Nos hallamos congregados en esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, para la consagración del altar y del templo parroquial. Luego de la procesión por las calles de esta populosa localidad, que se encuentra en medio de los partidos de Pilar y Escobar, estamos congregados ahora como Iglesia, que la familia de Jesús, la familia de los amigos del Amor de Cristo. En efecto, en la Sagrada Escritura, Jesús, el Señor, llama a sus seguidores con acentos de especial y familiar afecto: "mi Iglesia" (Mt. 16,18). Son los sentimientos de Cristo Jesús, que manifiesta también al decir: "mis hermanos", "mis ovejas", porque éstos son su comunidad amada: "amó a su Iglesia y se entregó por ella" (Ef 5,25). Esta Iglesia es el Pueblo convocado por el Señor, y por consiguiente propiedad suya, propiedad de Dios, propiedad congregada en la unidad.
Este año vivimos en Maquinista Savio un acontecimiento único, la consagración del templo parroquial. De ahí el lema de 2006 que ha venido trabajándose en la parroquia: "María, templo consagrado a Dios". El templo es signo visible de la Iglesia, su bendición y consagración nos ayuda a crecer en la conciencia de que somos templos vivos consagrados al Señor. En los días de la novena, con el lema, se ha meditado sobre el misterio del templo cristiano. Con este sentido, el sábado 2 de dic y el domingo 3, el cura párroco expuso para la veneración las reliquias de san Abundio, mártir romano del siglo IV, y de santa Beatriz de Silva, fundadora de las religiosas concepcionistas franciscanas, del siglo XV. Estas son las reliquias que quedarán para siempre en el altar consagrado.
La palabra "consagración" dice siempre relación con lo sagrado, y sabemos que, en sentido del Evangelio, dice relación con el Amor de Jesús, en cuanto que una persona o una cosa se entrega o dedica a lo que pertenece a Dios o a su proyecto de salvación sobre el mundo, esto es, a la contemplación, al culto, a la perfección de vida, a la misión, al servicio desinteresado y entregado al bien del prójimo. Estas últimas son otras tantas dimensiones de la "Alianza de Amor" que Dios el Señor hizo con el género humano. En un sentido fundante, Jesús mismo es el "Consagrado" o "Ungido" por el Espíritu Santo, porque a Él le pertenece la misión salvífica encomendada por el Padre (cf. Lc 4,18; Jn 10,36). Y en esta misión de salvación, Él nos llama a todos. También a toda esta comunidad que aquí colma la iglesia, el atrio y las calles adyacentes.
Así es: puesto que Jesús nos llama a todos, su Iglesia no excluye a nadie en el llamado; antes bien, invita a todos al "Banquete de Bodas", que es la imagen utilizada por el Evangelio para aludir a la invitación universal a "hacer Alianza" con el Señor, incorporarse a la "Alianza". Así como, en la imagen del Evangelio, los sirvientes salieron a los caminos para invitar a "todos", buenos y malos, al banquete nupcial, de modo que la sala de bodas se llenó de comensales, así también la Iglesia anuncia a todos el Reino de Dios e invita a todos a formar parte de ella, que es el Pueblo mesiánico. Hoy consagramos el Altar, la "mesa celestial" del sacrificio del Hijo de Dios y del banquete de su pueblo. Es una acción que centra nuestra evangelización en la Eucaristía, sin sacramentalismo alguno sino con sacramentalidad, la de la propia Iglesia, que es sacramento de unión con Dios.
Al mismo tiempo, siempre junto a Jesús, hoy nos reúne Alguien que es por excelencia imagen del Templo de Dios: María, honrada en el misterio de la Inmaculada Concepción. Así es María; su aspecto es celestial y triunfal, pero al mismo tiempo humilde, como lo refiere Dante Alighieri en el Paraíso de la Divina Comedia: "humilde y alta más que toda creatura" , tan humilde que desarma nuestra mirada temblorosa, la del respeto reverencial que le tenemos (Cfr. Luc. 1, 48), y casi nos invita a ver en ella una amadísima hermana, a la cual, ni bien queremos dirigirle una palabra confidente, no nos viene otra cosa a los labios que: ¡Feliz; Bienaventurada María! (Cf Luc. 1, 45 et 48) Sí, Bienaventurada, Feliz, y a cuántos títulos, que significan para el pueblo cristiano otras tantas advocaciones con las que honramos a la Virgen.
María es una creatura, Ella no es Dios. Ella es, sin embargo, la Madre de Dios, por ser Madre de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Ella es la creatura más perfecta que surgió del pensamiento preferencial que Dios ha tenido; la intención de ver en ella la inocencia prmitiva de un ser ideado "a imagen y semejanza suya propia, de Dios"(Cf Gen. 1, 26-27), no turbado, no contaminado por mancha alguna, por imperfección alguna, como lo son -a excepción del mismo Cristo y de la Madre- todos los hijos de Eva, todo el género humano.
Una idea divina, un sueño divino, una obra maestra de belleza humana, no buscada en el modelo formal y nada más, sino realizada en la intrínseca e incomparable capacidad de "expresar el Espíritu en la carne humana", la belleza invisible en la figura corpórea. Toda hermosa eres, María, tú eres la belleza, la pura, la santa belleza. Tanto la ha "favorecido" el Señor, como dice el Evangelio de hoy, que es "llena de Gracia". Esta debería ser la imagen real e ideal de la Virgen, reflejada, luminosa e iluminadora, en nuestras almas.
La imagen de María es, a la vez, profundamente eclesial, porque hace de espejo de la divina perfección, speculum iustitiae, y Ella misma se ofrece a nosotros como espejo de la humana perfección que la Iglesia, venerando a la Virgen, contempla con alegría, como una imagen purísima , esto es, lo que la Iglesia toda desea y espera ser; una belleza nupcial, me refiero a esa que san Pablo describe, como todos recordamos: "toda gloriosa, sin mancha ni arruga, ni nada similar, sino santa e inmaculada" (Ef. 5, 27). Al mismo tiempo, la santidad in fieri de la Iglesia tiene su modelo, su typus en María, como decía San Ambrosio , y luego San Agustín comentará: Ella (la Virgen) mostró en sí misma la figura de la Iglesia , pues María ha representado en sí misma la figura de la Santa Iglesia. Así pues, modelo ejemplar, figura ideal de la Iglesia. María, la Esclava del Señor, del "hágase" al misterio de la Encarnación.
Por todas estas razones, al término de la IIIra. Sesión del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI declaró a María, "Madre de la Iglesia", pues si María es Madre de Cristo según la carne, y Cristo es Cabeza de la Iglesia (la cual es su Cuerpo místico), María espiritualmente es Madre de este Cuerpo, al Cual Ella también pertenece -a nivel más eminente-, y al mismo tiempo como hija y hermana .
En síntesis, hermanos y hermanas, no puede pasar este día festivo de la consagración -e inauguración- de este magnífico templo, sin que hagamos un compromiso serio de ser "más evangelizados y mejores evangelizadores", y esto especialmente con las características de la "nueva evangelización" a la que nos llamó el Papa Juan Pablo II. Creamos de verdad en "la potencia del Amor de Dios". Es ocasión de ver la importancia de la espiritualidad, de la acción del Espíritu en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, oportunidad de rechazar tanto el espiritualismo como el materialismo que muchas veces acecha nuestra manera de ver la vida y nuestras acciones. Al comentar el Salmo 134 en una Audiencia general de los miércoles, el Papa Benedicto llamaba al materialismo, la "eterna tentación", diciéndonos: "El materialismo es la "eterna tentación" del ser humano que pone su esperanza "en la riqueza, en el poder, en el éxito" (…) "Sólo Dios es grande y eterno" (…) (…) El Dios "vivo y personal" "está en el centro de la auténtica fe" (…) "El Señor no es una realidad inmóvil y ausente, sino una persona viva que "guía" a sus fieles, se "compadece" de ellos, apoyándoles con la potencia de su amor"" . Es oportunidad de renovar nuestro compromiso por los más pobres, los enfermos, los que están solos, abandonados, los que han perdido la fe y la esperanza, por aquellos para los cuales la vida ya no tiene un sentido ni una finalidad… Es oportunidad, entonces, de volver a comprometernos a construir la "civilización del Amor", porque no es el odio, ni la envidia, ni la falsedad, o el "no jugarse por nadie", ni la indiferencia, de donde saldrá algo bueno, sino del Amor que cura y que salva. Esto es, del Amor de Jesucristo, que viene a nosotros.
Que el Señor nos conceda vivir según "la potencia de su amor", como dice el Papa Benedicto. Que nos conceda Paz, prosperidad, unidad de las familias, salud, trabajo digno y todas las bendiciones que justamente esperamos de su Mano omnipotente. Pero también queremos ofrecerle hoy nuestra colaboración libre -y nuestro dedicado trabajo- para una comunidad y familia mejores, una patria mejor, una humanidad renovada, con la gracia del Espíritu, y la intercesión de María, la Inmaculada Concepción.
Amén



