La Exhortación apostólica post-sinodal "Sacramentum caritatis" (S.C.) del Papa Benedicto XVI, como expresión que es de la fe de la Iglesia -la misma que ella tiene desde el inicio de su misión, cuando el Espíritu la colmó con sus dones y la animó para que ella evangelice hasta los confines del mundo, y hasta que el Señor venga en gloria- nos ayuda y orienta grandemente en nuestro camino espiritual y en nuestra vida concreta. Cuando el documento se refiere a la eucaristía como "misterio", por otra parte, obviamente no lo hace en el sentido coloquial de la palabra (o como entiende el término la cultura actual), sino en sentido teológico sacramental. Precisamente, la Eucaristía es "misterio de la fe" por excelencia: "es el compendio y la suma de nuestra fe" (S.C, n. 6), como nos dice el Papa, pues la fe de la Iglesia es esencialmente fe "eucarística".
Es verdad que la Iglesia posee una dimensión social, pero de ningún modo comprehensible sólo desde lo sociológico o lo político. Ella es el Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios que peregrina en la historia, posee una comunión orgánica y está animada por la fe y los sacramentos, los cuales constituyen aspectos complementarios de la vida eclesial y nos mueven a la evangelización y a la promoción humana integral. Por eso, el Sacramento del altar, la eucaristía, fuente y culmen por excelencia de la vida cristiana, está siempre en el centro de la vida eclesial y es en ella donde la vida cristiana y la Iglesia misma encuentran fuerza y "renacimiento" a lo largo de la historia humana, hasta que se produzca la consumación de los siglos (Cf. SC n. 6). Pero además, es fuente y culmen, para luego hacerla vida, para construir la familia y la comunidad (también la social, también la comunidad política) en y desde el amor.
Esta dimensión de fe, y la conciencia que la Iglesia posee de sí misma al respecto, quizá le sea difícil de comprender a cierta mentalidad contemporánea. Y en particular el concepto de "verdad" que menciona, no es el de la mera subjetividad sino el de "la verdad de las cosas" y el constitutivo mismo de la Iglesia, como Jesucristo la ha querido y la Tradición viviente de la Iglesia nos la ha transmitido. Más aún, para la Iglesia, Jesucristo mismo es la verdad ("el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6), y responde al anhelo más intimo del ser humano -del cual no es forzado decir que es esencialmente religioso-, en sentido de "hambriento de verdad y libertad" (Cf S.C. 2), hambriento también del verdadero amor, la caridad. Más aun, según la fe de la Iglesia, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia sí, y, como lo refiere la Exhortación: "Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se reencuentra" (S.C. 2).
Por ello, la finalidad de las presentes líneas es presentar un simple y sucinto aporte para una apreciación más englobante que aquella que generalmente se ha transmitido acerca de la Exhortación apostólica post-sinodal "Sacramentum caritatis" en la opinión pública. Pienso que, habida cuenta que vivimos en una sociedad mediática y globalizada, podemos comenzar por pedir (es una opinión personal) que se comprenda mejor el derecho de la Iglesia (como el que tienen otras confesiones o religiones) de expresar el concepto "religioso" que ella tiene de sí misma. Como se ha dicho, más que una realidad de carácter sociológico, la Iglesia se ve a sí misma primero como "Sacramento de la unión con Dios" (así la llama el Concilio Vaticano II), como comunidad de fe, de esperanza y de amor.
Sin duda que aquí está el núcleo más profundo de la Exhortación del Papa Benedicto XVI, ese "sentido religioso" y católico de la Eucaristía como misterio "creído" y "celebrado", pero que, a la vez, no se agota en el culto sino que contiene en sí "un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana".
Muchas veces en los titulares se nombra a "la Iglesia", o se la ve mediáticamente, con un enfoque casi exclusivo en la estructura social, en lo que dijo u opinó tal o cual eclesiástico o laico, o bien sólo en relación con la política (aunque es indudable que la vida cristiana tiene repercusión en el orden social, claro). En mi opinión, este fenómeno nos debe interpelar a los cristianos a ver cuán importante y cuán en serio tenemos que asumir una comunicación personal y también institucional, que también sea fruto del amor y del respeto de los legítimos derechos de todos.
Habiendo escuchado algunas repercusiones acerca del documento, me parece justo destacar que, exponiendo la doctrina católica, contiene incluso muchos aspectos que podemos llamar "renovadores", o que llaman a una renovación desde la fe y la esperanza, a "relaciones nuevas". Me explico: a esto apunta la visión de la Eucaristía como "el misterio de la Fe", sobre el cual el Papa nos dice que ha de capacitarnos e impulsarnos a todos los cristianos a un "trabajo audaz en las estructuras de este mundo para llevarles, aquel tipo de relaciones nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios" (S.C. n. 91). Y lo mismo se puede decir del impulso a la misión evangelizadora (que siempre es promotora de la dignidad humana), y a la doctrina social de la Iglesia. En síntesis, la Iglesia, desde la visión de la fe que la anima, considera a la Eucaristía como "principio causal" de sí misma y en esa huella la Exhortación ha querido sobre todo resaltar la unidad de los fieles en la "comunión" eclesial.
Refiriéndose a la Liturgia (celebración) eucarística, reafirmando aspectos fundamentales, reconoce incluso que "se pueden permitir algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas", lo cual es una especial consideración a la inculturación. También ha mencionado y enfatizado, a partir de la participación eucarística, el amor que les debemos hacia quienes más lo necesitan (y de hecho, por ejemplo, nombra específicamente a los presos y a los emigrantes), nos recuerda que quienes participamos de la eucaristía debemos hacer "todo lo posible (…) para que cese o al menos disminuya en el mundo el escándalo del hambre y de la desnutrición", sin olvidar que también pide a los cristianos laicos en particular el asumir directamente la propia responsabilidad de la cosa pública y social.
En síntesis, todo un programa para la persona, la familia, la comunidad eclesial, la comunidad social. Creo que deberíamos todos leerla íntegramente y procurar sobre todo reconstruir, desde la justicia y la caridad, nuestras vidas y nuestra sociedad, con "relaciones nuevas" las cuales, desde la fuerza del Espíritu, nos ayuden a seguir trabajando por la "Civilización del Amor".



