En este tiempo en el que solo transitamos por momentos de incertidumbre, la comunicación nos impone personajes que solo trabajan por su propio bienestar económico.
Afortunadamente nuestra bandera no ha dejado de ser para los argentinos un orgullo patriótico. No solamente por este motivo sentimental y espiritual debemos remontarnos al pasado histórico, dejando de lado la rutina cotidiana, la que, en algunos casos nos lleva a homenajear al creador de la enseña patria, solo porque falleció el 20 de junio de 1820 y porque nos legó la bandera.
Sugiero la necesidad de profundizar su vida, ejemplar en todos los sentidos, conservando permanentemente sus valores como ciudadano y patriota y como uno de los preclaros protagonistas en el nacimiento de la Patria y como culto joven no ignoró el llamado de su tierra natal, luchando hasta en el campo de batalla para engrandecerla, sin ser militar de escuela.
En Europa asimiló las nuevas ideas económicas para desarrollarlas en nuestro país, donde creó la Escuela de Náutica, Dibujo y Matemática, fundando el periódico El Telégrafo Mercantil. En 1806 y 1807 luchó contra las invasiones inglesas participando en la Revolución de Mayo, pasando a integrar la Primera Junta de Gobierno.
Fundó Curuzú Cuatiá. Belgrano, a pesar de sus limitadas experiencias y entrenamientos militares, fue enviado con tropas al Paraguay, en septiembre de 1810, donde encontró una feroz oposición de sus enemigos. Luego siguen sus acciones militares hasta el reemplazo de la jefatura del Ejercito del Norte por el general José de San Martín.
Pero recordemos a Belgrano diseñador de nuestra bandera nacional, a principios de 1812, utilizando el azul del cielo y el blanco de la cucarda de los patricios, en Rosario, para luego llevarla en su expedición al noroeste argentino y al Alto Perú. Seguramente la imaginó color del cielo, con el anhelo de representación de pureza, para que finalmente sea celeste y blanca, como hoy la veneramos.
Renunció a una vida cómoda, y sin vacilaciones donó sus bienes para la creación de escuelas, dudándose aún los resultados ulteriores de su gesto de desprendimiento. Era de su voluntad morir en Buenos Aires y antes de su deceso, que ocurrió el 20 de junio de 1820, de dijo a su amigo Manuel Antonio Castro: ¨Pensaba en la eternidad, a donde voy y en la tierra que dejo; espero que los buenos ciudadanos trabajaran para remediar sus desgracias¨.
Tenia 50 años al morir, junto a su médico y un amigo. Los honorarios del profesional los paga con su reloj, y la lápida de su sepulcro fue construida con la base de mármol de un mueble de su casa.
Hasta el fin de sus días, Belgrano fue un ciudadano ejemplo incomparable de dignidad y amor por la Patria, protagonista excepcional del nacimiento argentino. Que nos sirva su memoria como paradigma ineludible para los hombres que, en nuestro país, administran y gobiernan nuestro presente.
La autora es alumna del Taller Escuela Mariano Moreno, de Periodismo y Comunicación.



