Mientras ejercitaba mi pulgar, haciendo "zapping" (próximamente declarado deporte nacional) me encontré con los Premios Clarín. Mi parte cholula se quedó un rato hasta que otra parte de mi cerebro pensaba que mejor debía buscar algo más interesante o instructivo. Volvía a ejercitar el pulgar pero al rato recaía en los glamorosos premios de nuestra colonia artística.
Hasta sentía empatía con algunos ganadores, y bronca hacia otros que creía no lo merecían… y evidentemente, esto no solo me pasó a mí sino también a muchos argentinos que ven televisión, ya que fue lo más visto del día en términos de rating.
Pero no solo se trata de cholulismo, también esa imagen de éxito y esplendor único que vemos en los famosos nos atrae. Estrellas de un firmamento con reglas tan dudosas y arbitrarias como las que vivimos los comunes mortales que los admiramos en televisión, radios, teatros y cines.
Representan esa imagen que desearíamos, al menos, por un día. Las mujeres sintiéndonos reinas por una noche, con esos vestidos de diseñador y hermosas joyas devenidas del siempre valorado canje televisivo. Los hombres, invariablemente galanes, cancheros, sin importar cuan elegantes, bien o mal vestidos hayan estado… ¿Alguien notó el jean y el chaleco de Ricardo Mollo? Seguramente muy pocos, pero el beso que le dio a su mujer Natalia Oreiro (mezcla de alegría, pasión y orgullo) todos lo notaron, ya sea con un "que grande Mollo" de los hombres (por estar con una bella y exitosa mujer 20 años más joven), o el "que bien que está" de las mujeres (por este hombre que los años lo ponen cada día mejor).
Todo pasa por la imagen, esa que deseamos y creemos tan lejana a nosotros. Por ese axioma que han instalado sobre todo en las nuevas generaciones, donde el éxito radica en la fama. Sin entender que la fama, también tiene letras chicas en el contrato. Que ser famoso no necesariamente tiene que ver con el éxito. Que la celebridad muchas veces es vergonzosa, de allí la frase "tristemente célebre".
Antes los chicos querían ser bomberos, doctores, maestros… hoy quieren ser "famosos".
Esto no habla muy bien de nosotros como sociedad. Convertir a la fama en profesión, no solo es involución educativa, también un peligroso juego de poder donde todo vale.
Estudiar, esforzarse, buscar la excelencia en el hacer, sentirse satisfecho con uno mismo, parecen desdibujarse en un mar de favoritismos, exposición sexual, carencia de vida privada, y el valor de la osadía de no saber hacer nada, pero tener una buena cirugía en el cuerpo que atraiga tanto como a las moscas el azúcar.
Es verdad, necesitamos divertirnos, escaparnos de nuestras miserias cotidianas, de nuestra falta de excentricidad. Pensar en nada y creer que quizás si ellos pelean en público, pierden dignidad, hacen del ridículo, puede ser que nosotros no estemos tan mal y seamos los mismos de uno o a otro lado de la pantalla. O hasta sin tapas de revista ni "lolas" hechas, seamos mejores. Cuestión de valor y valoraciones.
Usted no se preocupe, para estas fiestas, póngase lo mejor, cuélguese toda la bijou que está de moda y levante la copa por una navidad que nos recuerde su verdadero sentido, la espiritualidad, la fe y la esperanza con la que deberíamos vivir los cristianos. Y para el año nuevo, deseando todo lo mejor, porque el primero de enero la vida sigue, pero el cuaderno es nuevo y quien dice que al final terminemos firmando algunos autógrafos… solo por admirarnos a nosotros mismos… porque trabajamos, luchamos y amamos sin claudicar.



