Buenos Aires (especial para NA, por Pepe Eliaschev) -- Pasado y presente, del bochorno de un país indeseable a la esperanzada expectativa de un nuevo comienzo: vivimos la proverbial aventura argentina de subirnos y bajarnos de la montaña rusa.
Hemos vuelto a subir, pero ahora se percibe un perfume de cambio inconfundible: la propia modestia de la masa electoral con la que Néstor Kirchner llega a la presidencia es una base formidable para crear posibilidades monumentales. Digo: ¿por qué no pensar que, en una de ésas, jamás con tan poco pudo llegar a concebirse en nuestro país que llegue a hacerse tanto?
El retrato del tiempo pretérito es todavía un rostro fresco de abominable crueldad. Carlos Menem dejó tierra arrasada en su default final y en estas horas hasta pareciera que sus afeites cosméticos se desdibujan inexorablemente, dejando a la vista una obsolescencia evidente.
Nada más necio que volver a querer cancelar el fenómeno menemista con gestos de omnipotencia intelectual, pero resulta evidente que una de las ventajas políticas con las que asume el nuevo presidente es, precisamente, el derrumbe estrepitoso de sus hasta hace tres semanas "pares" de la interna peronista.
La asunción de Kirchner, por ejemplo, catapulta de manera notable la candidatura de Felipe Solá a la gobernación en la provincia de Buenos Aires, a la vez que oblitera las condenadas pretensiones del adolfista Aldo Rico y del menemista Luis Patti.
Pero la dinámica natural que suscita todo recién llegado y el previsible optimismo derivado de esta nueva oportunidad, no implican una depuración inmediata del precario cuadro político argentino.
Es cierto que los gobernadores que jugaron con Menem (Romero de Salta y Marín de La Pampa sobre todo, porque Maza de La Rioja no cuenta) carecen de peso específico nacional, pero pueden hacer un
cierto, aunque moderado, daño.
Desde el adolfismo se abren al menos dos vertientes, aunque el caudillo sanluiseño tiene por delante perspectivas muy acotadas, ya que el castigo electoral que ha recibido no es pequeño.
Los canales de TV guardarán en sus archivos imágenes del 27 de abril que le darían envidia a Gabriel García Márquez, sobre todo el momento en que Alberto Rodríguez Saá proclama el triunfo nacional de su hermano sobre la base de los resultados en una urna
de Necochea, que "como se sabe, históricamente representa las tendencias de todo el país" (¿?).
Entre el sórdido default político de Menem y el pintoresquismo irresponsable de Rodríguez Saá, sin embargo, puede llegar a configurarse un eje perturbador de perspectivas sombrías si a Kirchner no le va bien. Ambos ex presidentes son claras expresiones de grupos de interés poderosos.
Menem, en particular, encaró su abortada aventura electoral con importante apoyo mediático y económico. Una de dos tabacaleras anglosajonas que dominan el mercado argentino lo bancó económicamente y recibió el endoso explícito de radios, canales de TV y diarios, cosa que casi no sucedió con los otros contendientes.
Los medios pueden llegar a ser un dolor de cabeza importante para el nuevo Presidente. Al día siguiente de haberse consagrado Kirchner como presidente electo ante el arrugue de Menem, la conductora de televisión Mirtha Legrand (que en la campaña había proclamado con transparente honestidad su participación en la campaña de Ricardo López Murphy) recibió al matrimonio presidencial con su proverbial calidez y a renglón seguido descerrajó un "¿Con usted en el gobierno se viene el zurdaje?", un escupitajo civil que Kirchner replicó con saludable vigor, al decirle a la animadora que frases como ésa habían provocado los 30.000 Desaparecidos de la Argentina en los años Setenta. Hubo incluso periodistas que anunciaron que el gobierno de Kirchner solo duraría un año.
Pero el pasado se disuelve, en última instancia. El escándalo previsible que representa la muerte en las existencias individuales de los seres humanos, no tiene réplica válida en los devaneos de la política terrenal, donde todo pasa, todo vuelve y nada permanece. Kirchner tiene ahora, abigarradamente compactado, un mosaico de cuestiones perentorias por delante, a las que alivia como bálsamo evidente la continuidad de Roberto Lavagna.
No tendrá el nuevo gobierno ni el interés ni la posibilidad de combinar pactos de salvación nacional con las dos fuerzas no peronistas que forman hoy parte de los cinco grandes (Recrear de López Murphy y ARI de Carrió), pero Kirchner contará con abundante apoyo de peronistas, ex peronistas y post peronistas.
¿Podrá exhibir la cosecha de independientes verdaderos que le aporten a la nueva administración el talento, la autonomía, la probidad, la decencia y la audacia que requiere la Argentina? Un aspecto sugestivo del tiempo que se viene es la proclamada intención de Kirchner de hacer un gobierno estrepitosamente sencillo, contracara obsesiva de la ramplonería de la farandulización menemista. También impresiona su concepción de que el país requiere gestión y dotes de conducción administrativa que nada tienen que ver con el manejo carismático ni con las pretensiones mesiánicas. Tampoco con la picardía criolla, que deposita en la "muñeca" de caudillos personalistas las decisiones más gravitantes.
Paradoja notable: la Argentina necesita hoy mismo un gobierno colectivo manejado con las riendas cortas, una salida apoyado en el liderazgo de un comandante de tormentas capaz de verdadera humildad al integrarse a un equipo de gestión. Los problemas son de una gravedad tal, que el destino exige ya una conducción tan virtuosa que hasta parece excesivo imaginarla como posible.
Kirchner viene de la Patagonia, esa desolación virginal castigada por vientos eternos y coronada por belleza naturales que cortan el aliento. Procede de unos espacios vacíos que son pura perspectiva, pura proyección.
Esa es la tierra donde un presidente fundacional quiso establecer la nueva capital federal del país, proyecto inusitado y políticamente abortado que ha tenido, sin embargo, una curiosa suerte de venganza histórica: la Casa Rosada seguirá quedando en la Plaza de Mayo, pero su nuevo inquilino de hoy vino del sur más extremo. Es ese mismo ámbito meridional en el que se sitúa el respiro final de "Sobre héroes y tumbas", cuando la tragedia finalmente se ha precipitado y sus agonistas llegan al momento de las grandes verdades.
Me parece iluminador compartir ese momento, situado en las postrimerías de la Pampa, cuando se inicia la marcha al Sur portentoso: "El cielo era transparente y duro como un diamante negro. A la luz de las estrellas, la llanura se extendía hacia la inmensidad desconocida. El olor calido y acre de la orina se mezclaba a los olores del campo. "Bucich dijo: "- ¡Qué grande es nuestro país, pibe..! "Y entonces Martín, contemplando la silueta gigantesca del camionero contra el cielo estrellado, mientras orinaban juntos, sintió que una paz purísima entraba por primera vez en su alma atormentada. "Oteando el horizonte, mientras se abrochaba, Bucich agregó: - "Bueno, a dormir, pibe. A las cinco le metemos. Mañana atravesaremos el Colorado."
En siete días más, el patagónico Néstor Kirchner comienza su travesía.



