Al comienzo, Fabiana Di Lillo, -delgada elegancia de película americana- introduce el panorama de lo que vendrá. Luego entran ellos.
Armando Borgeaud y Osvaldo Croce, dos butacas altas, dos sillas de Viena. Relatan historias simples, hablan de quienes por aquí habitamos, pintan paisajes que están ahí nomás, del otro lado de la puerta.
Luz muy blanca, cenital, sobre estos escritores que cuentan lo que imaginan al ver reflejos en las ventanillas, figuras por las colas de los pago fácil.
Raúl De Paoli con su flauta traversa, intercala frases de música clásica con sonidos que subrayan aquella descripción o esta ironía.
Di Lillo, con sus movimientos exactos, sus frases como contrapunto, su facilidad para crear los mejores silencios en un relato de traiciones, brilla a su mejor nivel.
En poco menos de hora y cuarto, quienes estuvieron en la intimidad de El Garaje del Arte pasaron de las risas a la melancólica evocación. Anduvieron por el alambre tenso de las emociones que nunca dejan caer el corazón al piso.
Espectáculo de belleza visual poco común –un saco sobre el respaldo de la silla puede ser el final de la función para un viejo de traje blanco que de tanto hablar de su mujer se duerme para siempre olvidando su soledad- lo que Borgeaud y Croce logran con mínimos recursos, sin actuar sino valiéndose de la palabra, vale la pena. Es un goce para la inteligencia y los sentidos.



