Nunca falta cuando viajo en tren o subte, un nene descalzo que recorre los pasillos del transporte repartiendo estampitas a todos los pasajeros, esperando a cambio una moneda. La mayoría ni siquiera lo ve a los ojos, están tan acostumbrados a estas situaciones que pocas veces se toman un minuto de su tiempo para pensar en lo que está ocurriendo allí. Es asombroso cómo las personas nos rutinizamos tan fácilmente, hasta de las cosas más horribles; nos creamos una coraza de hierro para impedir que nos toque la terrible realidad con la convivimos hora tras hora.
Con el correr del tiempo, y el avance de mil miserias de distintos colores y olores, nos frivolizamos cada vez más, como si intentáramos pretender que nada de eso existe. Cuando veo a una persona caminar delante de otra que está desplomada en la vereda, cubierta de harapos, y no se le mueve un pelo, pareciera que negara el escenario en el que se mueve.
No nacemos con el "honor" de ser superficiales, nos formamos durante años para lograr serlo, vivimos el día a día de las malaventuras que nos regalan los "reyes de la colina". Resulta que lo poco que hacemos para evitar que las desdichas sigan en pie en nuestra Argentina querida, es "hacer de cuenta que todo está bien", como jugando, como cuando éramos chiquitos y hacíamos de cuenta que uno era el padre y otra la madre, y así jugábamos todos contentos a la "casita".
Y después decimos que somos grandes!!! Después de hacer tantas estupideces pensamos que nos llevamos el mundo por delante y nos olvidamos que alrededor de nosotros vive otra gente, la gente que no se la cree, y que siente todo mucho más; siente las miserias sin poder obviarlas, porque ya es parte de ellos, de sus vidas. Somos dos polos; uno, que busca imperiosamente una mano amiga, y otro, que necesita separarse de la realidad para poder vivir su vida de ensueño.
Esta es una columnita dominguera en un periódico local, y yo soy una chica de 19 años que necesita expresar muchas cosas. Algunas veces me pregunto si a alguien le interesa de verdad lo que escribo, si alguien con mi edad y un proyecto de hacer política, sacará ideas de estos escritos; muchas veces me inquieto al pensar que todo esto es en vano, y que los "grandes" que leen mis textos siguen cometiendo los mismos errores estúpidos de siempre. Quisiera saber si a alguna persona le sirve mi opinión, si siguen pensando lo mismo de los pobres, de los gays, de los políticos, de la anorexia... porque ésta es mi forma de aportar a la sociedad, y lo único que espero es que sirva de algo.
Soledad Elías Leguizamón.



