En medio de un paisaje admirable y naturalmente único por su relieve, habitaba una tribu comandada por un cacique estricto y respetuoso, sobre todo en su trato hacia las mujeres, consideradas benditas por su Dios, por el poder de concebir hijos. Aquel que no se comportara como había determinado el cacique sería excluido de la tribu y condenado a recibir un ejemplar castigo.
Dicho cacique tenía tres hijas, las mayores habían contraído matrimonio y la menor, de sólo 16 años, estaba comprometida con un joven indio de una tribu vecina. La muchacha de menor edad tenía por nombre Cristalina, con un rostro que reflejaba la pureza de su alma; de larga cabellera que le llegaba a la cintura y de cuerpo armonioso que exaltaba, más aún, su vestimenta aborigen.
Un día marchó con sus hermanas tomando el camino hacía un pequeño lago cercano, lugar propicio para lavar sus ropas. Cumplida la tarea, mientras ellas se secaban sobre las ramas de los árboles, las mujeres se refrescaban para aliviar el agobiante calor que para esos días castigaba a la región.
Según la creencia indígena, debían hacerlo desnudas para que la Diosa Naturaleza purificara y fortaleciera sus espíritus.
Mientras las hermanas jugaban en el agua, Cristalina se sumergió a pocos metros de la ribera. Luego de refrescarse se dirigió lentamente hacia la orilla, miró hacia el este y divisó una sombra humana. Comprobó instantáneamente que un indio la estaba espiando, descaradamente.
Cristalina se sintió muy avergonzada y al intentar cubrir su inocente cuerpo, resbaló, perdiendo el equilibrio, cayendo a la profundidad del lago. Cuando la fuerza del agua la eleva, comienza a pedir auxilio, atrayendo la atención de sus hermanas, las que miraban en esa dirección, sorprendidas también por la presencia del maldito y emprendiendo una vertiginosa huida, sin intentar salvarla.
El lago se adueñó para siempre de la adolescente india y nunca más volvieron a verla. Al regreso, las hermanas llorando le narraron al padre lo sucedido.
Al día siguiente el indio confiesa su delito, a fin de calmar su hondo remordimiento. Entonces el cacique le ordena que se vaya al "árbol de las sentencias", a esperar su castigo, marchándose y apoyándose sobre una gruesa rama del viejo árbol.
Mientras el padre de la joven, enfurecido, fue en busca del hechicero de la región, éste, al enterarse de lo ocurrido, recordó que sus ancestros pronunciaban el sonido ¡buhooo! Refiriéndose a la oscuridad eterna y que el indio así debía ser condenado a la misma.
El indio, teniendo en cuenta lo antedicho, pidió que lo transformaran en ave, para vivir en la rama del árbol. Con ojos bien grandes y una mirada inspiradora de desconfianza, pasó a vestir un plumaje oscuro, de feo aspecto, para existir con hábitos nocturnos, sin poder disfrutar la bella luz del día.
En pleno ocaso, el hechicero finalizó el conjuro y al instante los débiles rayos del sol envolvieron lentamente al indio posado en el árbol, convirtiéndolo en un ave nocturno con garras y la suficiente fuerza para poder sujetarse en las gruesas ramas.
El hechicero le impuso un nombre para siempre: ´buho´. Y desde ese día el cacique prohibió a los integrantes de su tribu las salidas nocturnas, para que nunca más se cruzaran con esa ave traicionera.
Lo narrado nos permite entender que la imaginación es parte de nuestra felicidad.
La autora es alumna de Periodismo y Comunicación del Taller Escuela Mariano Moreno.



