Buenos Aires (Especial de NA, por Mariano Spezzapria) -- El Gobierno apela por estos días a un hiperpragmatismo que lo lleva, con la misma naturalidad, a avanzar a paso redoblado para obtener los "superpoderes" y a congelar la reforma al Código Penal en medio de una cadena de resonantes hechos delictivos.
Aunque se trata de decisiones contrapuestas, tienen una matriz común: Néstor Kirchner está convencido de que su reclamo para obtener "superpoderes" no afecta su imagen ante la sociedad, pero sabe que lleva las de perder ante la problemática de la inseguridad.
Por eso mandó al ministro de Justicia, Alberto Iribarne, a informar que la reforma al Código Penal "no es una prioridad" para el Gobierno. Así, le bajó el tono a la polémica que se había generado por algunas modificaciones que incluía la reforma.
Una de ellas buscaba atenuar las penas por la tenencia de droga para consumo personal, pese a que los especialistas en materia de seguridad advierten que los delitos seguidos de muerte son provocados en su mayoría por sujetos que están bajo el efecto de los narcóticos.
Tampoco el Gobierno podía avanzar con una reforma al Código Penal cuando reapareció en escena Juan Carlos Blumberg a raíz del inicio del juicio por el secuestro y asesinato de su hijo Axel. El misterioso caso del "loco de Belgrano" agravó aún más este cuadro.
El Gobierno insiste en asegurar que no hay una "ola de inseguridad" y cuestiona el tratamiento que le dan a estos hechos de sangre los medios de comunicación, pero no advierte que detrás de los delitos existe una profunda problemática social.
La ecuación es clara: la economía crece sostenidamente desde hace cuatro años y eso permitió que mejoraran las cuentas públicas y que cayera la desocupación (en lo que hace a los grandes números), pero esto todavía no se nota en la microeconomía.
Es allí, justamente, donde se advierte la falencia del "modelo kirchnerista", que no consigue -al menos hasta el momento- "bajar a la sociedad" la mejoría económica. El fenómeno delictivo es una expresión clara de esta falta de "contención social".
Esta problemática está más allá de la voluntad del Gobierno. No se soluciona con una decisión tomada en la Casa Rosada. El caso de los "superpoderes", en cambio, obecede a la determinación de Kirchner de manejar con mano de hierro las cuentas públicas.
Por eso el jefe de Estado no dudó en "jugar a la dama" en esta polémica movida: Cristina Kirchner defendió enfáticamente la iniciativa oficial en el Senado y para ello apeló a largos discursos en los que cargó contra opositores y periodistas.
En este caso, el Gobierno no dio ni un solo paso atrás, porque la sociedad parece estar lejos de esta problemática y porque la oposición nunca consiguió articular una estrategia que aunara esfuerzos ante lo que denuncia como "la muerte de la República".
Tampoco el oficialismo accedió a modificar en la Cámara de Diputados una sola coma del texto que aprobó en el Senado por la regulación de los decretos de necesidad y urgencia. Parece haber desechado, así, la posibilidad de consensuar con legisladores opositores.
Otra señal en ese sentido la dio Kirchner al enviar nada menos que a ocho ministros a reunirse con los senadores oficialistas. Fue un gesto inédito en su gestión, pero se limitó a obtener respaldo de la propia tropa.
Así, se profundiza la tendencia oficialista a un cierto aislamiento político bajo el paraguas de la supremacía parlamentaria. Y se refuerza el pragmatismo ya característico de Kirchner, un fiel seguidor del futbolero lema del "paso a paso".



