que nos complementan. Ya sea para no cometer los mismos errores o para encontrar caminos que llevan a nuevos destinos, maravillosos y nunca pensados.



