A instancias de los integrantes del Movimiento de Documentalistas, el año pasado se impulsó la propuesta de instituir el 27 de mayo como Día del Documentalista, debido a que en ese día, pero en 1977, el realizador Raymundo Gleyzer fuera secuestrado y desaparecido por la dictadura militar.
La propuesta concitó la adhesión de trabajadores de diversos campos de la cultura en nuestro país y el exterior, así como de figuras de ámbitos académicos, políticos y sociales; adhesión o apoyo que ratifica la vigencia del compromiso de la imagen con la memoria colectiva y que compromete a realizadores de distintos puntos del país, a continuar con el registro no sólo de situaciones desbordantes o extraordinarias, sino también de hechos que conforman e integran el imaginario colectivo de cada comunidad, de cada pago chico que, como Campana, tienen cosas para mostrar, para contar, para guardar en la memoria a través de la imagen audiovisual.
Por estas y otras razones, resulta significativo compartir el texto que el 27/05/02 fuera leído por Jorge Falcone, en nombre del Movimiento de Documentalistas, en el homenaje que se realizara a Raymundo Gleyzer, reflejando parte de ese entramado de la memoria que referencia en imágenes una visión de la historia de los pueblos, de sus gentes, de nosotros: "Para raymundo, en nuestro día/ Hubo una época en que el único cine posible fue documental. En ese entonces, un Día de los Inocentes de 1895 -para ser más precisos- una "diapositiva" monocromática y silente se convirtió en locomotora, en marcha hacia el público. Y fue como para decir una vez más: "Que la inocencia les valga". Que no era la vida misma -como pretendiera el diario Le Post- sino el origen de un arte desconocido, de una industria en ciernes, y de un nuevo standard en la representación de la realidad. Prosiguió su marcha aquel tren cuya primer escala fue Lumière. Y arrivó a una latitud donde el mundo se convulsionaba en tránsito hacia un nuevo orden social. Y esa estación se llamó Dennis Kauffman, más conocido como Dziga Vertov, que tuvo fe ciega en el objetivo de su cámara.Y la cargó a bordo del convoy para documentar el primer ensayo del sueño de Marx y Engels, de Trotsky y Lenin, sobre la faz de la tierra. Y recibió estrictas instrucciones del estado en pos del más absoluto realismo, pero siempre se las ingenió, "El hombre con la cámara", para dejar poesía en todos los rincones de su obra.Y más luego nuestro tren arrivó al Ártico. Concretamente, a la Bahía de Hudson, y esa escala se llamó Robert Flaherty. Y nos dejó como herencia la pertinacia de quien no cede al siniestro que consume la primera construcción de un iglú. Y reincide, si es preciso, subordinando la realidad a su mando. Y estrenando "Nanook".Y la familia del esquimal se excusa, ante el estreno, porque éste ha sucumbido en una partida de caza frente a un oso polar. Y como pasará más tarde con el cañero Ramón Gerardo Reales, esos protagonistas de una nueva mirada no llegan a enterarse que ya son parte de la historia.Y en la estación siguiente, que se llama Grierson, contemplando "Moana", esta mirada se bautiza con el nombre de documental. Y deja una sola obra -quien saca del anonimato a nuestro oficio- sobre el sacrificio del pescador de arenques. Pero también nos deja la Escuela del Documental Británico, que comparte con Cavalcanti, Hitchcock, Mc Laren. Y dice, ya confinado a trabajar para una dependencia estatal, "si vamos a abordar la historia del correo, contemos la biografía de una carta".Y entonces el tren arriva a una de las estaciones más solidarias, que se llama Joris Ivens. Y que, lejos de todo pintoresquismo, procura la verdad en los campos de batalla. Y, en tiempos de desalambrar, nos posa su mano generosa sobre el hombro saliendo padrino de la Cinemateca Uruguaya. Y va al encuentro, ese tren, de otra escala, etnográfica, que en el norte se llama Jean Rouch y en el sur Jorge Prelorán. Y es entonces que "el buen salvaje" de Flaherty abandona la construcción de iglús, adquiere voz propia y arma, en pleno Chaco, un órgano de caña para interpretar a Bach. Y la "barbarie" se yergue ante el "mundo civilizado" con el nombre de Hermógenes Cayo. Para entonces, ya vienen flanqueando a nuestro tren las manos cobrizas de América, que claman al mundo "¡Tire dié, tire dié!". Y de paso por el Caribe, saluda ese tren al noticiero de una tierra joven, que despierta de la pesadilla del capitalismo salvaje y, de la mano de Santiago Álvarez, recurre sin prejuicios al futuro videoclip y al fotomontaje. Para muchos pueblos es aún noche cerrada, mas desde el sur del mundo, crece la resolana que anuncia el arrivo de La hora de los Hornos. Entonces sí, llegamos por fin a la estación prevista por un viaje tan arbitrario como provisorio, porque ya están dadas las condiciones en nuestra tierra, después de tres años de relevamiento etnográfico y en medio de la pólvora, para que surja Raymundo, intelectual orgánico del movimiento revolucionario -al igual que Walsh- y venido al mundo para imprimir la historia en celuloide, a razón de veinticuatro fotogramas por segundo. Al decir del autor de "Operación Masacre", "sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso (...) de dar testimonio en momentos difíciles". Nuestro tren viene marchando desde hace 107 años. Si hay una estación terminal para su viaje, se llama DIGNIDAD DEL HOMBRE".



