Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) - Argentina, de nuevo. Con sus pulmones llenos de aires que se antojan mejores, con el viento sur que se precipita sobre Buenos Aires en plena coincidencia con una fecha patria renovadamente promisoria, y sobre todo con la tozuda pretensión de empezar otra vez, los argentinos confrontan con una tal vez absurda pero sin embargo deliciosa esperanza la perspectiva de recuperar ahora mismo su perdida felicidad.
El comienzo de un período presidencial está exento de potencias mágicas. Néstor Kirchner tiene delante suyo 1.672 Días de gobierno, lo que suman sus cuatro años de mandato constitucional y los 220 días del que falta completar tras la interrupción del iniciado en 1999 por Fernando de la Rúa. Es una enormidad de tiempo: alcanza y sobra para relanzar definitivamente a la Argentina al escenario de las naciones normales del planeta o terminar de confinarla en el antro de los fracasos más ruines.
¿Por qué debería tener confianza e ilusiones este país nuestro? Nada autoriza a imaginar que su predicamento mejorará sustancialmente porque un nuevo contingente de seres humanos desembarque en la estropeada máquina del Estado, pero la esperanza es un manjar inasible que responde a razones enigmáticas y casi siempre inabordables.
Hay, por de pronto, un desasosiego fundacional sin cuya eliminación ninguna Argentina satisfactoria es imaginable; queda claro que no se trata de pasar del "todo mal" al "todo bien", pero tengo la certeza de que si no hay una modificación radical del detestable síndrome nacional caracterizado por la mezcla de auto descalificación y sobrestimación que caracteriza nuestra vida contemporánea, el país no conseguirá acceder al punto de mínimo deseable de plausibilidad que requieren los pueblos para devenir sociedades armónicas y gratificantes.
Hay un rosario angustiante de tragedias que la Argentina debe resolver y a cuya solución no ha concurrido porque han fracasado de manera miserable sus dirigencias y su propia sociedad. Ha habido mediocridad, vileza y cobardía en dosis excesivas y a poco de arribar a los 20 años de democracia el balance es inexorablemente pobre.
Los 36 millones 300 mil argentinos formamos parte de un país en el cual 21 millones son pobres y 10 millones de ellos son directamente indigentes. Se informa que este país debe casi 155.000 Millones de dólares, tiene reservas de 10.500 Millones y exporta 25.500 Millones por año. La mitad de los asalariados gana 400 pesos por mes, pero hay un 18 por ciento de desocupación abierta y no menos del 20 por ciento de los 12 millones de "ocupados" subsiste con los planes sociales del Estado.
En la Argentina que recibe Kirchner, el 30 por ciento de la
población se alza con más del 65 por ciento de la riqueza. Esto explica en gran medida que 7 de cada 10 niños y adolescentes sean pobres y que el 22 por ciento de los niños de entre 5 y 14 años deba trabajar. El 58 por ciento de los adolescentes que trabajan ya dejaron de estudiar.
Este es, además, un país en el cual por lo menos un 42 por ciento de sus habitantes carece de cobertura de salud. Es también un país asombroso y desconcertante por sus riquezas, pero abrumado por la miseria nueva que cundió como peste maligna a partir de 1998 y que se aposentó sobre una estructura de pésima distribución del ingreso y una masa básica de pobreza que ahora se hizo asfixiante.
La reforma de la economía que Carlos Menem llevó adelante con amplio consenso social entre 1989 y 1995 fue una aventura extravagante que dejó malparada a la Argentina. Introdujo reformas "de mercado" cuya obvia necesidad no se discutía, pero el proceso fue desarrollado con tanta desaprensión y crueldad, en medio de un clima diseminado de falencia moral tan aplastante, que los resultados han sido catastróficos.
En su salutación al nuevo gobierno de la Argentina, The New York Times afirmó el viernes 23 que este país tuvo suerte con el reciente fracaso electoral de Menem, al que llamó "éticamente discapacitado", aunque el diario norteamericano no se privó de los habituales dislates de los corresponsales extranjeros, etiquetando como "retórica populista" la plataforma de campaña de Kirchner, así como la edición de esta semana de la londinense The Economist se aventuraba a calificar de "juristas izquierdistas" a colaboradores decisivos del nuevo Presidente.
El capital central con que cuenta Kirchner es el formidable clima de necesidad de esperanza que palpita en la Argentina, tras el horror de los últimos 18 meses. Su base irreductible debería ser ese aire expectante y fundacional que suele rodear al comienzo de los nuevos mandatos, pero que aquí se entreteje con la ávida búsqueda popular de razones para tornar viable a un país que se hundió en la imposibilidad, en la impotencia, en la incredulidad.
El Presidente que asume lo hace desde una inquietante y a la vez fértil debilidad. Desprovisto de gestos grandilocuentes, paradójicamente fortalecido a partir de la curiosa pirueta de su ingreso al poder, Kirchner expresa viejas asignaturas pendientes de este país espinoso.
Nieto de inmigrantes, patagónico, sensible pero escueto, ha formado un gabinete ministerial que expresa a una generación nueva. Estos son los maduros hijos de la democracia, a la que llegamos de la mano de Alfonsín en 1983 y con los años se nos mostró como un sistema frustrante y huidizo, sobredimensionado y parcial. Pero Alberto Fernández, Julio de Vido, Sergio Acevedo, Rafael Bielsa, Oscar Parrilli y Daniel Filmus, entre otros, son hoy los cuadros del poder de una promoción que accedió a la edad de la razón cuando la Argentina regresaba al pleno estado de derecho.
Sin embargo, no más que para comenzar a saborear la hiel de las crudezas globalizantes, el nuevo gobierno deberá dibujar el escenario dentro del cual se procesará la relación con los Estados Unidos y con el Fondo Monetario Internacional.
Kirchner ha sido siempre peronista y los peronistas son gente práctica. No van a ir a darle sermones a la superpotencia hegemónica ante la cual acaban de flexionar sus rodillas nada menos que Rusia, Alemania y Francia, pero este gobierno procurará encontrar un ámbito de respeto y dignidad que asegure ámbitos de cooperación y confianza, incluso al margen de los matices diferenciales que siempre han existido entre Buenos Aires y Washington, excepto durante los años menemistas. Salimos de la emergencia y hemos entrado en la transición.
Una más. La Argentina ya estuvo transitando entre dos eras a partir de diciembre de 1983 y vuelve a ese peculiar estado nacional dos décadas más tarde. Los empellones del Fondo ahora, como antes, no serán un juego de señoritas. Ellos son una gente que está indignada y no se hacen cargo de la historia que llevó a la calamidad sin atenuantes del default de 2002. Expresan un concepto de la "seguridad jurídica" que alude específicamente a núcleos duros por los que se van a jugar. El derecho de propiedad, la intangibilidad de los activos financieros, la protección de los mecanismos de supervivencia de los bancos: éstos son los protagonistas centrales de los desvelos del FMI, cuyos gerentes sienten sorpresa y a la vez incomodidad por el comportamiento asombrosamente bueno de la Argentina en estos últimos ocho meses.
Exangüe y muchísimo más pobre, la Argentina ha salido sin embargo de la recesión. Sería criminal acogotarla y por eso el New York Times, junto con las habituales generalidades más o menos frívolas de la prensa extranjera, le pidió al presidente George W. Bush y a los organismos financieros internacionales que "lo ayuden a triunfar" a Kirchner.
No es solo bueno para la Argentina, sino también para sus acreedores que la deuda sea reestructurada y que prevalezca el respeto por este instante de refundación que encara hoy nuestro país. ¿Hace falta suerte? En muchas ocasiones, sí.
Una nación en el estado de debilidad de la Argentina mucho puede beneficiarse de una constelación financiera propicia.
Pero, como dice el canciller Rafael Bielsa, "lo primero que tenemos que dejar de hacer es estar mucho más pendientes de las cartas ajenas que de las propias. Tenemos que definir un proyecto de Nación".
Y hablando de cartas, ya están bastante repartidas. Ahora hay que jugarlas bien y sin mala leche. Que haya suerte.



