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Mientras el latifundista observaba pacientemente como sus servidores finalizaban las tareas rurales, detuvo su mirada en una escena que llamó su atención. Ninguno de ellos lograba ponerse de acuerdo sobre quien trabaja eficazmente o quien había obtenido una fructífera cosecha para su amo.
Al acercársele, solo fingían en su presencia una falsa armonía, para no recibir ningún correctivo. En ese momento, se le aproxima uno de ellos y le ofrece disculpas por no haber recolectado suficiente cereal para su molino, por sentirse físicamente mal. El terrateniente como vio reflejada en su rostro la mayor sinceridad, humildad y responsabilidad por el trabajo, este decidió comprobar cuál de sus otros súbditos poseería algunas de esas virtudes.
Llegada la temporada de siembra, luego de regresar de un recorrido por sus regiones ordena a cinco de ellos, que tomarán posesión de la porción de tierra que él había dispuesto para cada uno y le entrega una bolsa dorada, con una variedad de semillas periformes nunca vistas. Cuando él volviera de su largo recorrido por otras regiones, comprobaría los resultados y el que lograra la cosecha más productiva, obtendría como recompensa una excelente vivienda, para habitarla junto a su familia pasando a ser la mano derecha de su patrón.
El patrón a su regreso, primeramente, se dirige al sector de las siembras, que había dejado a cargo de los cinco labradores. Ellos se ubicaron en espera del veredicto. En el primer sector, solo había crecido maleza pajosa, en el segundo numerosas plantas altas y sin ningún cereal, en el tercero y cuarto se distinguían hierbas mordidas por los animales y brotes secos perdidos en los surcos. Pero cuando llega al quinto sector se encontró con una plantación digna de admiración, cada surco con su respectiva variedad de vegetales. El verde intenso de las plantas, anunciaba una prospera cosecha y a una costado del sector, un montículo de maleza completamente secas. Al observar quien estaba encargado de ese espacio, advirtió que era el mismo sirviente que le había pedido disculpas.
El latifundista, luego de verificar los resultados de cada siembra y ante de expresar frontalmente su veredicto. En ese instante, decide revelarle el origen de las semillas que ellos habían empleado. Este le confiesa que le fueron ofrecida como obsequio, por un pequeño viejecillo forastero con vestimenta desgastada, en agradecimiento por haberlo acercado a su destino y que estas delataban los defectos y virtudes de quienes las sembrarán. Aunque él estaba escéptico al relato, las evidencias lo convencieron que el anciano no le había mentido.
Mirándolo a los ojos le expreso al primero: -¡Por tu cosecha, solo has sembrado ira y de ella obtuviste desdicha y fracasos!-; se aproxima al segundo apoyándole su mano en el hombro le dice: -¡Tus has cultivado ambición desmedida, empecinado por hacer que crecieran mas de la cuenta no obtendrás ningún cereal!- Prosiguió con el tercero y cuarto, notando que se habían puesto de acuerdo para agilizar la tarea, le expresó: -¡Ustedes creyeron que uno haría el trabajo del otro y obsesionados por apoderarse del premio solo sembraron pereza, irresponsabilidad y codicia!- -¡Ahora solo cosecharán lo que han sembrado!-
Finalizada la frase se aproxima al quinto sembrador y estrechándole la mano sinceramente le expresa: -¡Con su cosecha, he comprobado sus virtudes y el montículo de malezas me ha convencido que pudo arrancar la furia antes que invada su mente!- El sembrador le responde: -¡He volcado en mi trabajo los valores que me han inculcados, y manteniendo presente una frase: "Cada uno cosecha lo que siembra" Los cuatros al escuchar la frase le pidieron disculpas a su patrón y se retiraron!
Observando como ellos se alejaban, quedaron los dos contemplando la productiva cosecha de virtudes.
La cosecha de amigos que poseemos, solo depende de los valores humanos que brindamos en nuestra siembra llamada amistad.
La autora es alumna de Periodismo y Comunicación del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM)



