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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 25/nov/2006 de La Auténtica Defensa.

Nuevas luces para la oposición
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (Especial para NA por Pepe Eliaschev) -- En las palabras autorizadas del jefe de Gabinete, a la Argentina le falta una "oposición inteligente". Esa ausencia, dice Alberto Fernández, está en la base de lo que el Gobierno presenta como un destino inexorable.

Para las elecciones del último domingo de octubre de 2007, piensa Fernández, Néstor Kirchner sería releecto en primera vuelta con el 60 por ciento de los votos.

Esta puntualización, equivalente a un "a nosotros nos va bárbaro, pero también sucede que la oposición es impresentable", es el punto de partida de cuestiones que han vuelto a colorear de manera notable el aparente cambio de aire que viene exhibiendo la Casa Rosada.

Tres semanas después del terremoto de Misiones, los numerosos fragmentos en que se difracta el espíritu político de oposición al gobierno han ido produciendo reacomodamientos inconfundibles.

Se va quebrando la rígida dicotomía progresismo de centro izquierda versus reaccionarismo de derecha como escenario preferido por el oficialismo para presentar el dilema nacional.

Los cambios tienen su centro neurálgico en la evolución de los planes de Mauricio Macri, Roberto Lavagna y la Unión Cívica Radical para confrontar el apasionante año que está despuntando.

Impulsado por la situación, Macri ha desplegado una actitud de múltiples valencias: su criterio es no cerrar posibilidades y seguir abriendo nuevas. Habla de "generosidad y patriotismo".

Lavagna, que organizó su proyecto político desde una nítida geografía de "progresismo" concebido como centro-izquierda, decisivamente impulsado por Raúl Alfonsín, fue modificando, al menos en las formas, su planteo original y tras propinarle algunos mandobles al radicalismo y tomar distancias del expresidente, inició una serie de aproximaciones hacia Macri.

¿Es acaso Macri la "derecha", así, a secas, como lo presenta cierta pedestre sabiduría convencional? Si alguna vez lo fue, incluso en el marco de la brutalmente desideologizada política argentina, ya las cosas no son tas así.

El propio Lavagna, que tiene la más negativa de las consideraciones por los modos y los conceptos reacios a las instituciones que exhibe el gobierno de Kirchner, seis meses antes de ser relevado del Gobierno apenas murmuraba, y en privado, sus objeciones a los destratos presidenciales.

Como es habitual, en la Argentina estos dilemas y estas dificultades suelen conjugarse en términos de nombres y apellidos concretos. Macri es dueño de un capital que aparece como más intenso que las ideas que pueden atribuírsele.

Si bien es sencillo acusar de Kirchner de ser un hombre visceralmente alérgico a los entendimientos consensuados y a las prácticas convencionales de la democracia representativa, Macri es una persona que a menudo se aburre del Congreso, detesta con frecuencia los tramites legislativos y prefiere de manera tajante los modos ejecutivos de una gestión de tipo gerencial. Si la diferenciación con el oficialismo se haría sobre base tan confusa, llevaría todas las de ganar el actual Presidente.

Macri puede descollar, con comodidad, en cambio, en ámbitos fuertes pero circunscriptos, donde un gobierno organizado en torno de la gestión y la transparencia sirva como modelo para imponer en serio nuevos mecanismos de hacer política.

Un caso paradigmático no es el otro que el de la Capital Federal. Tras el final estrepitoso de Aníbal Ibarra, el gobierno titubeante y vulnerable de Jorge Telerman no tiene la posibilidad de organizar un planteo global a la sociedad, ensimismado como está por producir hechos inmediatos y garantizarle al actual jefe de Gobierno la visibilidad necesaria que precisa para ser candidato formal en 2007 y ganar un período completo (y sobre todo propio) al frente de una ciudad de Buenos Aires que, en verdad, lo tolera pero no lo votó explícitamente.

Sería el espacio y el momento para Macri, que tiene 47 años. Gobernar exitosamente la ciudad capital del país de 2007 a 2011 lo dejaría en vísperas de disputar la presidencia a los 51 años. En sus titubeos, se siente tironeado a disputar la provincia de Buenos Aires, una tarea gigantesca en la cual la salida de Felipe Solá lo deja en condiciones favorables.

Pero si Macri, acicateado por la modestia de la propuesta oficialista (Aníbal Fernández y José Pampuro con las estrellas de la oferta kirchnerista), va por la provincia, deja a la rutilante Capital Federal huérfana de alternativas: nadie tiene la proyección del presidente de Boca Juniors en la ciudad y, así, una candidatura de Daniel Scioli marcharía sobre ruedas.

¿Y la presidencia de la Nación? Lavagna trabaja desde un perfil en que se advierten condiciones políticas innegables, un cierto rasgo de altanería y, sobre todo, la sencillez de los planteos rotundos: o a la Casa Rosada o a su casa, pero no irá a otra parte.

¿Cómo se podría articular un frente institucionalista mechado con las hipotéticas candidaturas de Lavagna a la presidencia de la Nación, de la cual se "colgaría", entre otros, un candidato radical a vicepresidente, Macri a la Capital Federal, pero con una derrota a manos del aparato oficial en la mayor de las provincias?

Es una incógnita que hoy no puede despejarse. Los radicales, por de pronto, arman su futuro desde la exigente angustia de la precariedad. La más bien sombría salida de Roberto Iglesias de la jefatura del Comité Nacional impulsa a la gente de Alfonsín a posicionarse en el baluarte de la calle Alsina para propiciar desde allí un fuerte relanzamiento de Lavagna, contra el cual expresó indolencia y desinterés el mendocino Iglesias, un hombre muy poco destacable, que pasó por la cabeza del centenario partido sin gloria y sin pena.

¿De qué habla Alberto Fernández cuando alude la "ausencia de una oposición inteligente"? Es probable que el jefe de Gabinete le otorgue a esas palabras descalificatorias un tono grueso de invectiva contra un conjunto de personas a las que el Gobierno sencillamente desprecia.

Desde el 25 de mayo de 2003 el Presidente no ha recibido en la sede oficial a nadie que, respetuosamente, discrepe en serio con él. Cuando el Gobierno ha hablado de "concertar" se ha valido esencialmente de abrir espacios pequeños y acotados, meros intersticios dentro del aparato, a quienes se aproximan desde un pasado diverso, pero con un presente de disciplinamiento.

Pero, en una segunda lectura, es posible que esa falta de inteligencia opositora con que se regocija Fernández, sea una sagaz puntualización de una carencia que el Gobierno conoce y de la que se está encargando.

El despido del vociferante Luis D’Elía del gabinete nacional fue, en este sentido, una decisión poderosa de Kirchner, sobre todo porque fue tomada a renglón seguido de la enésima (y póstuma) provocación del ex piquetero matancero.

Kirchner lo avaló un tiempo infinito a D’Elía, personaje que terminó sus días en el Estado cuando su condición de simpatizante de la República Islámica de Irán se hizo irrespirable para el Presidente. Antes de mandarlo a su casa a D’Elía, Kirchner había adoptado la sana y costosa decisión de impulsar el dictamen del fiscal Alberto Nissman, que revalidó de modo completo lo actuado por el satanizado y finalmente sentenciado Juan José Galeano, a quien odiaba la senadora Cristina Fernández de Kirchner. No dv erminaron ahí las buenas noticias. Después de invitarlos a tomar el té en el Senado (una práctica habitualmente femenina de la que esta vez no participaron mujeres, sino dos renombrados columnistas, un conductor radial y un íntimo amigo del matrimonio presidencial), la senadora comunicó que el Gobierno quiere una Corte Suprema de cinco miembros, algo a lo que se llegará de manera natural cuando los dos más veteranos de los siete en ejercicio de aparten de modo administrativo. Todo este conjunto, nada casual, de situaciones apunta a la lección que el Gobierno ha aprendido luego del feo traspié de Misiones.

Con una economía que crece con las velas hinchadas, el Gobierno exhibe hoy sin embargo una sutil y paradójica percepción, que le hace mostrarse preocupado por la agujereada institucionalidad. ¿Qué inteligencia le pide Fernández a la oposición? ¿No darse cuenta de que el mejor negocio es meterse dentro del oficialismo, ó entender que una articulación amplia, generosa, plural y honesta de fuerzas democráticas diversa puede dar una limpia y muy buena batalla en 2007?

DESTACADOS:

1. Macri a menudo se aburre del Congreso, detesta los trámites legislativos y prefiere los modos ejecutivos de una gestión de tipo gerencial.

2. Lavagna trabaja con condiciones políticas innegables, cierto rasgo de altanería y la sencillez de los planteos rotundos: o a la Casa Rosada o a su casa, no irá a otra parte.

3. Esa falta de inteligencia opositora con que se regocija Fernández es una sagaz puntualización de una carencia que el Gobierno conoce y de la que se está encargando.

www.pepeeliaschev.com.ar pepebis@arnet.com.ar


 
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