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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 26/sep/2006 de La Auténtica Defensa.

De Nueva York a Villa Lugano
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) - El regreso a la siempre áspera Argentina debe haber sido una ruptura emocional problemática para el medio centenar de compatriotas que se subió al Jumbo 747 que ayer los trajo desde Nueva York, poniendo fin a la siempre grata visita al otoño de la Fastuosa Manhattan.

No es un dato menor que la comitiva presidencial se haya valido para este viaje de un aparato de Aerolíneas Argentinas con capacidad para 450 pasajeros, cuando en verdad solo ocuparon el 0 por ciento de las butacas. Dato sugestivo: desde el 10 de septiembre la "compañía de bandera" dejó de cubrir la ruta Buenos Aires-Nueva York, paradigmática de la otrora orgullosa red de tráfico internacional argentino.

En realidad, los vuelos están ahora "suspendidos" por falta de equipo. La cancelación formal implicaría que Aerolíneas Argentinas pueda perder la ruta.

Hasta hace diez días el destino Buenos Aires-Miami-Nueva York era cubierto con tres vuelos por semana pero el servicio, prestado por un Airbus 310, se suspendió por falta de repuestos para la aeronave. El Airbus 340 que volaba directo a Nueva York hoy solo lo hace directo a Miami, Roma, Barcelona y Auckland, pero en estos momentos solo operan tres de los cuatro que posee la empresa, también por carencia de repuestos.

La ruta Buenos Aires-Nueva York fue desactivada luego que Antonio Mata perdió su cargo como presidente de AA, tras un diferendo con Kirchner.

El Jumbo 747-200 que llevó a Kirchner a Manhattan estaba estacionado en España, donde le repararon dos turbinas, para luego alquilárselo al Gobierno.

Según Jorge Pérez Tamayo, presidente de la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas, el último fin de semana Austral, propiedad de Aerolíneas, experimentó demoras en el 85 por ciento de sus vuelos de cabotaje, por falta de repuestos.

Sin embargo, el presidente Néstor Kirchner, su esposa, la senadora Cristina Fernández, su hija Florencia, y 41 personas más tuvieron la posibilidad de volar en un aparato de la compañía, que dice no cobrarle alquiler al Gobierno por inmovilizar un 747 durante una semana, pero a la que hay que pagarle, naturalmente, la aeronafta consumida.

Entre los invitados a la semana neoyorquina estaban el gobernador mendocino Julio Cobos, el intendente de San Isidro, Gustavo Posse, el senador santafecino Carlos Reutemann y los escuderos del Presidente en el Congreso, Miguel Pichetto y José María Díaz Bancalari.

También fueron subidos al avión los presidentes de la Cámara de Diputados, Alberto Balestrini, el del Senado, José Pampuro, y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Durante esta semana, ante la magnitud del éxodo, los asuntos de la Nación fueron despachados desde el hotel Four Seasons de Nueva York, el clásico palacio del gran turismo internacional, en la calle 57, donde las suites ejecutivas se cotizan a partir de los 1.850 dólares la noche.

¿Valió la pena? Estos viajes son siempre de muy relativa proyección y el desarrollo de la agenda de esta nueva visita del Presidente a Manhattan exhibe de modo ostensible que su programa se podría haber liquidado técnicamente en 48 horas, incluyendo el protocolar mensaje a la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se inserta dentro de la retahíla de 192 discursos pronunciados, uno por cada país miembro.

Sin embargo, el Presidente se quedó una larga semana, durante la cual, aparte del discurso (que en muchos casos pronuncian los cancilleres de los países), las otras actividades que la Casa Rosada etiquetó como fundamentales fueron la visita a la Bolsa de Nueva York y sendos banquetes con dirigentes empresarios.

Por cuerda separada, y actuando como si fuese una funcionaria designada para un cargo ejecutivo de implicancias diplomáticas, la Primera Dama se reunió con dirigentes de entidades judías de los Estados Unidos, tradicionalmente preocupadas por el recurrente problema del antisemitismo en la Argentina.

En la Asamblea General, al Presidente le tocó ser el número 39 en la lista de los oradores, luego de su colega de Guatemala y antes del dictador de Zimbabwe. Cuando el Dr. Kirchner subió al atril de la ONU, ya habían hablado trece representantes latinoamericanos: los de Brasil, México, Honduras, Costa Rica, El Salvador, Surinam, Bolivia, Paraguay, Panamá, Chile, Venezuela, Cuba y Guatemala.

El capítulo judío, encarado por la senadora Fernández de Kirchner, no podría haber tenido desenlaces positivos y, de hecho, no los tuvo. Una fantasía sistemáticamente acariciada por los gobiernos de matriz justicialista es que hay que "arreglar" con la comunidad judía, tarea a la que se abocan de manera muy poco funcional, incluyendo reuniones abiertas y muy mediáticas, con el agravante de que a menudo se concretan con quienes no deben hacerlo.

En este nuevo desembarco neoyorquino ante quienes las autoridades argentinas imaginan como una especie de "coordinadores mundiales" de la grey mosaica, se reprodujeron tradicionales errores, derivados de proverbiales estereotipos.

Así, el rabino Israel Singer, presidente del Comité Político del Congreso Judío Mundial (WJC, iniciales de su sigla inglesa), le dijo a la senadora Kirchner «hablen con la DAIA y con la AMIA; la comunidad judía argentina tiene entidades que la representan muy bien. No es necesario que vengan aquí a hablar con nosotros; no tenemos por qué ser sus voceros. En la crisis económica apoyamos a la Argentina y después en temas políticos, y lo seguiremos haciendo, pero hablen con ellos».

Singer y sus otros colegas en la reunión, que duró unas dos horas y de la que también participó el canciller Jorge Taiana, ratificaron un firme apoyo a las instancias orgánicas de instituciones judías argentinas. Consideran que los temas internos de la Argentina, incluyendo la reiteración de actos antijudíos, deben ser manejados en clave doméstica, sin aguardar la «bendición» en Estados Unidos.

Evelyn Sommer, presidente de la Organización Internacional de Mujeres Sionistas (WIZO) le dijo a la delegación argentina que «para lograr parar los incidentes antisemitas deben reforzarse las relaciones entre DAIA y AMIA con el gobierno argentino».

Los dirigentes norteamericanos dejaron filtrar una frase de la Primera Dama, que habría sido ésta: «atacar a la comunidad judía argentina es atacar al Gobierno». De inmediato, ella reiteró su conocido guión, el que reza «nadie hizo tanto como nosotros por esclarecer el atentado contra la AMIA, pero veníamos de doce años de silencios y complicidades».

No parece que tales afirmaciones hayan deslumbrado a los dirigentes judíos estadounidenses, que siguen sin entender cómo se produjo aquel famoso "blooper" del Gobierno (la historia de la aparición de 48 cassettes con material de la investigación sobre la causa AMIA, anunciados por el Presidente y que al día siguiente fue desmentida). Tampoco hubo mayores cordialidades respecto de Hugo Chávez. La Primera Dama no defendió al caudillo venezolano, quien durante la semana que pasó en Nueva York anduvo dando discursos por el Harlem negro predicando a los gritos que el presidente George W. Bush es un "enfermo y borracho, que camina como un cowboy".

Pero la senadora tampoco se diferenció claramente de las demasías chavistas, incluyendo la actual alianza de Caracas con Irán, cuyo presidente Mahmoud Ahmadineyad pregona la eliminación del Estado de Israel, objetivo del que Chávez no se ha desmarcado en lo más mínimo.

Interrogada, Fernández de Kirchner solo atinó a afirmar que las políticas exteriores de los países no tienen carácter transitivo, un osado ensayo de equilibrismo.

Tras el fulgor neoyorquino, en la Argentina aguardan temas ríspidos y claras advertencias sociales. La nueva explosión de furia pública, ratificada por el incendio de dos vagones de tren en Constitución esta semana, y la ocupación de un terreno de la Policía Federal por parte de pobladores de la Villa 20 de Lugano, indica claramente que la impaciencia social ingresa muy rápidamente en la modalidad de alta combustión, en una sociedad crispada como la Argentina.

Esa profunda brecha, que se dramatiza en el contraste clamoroso entre el Four Seasons neoyorquino y la alborotada Villa 20 de Lugano, explica gran parte de las apenas soterradas furias nacionales.


 
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