Hace pocos días se cumplieron 30 años de la Masacre de Ezeiza. Fue cuando la bienvenida popular al General Perón, que volvía al país, se transformó en una emboscada de sangre y fuego. Fue el momento en que eclosionó en la Argentina la violencia política que se venía gestando hacía tiempo, y que marcaría para siempre a una generación. Eran tiempos de sueños y de odio; de pasión y de muerte. Era una época donde un hombre valía por la calidad de sus principios y sus acciones en consecuencia. Eran tiempos de solidaridades entrañables, de compromisos hasta la muerte, pero también de confrontaciones irreconciliables, de soberbia mística y de imborrables traiciones.
Estos hechos y estas actitudes suenan lejanos, teñidos con el añoso sepia del paso del tiempo. Convocatorias masivas como la de Ezeiza y tantos otros hechos, fueron de los últimos actos de rebeldía social organizada, antes que la dictadura hiciera lo posible por destruir a los soñadores, y mucho antes que el pragmatismo de los ´90 intentara jubilar a los propios sueños, por pasados de moda y por inútiles.
Esta, la del ´90, fue una década donde la política argentina dejó de pensar en un país posible, y se convirtió en administradora de variables macroeconómicas, en negociadora de contratos y de retornos, en vendedora de influencias y fiel cumplidora de recetas extrañas. Era una época donde un hombre valía por el grosor de su billetera, o el poder que él o sus amigos controlaran. Era una época donde todo daba igual, siempre que existiera algún beneficio. El "voto cuota" fue la expresión popular más característica de esta forma de ver la vida: no importaba nada excepto mantener la estabilidad.
Con el tiempo, muchos se fueron dando cuenta del despropósito. La gente se fue alejando de la política porque se dio cuenta que los políticos hacía tiempo se habían alejado de la gente. Nos quedó un país estable pero cada vez más empobrecido, con sueldos en dólares pero con cada vez menos empleos, con servicios del primer mundo y cada vez menos consumidores en condiciones de pagarlos... hasta que todo estalló.
Hoy, hay que empezar de nuevo.
Hoy el desafío es devolver a la política su conexión con la realidad y las necesidades de la gente. La política debe recuperar su capacidad de transformar la realidad. Sólo construyendo un país menos injusto, más equitativo y más solidario la gente volverá a creer, y esa es una tarea de todos.
Un buen primer paso será, como decíamos en otro espacio, que cada uno haga lo que tiene que hacer, y no otra cosa. Que el político gobierne pensando en el país, que el empresario produzca y exporte, que el juez aplique la ley, que el policía persiga el delito, que el sindicalista defienda a los trabajadores, y todos los etcétera que usted quiera agregar.
Si los principios sirven para algo, es para tener claro lo que está bien y lo que está mal. Sirven para tener claro que no es todo lo mismo, y sirven para que cada uno de nosotros pueda decidir donde está el límite. Aunque no parezca, y entre otras cosas, estamos hablando de política.



