En un apacible paisaje montañoso habitaba una tribu indígena a pocos kilómetros de un pequeño lago y solo para obtener agua debían caminar hasta allí con unas pequeñas vasijas que poseían. Los encargados de esta tarea eran los jefes de familia.
Un día salieron como de costumbre, cargando las vasijas para abastecerse y cuando caminaban por los pastizales, uno de los hombres se ve enfrentado a un yaguareté y cuando el indio comienza la huida, cae en un precipicio y nunca más volvieron a encontrarlo.
De regreso, los indios contaron lo que había sucedido y la hija, penas una niña, luego de escucharlos se entristeció mucho y se marchó hacia la punta de una montaña cubierta de hielo.
La pequeña estaba tan concentrada recordando a su padre, que no se había dado cuenta que ya era de noche. Miró al cielo y se encontró con la luna observándola. La niña comenzó a contarle el motivo de su tristeza y le pidió un deseo: ¡tener agua cerca, para que ningún niño perdiera a su papá.
La luna, luego de escucharla, se entristeció mucho y comenzó a llorar. Cada lágrima suya al caer sobre la montaña comenzó a derretir el hielo, deslizándose el agua hacia un camino cercano a la tribu. El hielo derretido se transformó en río.
Al día siguiente la tribu se sorprendió al ver ante sus ojos el río. La niña le contó a su mamá y a toda la tribu la historia.
El cacique, en agradecimiento a la luna, organizó ese día una fiesta, en la que se bailó una danza a la que se le impuso el nombre de "Río Deseado", al río que la luna había bendecido, para siempre.
La autora es alumna de Periodismo y Comunicación del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM).



