Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- No era un viaje cualquiera. En su tercera visita oficial a España desde que asumió, un impresionante récord de una vez por año, Néstor Kirchner no podía ignorar que la Argentina es el principal deudor de esa nación europea, con un rojo de 836 millones de euros, unos 1.046 millones de dólares.
No lo dejaron de marcar sus protocolares huéspedes, que toleran que el presidente argentino no ame vestirse de frac, pero en este tipo de asuntos hablan de modo directo. Kirchner reiteró una vez más la fábula del infierno de 2003 y el purgatorio de 2007, pero medios españoles no se sintieron particularmente nternecidos por los argumentos de su huésped.
Con su mejor sonrisa, José Luis Rodríguez Zapatero se mostró deslumbrado por "la espectacular recuperación económica argentina", giro del idioma que contrasta rotundamente con los alegatos argentinos de seguir en la miseria atroz, aunque el propio Kirchner pintó ante sus oyentes un cuadro macroeconómico deslumbrante.
En diversos sectores de la vida española se leyó la gira de Kirchner como más de lo mismo. Hasta medios progresistas marcaron la contradicción entre la renovada "emergencia" que proclama la Argentina y el intenso orgullo del presidente argentino por los logros conseguidos. "Para España -dijo secamente "El País" de Madrid- "Argentina ha superado la crisis y debe cumplir ya sus compromisos".
Lo que parece no comprender el ámbito empresario español es la peripecia de las tarifas, que siguen congeladas en el tramo de servicios que explotan en la Argentina compañías de ese origen, especialmente gas natural y electricidad. La prensa española constató que "la observancia de los contratos firmados por el
Estado sigue siendo un problema que (los argentinos presentan como algo que) ‘no se puede solucionar en un momento’".
En este tipo de asuntos, es preciso ser minucioso: la visita de Kirchner fue cordial y fue bien atendido. Los españoles son, para este tipo de diferendos, más gélidos prusianos que temperamentales tropicales. Y aun cuando la frase haya sido acuñada en inglés, en castellano suena irrebatible: negocios son negocios. De hecho, los medios españoles destacaron que a la ministra de Kirchner, Felisa Miceli, no le fue nada bien con su contraparte española: "Tuvieron un encuentro no particularmente cómodo" deslizó "El País".
Lo concreto es que Kirchner instó a los empresarios españoles a "perder el miedo" a hacer negocios en su país, ya que -dijo- ahora "hay mayor seguridad para las inversiones que en la década de los noventa". Para él la crisis de 2001 era "previsible" y "seguramente no pilló por sorpresa" a ningún inversor español instalado allí desde esos años. Esa situación, argumentó, es diferente a la actual, ya que la economía del país está "estabilizada". Pero, leal a su temperamento, el Presidente puntualizó que la autocrítica debe ser compartida por todos, porque "a veces las cosas se ven venir y no se hace nada".
Sus argumentos fueron superlativos: el crecimiento del producto interno bruto (PIB) argentino en 2005 tuvo uno de los porcentajes más altos del mundo, 9,2 por ciento, y desde el segundo trimestre de 2002, cuando, con Eduardo Duhalde y Roberto Lavagna a cargo, comenzó la recuperación económica del país, el PIB acumula un alza del 34,2 por ciento. Dijo que la inflación está controlada y que la pobreza ha pasado del 72 por ciento de los años ‘90 al 36 por ciento actual, mientras que la indigencia ha descendido del 27 al 11 por ciento.
Repsol, por su parte, prometió invertir más de 5.900 millones de dólares en la Argentina hasta 2009. El presidente de la compañía, Antonio Brufau, anunció que adelantará inversiones para tener mayores reservas y aumentar la producción de hidrocarburos. Al presentar este plan trienal a Kirchner, Brufau Justificó la aceleración de las inversiones en el mayor conocimiento de los campos petrolíferos argentinos conseguido durante el último año.
Kirchner, es cierto, prometió saldar la deuda externa que la Argentina mantiene con España, en agradecimiento a la ayuda económica "global, completa e intachable" que España tuvo con Argentina en los momentos previos a la crisis de 2001. Así, dijo, "en los próximos días o semanas", habrá noticias al respecto a la hora de encarar "definitivamente la resolución" del tema entre ambos gobiernos. La Casa Rosada ambiciona que Madrid le amplíe el plazo de devolución de la deuda manteniendo los mismos intereses que en la actualidad.
Pero los buenos resultados que, dentro de todo, arrojó la nueva expedición de Kirchner a España, no encubren malas noticias que siguen agravando el mundo de la política, tal como lo concibe y ejecuta el Gobierno.
La Universidad de Buenos Aires sigue acéfala, una noticia catastrófica que es, a estas alturas, obra Directa de la deliberada negligencia oficial. Con la religión de la corrección política llevada a su paroxismo y con el escandalosamente obvio propósito de esmerilar al máximo a fuerzas democráticas de signo opositor que se desenvuelven en ese ámbito, la Casa Rosada prefiere la táctica de un supuesto respeto de la autonomía universitaria para, con la entusiasta ayuda de dos pequeñas fuerzas trotskistas (el PO y el MST), mantener decapitada a la mayor casa de estudios superiores del país.
El Gobierno opera incesantemente para arrimar figuras de partidos opositores al ámbito oficial. Algunos se avecinan al poder de manera ligeramente embarazosa, como el gobernador radical de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, uno de los pasajeros del jumbo de Aerolíneas que transportó (¿gratis?) a la comitiva presidencial a Madrid. No más llegado al aeropuerto español, Zamora le dijo al primer micrófono que le pusieron en la boca que su partido, el radicalismo, ya no es más una alternativa para el país, una sobreactuación provinciana: tal vez Kirchner no necesitaba tanta enjundia de converso.
Mientras Zamora besaba anillos presidenciales en el viaje a Europa, en la Capital sesionó el Comité Federal de la UCR, que definió el momento del partido como "una discusión de principios". Para el radicalismo, "entre otras cuestiones importantes, quizás la más trascendente hoy sea la configuración del nuevo esquema de protagonistas que ofrece la realidad política actual". Razonan que "la crisis de los años 2001 y 2002 repercutió sobre el sistema político y reconfiguró el concepto de oficialismo y oposición e, inclusive, afecto las propias prácticas del sistema político". Y se plantean una tarea espinosa: "es imperioso hoy, saliendo ya de la emergencia económica-social, discutir las bases del sistema que sostendrá a la democracia en los próximos años en la Argentina. Y ese debate no puede estar teñido de especulaciones electorales, ni de mezquindades o intereses subalternos".
Ante los abiertos y sistemáticos intentos de Kirchner por fisurar al radicalismo, la UCR, que se Autodefine como "protagonista esencial de la vida democrática del país", pretende seguir siendo eso. Se exhibe ante el país como "un partido político con organicidad, autonomía, presencia nacional federal y, fundamentalmente, alternativa política en cada momento en que el ciudadano deba elegir", exactamente aquello en lo que ya no creen aquellos gobernadores e intendentes radicales seducidos por Kirchner, por ahora.
"Seguimos pensando que la base de toda democracia sólida y plural es el sistema de partidos", dice el partido que preside el mendocino Roberto Iglesias. Para ellos "la propia naturaleza del sistema nos exige ser la alternativa al gobierno. No otra cosa significa ejercer gobernaciones e intendencias; constituir los bloques más importantes después del oficialismo en el Congreso, y ocupará las posiciones que constitucionalmente nos corresponden en la Auditoría General de la Nación y en el Consejo de la Magistratura".
Ante la acusación del Gobierno de que el radicalismo es una máquina de impedir, carente de ideas, subrayan que "ser opositor no implica constituirse en una opción antagónica y virulenta que aspire al fracaso del Gobierno para acceder al poder. ¿Cómo podríamos serlo si hemos sido víctimas de esa concepción en otros momentos del país?"
Y relatan qué hicieron en tres años de kirchnerismo realmente existente: "si se revisan las leyes de los últimos años, se vera con claridad que hemos acompañado todas aquellas iniciativas que han contribuido al bienestar de nuestro pueblo, ofrecido alternativas superadoras en muchos casos y, por supuesto, evantado nuestra voz y votado en contra de aquellas propuestas que entendíamos y entendemos lesionan los principios en que se sustenta la República".
¿Qué proponen? "Seguir conservando la inmensa independencia de concertar y disentir. De acordar sin perder identidad. De tener la estatura moral suficiente para decir que sí, pero esencialmente para poder decir que no".
Para los radicales, "hoy se nos reclama la distinción, no desde el antagonismo destructor, sino desde la construcción de una alternativa progresista y republicana, que pueda mejorar y superar a la propuesta oficial". Y aquí se insinúa el nombre y el rol que podría jugar Roberto Lavagna, al enfatizare "nuestro compromiso de profundizar el diálogo con otros actores políticos y sociales que compartan nuestra vocación transformadora, democrática y federal".
¿Llegó entonces la hora de poner en circulación el cotillón de los comicios y el trapicheo de las candidaturas? No, dice la UCR: "ya vendrá el tiempo de las discusiones electorales. La de hoy, es una discusión de principios".



