LA PLATA, (Especial para AIBA). El clientelismo político imperante en nuestro país genera un sistema de captación de fidelidades y consenso que se ejerce a través de una estrecha relación entre el caudillo, puntero o dirigente que reclama apoyo electoral de un grupo relativamente numeroso, con el que a su vez se obliga a otorgarle concesiones, por ejemplo puestos públicos, fuentes de financiamiento y distintos tipos de prebendas en caso de que su partido político arribe al poder o desee permanecer en él.
No es un invento argentino; este procedimiento se remonta a las sociedades antiguas. En Estados Unidos suele estructurarse lo que se denomina 'machine politics' (máquinas políticas), integradas por un grupo de 'captains' liderados por un jefe ('boss' en inglés) que establece fidelidad y sumisión tal, que le permite enquistarse en cargos públicos como el de juez, jefe de policía o alcalde. Este mecanismo representa una verdadera patología de los sistemas democráticos, siendo utilizados para acceder a la función pública. Este fenómeno clientelístico se denomina 'bossismo'.
Indudablemente el clientelismo representa una forma de degradación social, ya que los clientes de un dirigente político establecen con él sus fidelidades y no se solidarizan con la clase a la que pertenecen y a la que lo vinculan verdaderamente intereses comunes, que con esta modalidad pasan a ser olvidados para satisfacer apetencias personales.
En la Argentina, más que una patología, es una epidemia. Resulta muy común observar cómo ocupan puestos en la administración pública personajes totalmente incapaces para la misión específica del cargo. También se crean cargos, oficinas y reparticiones que no tienen sentido ni razón de ser, con el único objetivo de adjudicar el pago por el crédito político otorgado en su oportunidad. Además, mediante el pretexto de inversiones en asistencia social (planes trabajar, jefes y jefas de familia, etcétera, etcétera, otrora caja PAN y otros pasados de moda) no solamente se financian las prebendas y las estructuras partidarias sino, también, son utilizados para condicionar a los receptores de esas pseudo ayudas a apoyar con su voto o declamación al jefe benefactor.
Otra actitud de la cultura política argentina es, al mejor estilo pandillero, el otorgamiento de la 'bendición' de un caudillo político a otro dirigente o candidato. Esto hace que todo el caudal de votos manejados por el clientelismo del jefe sean puesto a disposición del 'bendecido', quien posteriormente, de ser electo u obtener el cargo a que aspira, deberá afrontar el correspondiente pago, además de hallarse subordinado del poder, en apariencia oculto, de quien le otorgara la bendición.
En estos días asistimos a un claro ejemplo de lo consignado precedentemente, cuando Duhalde otorgó la bendición al gobernador santacruceño Néstor Kirchner, lo cual deja un claro mensaje 'Kirchner Presidente - Duhalde al Poder'.
Para procurar la obtención de un cambio en la manera de hacer política en la Argentina es necesario que cambiemos esta cultura política por una verdadera conciencia política. Una verdadera conciencia política tiene calidad de neutra, siempre es activa, participativa, y ejerce su influencia solamente en los asuntos de interés públicos.



