En un programa de preguntas y respuestas de la televisión española, un participante debió responder sobre la vinculación de la frase "Yo tuve un sueño" con un hombre distinguido con el premio Nobel de la Paz 1964. No hubo respuesta.
La secuencia televisiva promovió mi deseo de seguir "jugando con las palabras", mi entretenimiento cotidiano que a veces hago público, en radio o televisión, en este caso, evocando a Martin Luther King, que se recuerda como "apóstol de la no-violencia", a quien precisamente se debe la memorable frase que titula este artículo.
El doctor Luther King recibió también otros lauros, muriendo por balas asesinas de fanáticos contrarios a su lucha por la igualdad, el 4 de abril de 1968, en Menphis, Tennesee,
EE.UU.
¿Y como jugaré con las palabras? Como suelo hacerlo, entre sueños y vigilias. Y entonces recuerdo la pieza oratoria del líder negro, con su discurso pronunciado en la escalinata del mausoleo de Abraham Lincoln, en Washington, el 29 de agosto de 1963, ante 400.000 personas, entre las que estaban, además de negros, gran número de dirigentes blancos, de todas las confesiones religiosas.
Ese día el orador dio un mensaje que los maestros de oratoria de todo el mundo consideran ejemplar, en cuanto al manejo de la retórica, y que nosotros lo conservamos entre las piezas dignas de los mejores tratados en la materia, por nuestra vocación personal en lo que es competencia de nuestra tarea docente. Y la idea no viene solo por lo que dijo, sino como lo dijo, exaltando la libertad, la igualdad racial, su profunda fe en el hombre y la humanidad, vislumbrando los sueños de los habitantes de cualquier país de la tierra.
El doctor Luther King soñaba con optimismo en un futuro de convivencia pacífica y armónica.
Yo también tuve un sueño. Un gran sueño. Sueño que homologa mi propio sueño: el de una Argentina en la que cada día se nos permita celebrar que alguien se cura de una enfermedad, porque hay medicamentos y atención médica para todas las edades, porque los jueces cada día dictan una sentencia justa, porque los corruptos se arrepienten y devuelven los dineros deshonestamente habidos.
Yo tuve un sueño, en el que entre Gobierno y gobernados se establecía un dialogo serio e inteligente, con mutuo respeto por las ideas, fundamentadas exclusivamente en actitudes y comportamientos éticos y morales.
Yo tuve un sueño, donde me sentí conviviendo con mis hermanos sin desalientos ni angustias, atados a un país sin calamidades propias de las pesadillas generadas por incertidumbre económica, desempleo, secuestros, asesinatos, saqueos e injustos fallos de una justicia que no honra al ser argentino.
Yo tuve un sueño en el que los "escraches" a instituciones y personas sólo estaban en el recuerdo ingrato y en el país no solo era admirable la aptitud retórica del discurso de gobernantes, políticos, dirigentes empresariales y sindicales.
Yo tuve un sueño donde vivían ciudadanos de una Argentina no postrada, sino enhiesta sobre altas cumbres, como lo expresara alguna vez el poeta y orador Belisario Roldán, argentino que también veía a la Patria con sol refulgente, proyectándose al mundo como ejemplo de orden institucional y felicidad plena, con hombres y mujeres entregados al trabajo cotidiano creador y productivo, con salud y educación para todos, con actitudes de renunciamiento, generosidad y solidaridad, por servicios de bien común.
Cito, como colofón de este artículo, un epígrama del libro "Sueño que sueña", de Roberto Alifano, prologado por Jorge Luis Borges: "Chuang Tzu, filósofo chino, soñó que era una mariposa y no sabia, al despertar, si era un hombre que había soñado ser mariposa o una mariposa que ahora soñaba con ser hombre".
El autor es director y docente del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM), de Periodismo y Comunicación. Su correo electrónico: ismaelgarzon2003@yahoo.com



