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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 31/dic/2006 de La Auténtica Defensa.

DESDE LA VEREDA DE ENFRENTE TODO SE VE DIFERENTE
Por Nora Basualdo Esteban




El título de esta nota da lugar a diversas interpretaciones. La única intención es describir, tal vez minuciosamente, los síntomas de aquellos que conviven con " el virus de la indiferencia, hacia lo opuesto, lo mal llamado normal". Obviamente es una forma de expresión, aunque sería ilógico denominar como personas normales a quienes se catalogan como tales. Primero deberían preguntarse a que se refieren algunos cuando interpretan de tal manera.

Quizás admiten como tal, lo que solo puede ser oculto por un tiempo, disfrazándolo con falsas actitudes, por aquellos que mentalmente sufren trastornos emocionales, los que se evidencian en un tiempo indeterminado, impidiéndoles el activo desarrollo social.

Por consiguiente, sintiéndose incapaces de argumentarlo individualmente, lo que para ellos significa serlo, ya que están convencidos de que ese adjetivo solo se lo aplica al que ha nacido físicamente perfecto al ojo insensato o inhumano de los que jamás creen ver la vida desde la vereda de enfrente, en donde transita el enfermo o el que posee capacidades diferentes, mal calificados diferentes, por que en ellos abundan capacidades que en otros escasean.

Siempre es fácil emitir opiniones sobre algo, cuando no se tiene la menor idea de un dolor físico o la impotencia de soportar una discriminación. Al instante usan una frase que después no pueden solventar: ¡Yo en tu lugar actuaría de tal manera! Expresarse así, livianamente, desde la indiferencia, suena fantástico, pero esa misma persona no vacila en recurrir, al ser diferente, cuando necesita consuelo, si se encuentra transitando por una situación mínima, ya que no sabe como actuar.

Lamentablemente vivimos en una sociedad en donde algunos necesitan para distinguirse un instrumento ortopédico, para que se identifique su incapacidad física, y de ese modo ser visiblemente diferente a los que se creen estar en la vereda de la normalidad. Pero a veces no es suficiente poseer un par de muletas, un trípode o un bastón para recibir el mínimo de respeto, ya que ciertos hechos evidencian la necesidad de recurrir a un cartel: ¡Sea humano, no se enoje si me atienden con privilegios! La autora fue testigo del hecho consignado.

Al entrar a un comercio, vi como una empleada atendía a una señora mayor, la que apenas se movilizaba con un bastón, debiendo esta señora soportar improperios de otra joven clienta, la que reclamaba que ella estaba primera. Es de imaginar el estado anímico de la señora mayor.

Pero lo narrado no es suficiente, ya que con la presencia de otras personas y por la forma en que observábamos, sin pronunciar palabra alguna, como reflejo de nuestra indignación, mantuvimos cordura y educación. Hasta debimos escuchar con estupor, y con acento patético esta vil frase: ¡Usa bastón para que la atiendan enseguida! Me quedé pensando. Que será de esta mujer el día que la vida la arranque de un golpe y la ubique en nuestra vereda.

Rescatando lo positivo de esta ingrata circunstancia, cabe señalar que la señora se retiró del establecimiento con su compra y el respeto merecido, mientras que la joven se fue con la clara indignación de nuestras miradas. Es socialmente oportuno y conveniente tener siempre presente que ninguna limitación física será impedimento para nuestro crecimiento y desarrollo personal.


La autora es alumna del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM), de Periodismo y Comunicación.


 
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