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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 19/ene/2003 de La Auténtica Defensa.

La resiliencia argentina
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires, (especial para NA, por Pepe Eliaschev)-¿Y qué dirán ahora los que anunciaban el inexorable ocaso de una Argentina "fuera del mundo"? Con notable destreza, Roberto Lavagna condujo al país a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que, lejos de ser un dechado de maravillas, implica un rotundo alivio para una nación por la que hace seis meses, nadie apostaba ni un café.

Pacto provisorio, escueto, mezquino, barato y apretado, sí, pero brutalmente mejor que cualquiera de los escenarios apocalípticos y agoreros con que la Argentina fue entretenida (y se entretuvo) durante el año interminable de la pulseada.

En rigor, lo de Lavagna no fue destreza pura y dura. No fue, al menos, solo destreza. Ha piloteado el proceso

a) sin terror ni amilanamiento excesivos, respetando a sus adversarios, pero sin paralizarse por ellos,

b) ha jugado bien con los pliegues y matices contradictorios del establishment del capitalismo mundial, defendiendo sin sobreactuaciones el caso nacional y cuidándose de mostrarles siempre los ominosos riesgos de una quiebra que explotaría en el mismo centro vital del FMI.

Nada del otro mundo, por cierto, pero si me preguntan a qué se parece este acuerdo, pactado hasta el 31 de agosto y que cubre vencimientos totales por más de 16.000 Millones de dólares, diría que es un caso convencional de convocatoria de acreedores organizada sobre la base de una empresa sustancialmente viable, cuyos desastres contables y sistémicos están lejos de ser irremediables.

Resulta estéril, además de patético, ignorar los alcances de este, sin embargo, módico entendimiento. Tras salir tumultuosamente de la convertibilidad, la Argentina se despeñó a comienzos de 2002 en una catarata de calamidades que tuvieron la característica de acumular casi todos los males posibles, en sucesión encadenada y calamitosa.

La modalidad del colapso, las propias y terribles responsabilidades destructivas que le caben a la llamada "comunidad financiera internacional" en la reacción histérica que tuvo para con la Argentina, el agujero negro en que se precipitó uno de los dos o tres principales deudores del mundo (nosotros), subrayaron una impronta prácticamente irreversible.

Este país ingresó al pabellón de los desahuciados y a las puertas de ese pasillo de la muerte, unos "deudos" cariacontecidos conjeturaban cuántas horas de vida le quedaban al agonizante.

Concurrentes asiduos y especialmente regocijados en la antesala de la enfermedad "terminal" de la Argentina fueron los staffs de los consultores financieros, que desde Nueva York pontificaban sobre la inminencia del fallecimiento.

En Buenos Aires, los siempre entusiastas cuadros de operadores mediáticos asociados con la hipótesis de la caída inexorable "por haber hecho mal los deberes", hablaban de un dólar a 10 pesos para fines de 2002, de una fuga masiva de los bancos y, en síntesis, de un país literalmente borrado del mapa.

Nadie debería esperar una retractación o un pedido de disculpas de esta gente.

La Argentina ha demostrado una curiosa y llamativa resiliencia. ¿Qué es resiliencia? Es algo más que una pura resistencia.

Es una capacidad serena y a la vez terca de aguante a circunstancias adversas, ese rasgo que, por ejemplo, exhiben árboles y arbustos que, arrasados por una plaga o una helada, vienen de atrás y reciben a la próxima temporada cubiertos de brotes o, al menos, con el tronco lleno de savia.

La resiliencia argentina corrió en paralelo a las ventajas comparativas que se fueron haciendo evidentes con el correr de los meses.

Empobrecido y en muchos sentidos humillado, el país no estalló, aun cuando las confiscaciones de activos bancarios fueron salvajes y un ejército de personas fue aventada de su humilde supervivencia para ser instalada en la más impiadosa de las condiciones menesterosas.

El FMI salva la cara porque se permite reiterar, en su acuerdo con la Argentina, lo que ha venido diciendo desde hace un año e incluso mucho antes: que la Argentina tiene que privatizar al Banco Nación y al Banco Provincia, y que las empresas de servicios públicos en manos privadas deben ser autorizadas a ajustar sus tarifas en relación a la devaluación de 2002.

Pero eso quedará para después del 25 de mayo, cuando supuestamente en la Argentina haya un presidente electo por el pueblo. ¿Lo habrá? Eduardo Duhalde tiene razones para ufanarse de este acuerdo extremo con el Fondo, pero la mayor satisfacción del hombre debe ser aquella obvia: este parcial, magullado, reticente, pero incontrastable reingreso de la Argentina en un contexto internacional normal, le arrebata a Carlos Menem el argumento nostálgico según el cual sólo él garantizaba que el país volviera a ser considerado por el sistema internacional.

Si me piden una respuesta tosca, diría que Duhalde esta vez lo corrió "por derecha" a Menem, dándole a su delfín, Néstor Kirchner, un muy preciado handicap.

Si no hay incendios desde ahora, si la Argentina ya evitó la quiebra, si el síndico (el FMI) acompaña una reestructuración prolija de la salida de la crisis, si el dólar se mantiene así, alto pero muy estable, si las reservas no bajan de los 10.000 Millones de dólares, una hipótesis retornista (para Menem se puede volver a diciembre de 1999 sin anestesia) se torna mucho más inviable que lo que ya era hasta ahora, y para las aspiraciones populistas de Adolfo Rodríguez Saá al panorama deviene igualmente más opaco.

En un corte hecho al promediar la primera quincena de enero, los tres están igual, pero, a diferencia de Menem y Rodríguez Saá, Kirchner parece reunir los atributos para crecer ahora, mientras que ambos ex presidentes muestran que han tocado su techo.

Pero, también desde las conjeturas, si me obligan a responder cual de los tres gana el 27 de abril, respondo que ninguno.

Y ahí se pone todo muy divertido, porque en una agregación de votos más o menos gruesa, los tres pueden llegar a recaudar de un 45 a un 50 por ciento de los votos, yendo cada uno como pueda a las elecciones, con o sin la etiqueta del gaseoso Partido Justicialista.

Pero, ¿y en la segunda vuelta? ¿Qué sucede si en la primera Ricardo López Murphy se alza con el 14 por ciento de los votos, Elisa Carrió y el radicalismo con el 12 por ciento cada uno y los socialistas con el 6 por ciento? Mosaico magnífico y fragmentado.

No lo queramos saber ni le preguntemos a nadie: podemos despertarnos el 28 de abril con una Argentina asombrosa y desconcertante.

Por ahora, el presidente Duhalde goza de una victoria evidente, aunque no tiene certeza sobre la salida política que le convenga al país y a él mismo.

Comparta el lector conmigo este interrogante sencillo y hasta elemental, pero válido, tanto como para combatir el calor inclemente de este enero de 2003, ¿quién daba hasta hoy un centavo por la Argentina?


 
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