En este artículo trataremos un tema que, a primera vista, parece abstracto: el capital social. Estamos acostumbrados a hablar de "capital físico", "capital financiero" y de expresiones similares. Pero no es frecuente que, tanto en el lenguaje económico corriente como en el diseño de políticas públicas, se haga referencia al capital social. Sin embargo, como veremos, es de gran importancia para el desarrollo de las sociedades y el bienestar de sus habitantes. Veamos, en primer lugar, qué es el capital social.
Los seres humanos realizamos nuestras actividades en redes sociales, las que, a su vez, contribuimos a formar y a transformar. Dos ejemplos; somos padres y llevamos nuestros hijos a una escuela: establecemos relaciones con otros padres, con los maestros, con los compañeros de nuestros hijos, etc; el panadero de nuestro barrio, para llevar adelante su producción, establece vínculos y realiza intercambios con sus proveedores, con sus clientes, con otros panaderos, etc. Los dos ejemplos muestran que actuamos en redes que pertenecen a los ámbitos más diversos del quehacer humano; su variedad es infinita. El mercado es una forma particular de red.
La idea central asociada con la noción de capital social es que hay redes sociales que aumentan la predisposición de sus miembros para colaborar con cada uno de los otros, siguiendo normas de reciprocidad; y que, de esta manera, se producen beneficios para todos sus miembros. Uno de los autores que más ha tratado este tema, Putnam, distingue dos clases de redes: las constituidas por personas similares (como la de los "hinchas" de un equipo de fútbol o las de los "piqueteros" en Argentina); y las formadas por personas distintas, como la de nuestro panadero . Las primeras conectan a quienes, además de ser similares, mantienen en el grupo una reciprocidad particular, específica del grupo. Pueden ser peligrosas, como lo sabemos en el caso del fútbol. Tal vez produzcan beneficios para sus miembros, pero a veces son nocivas para el resto de la sociedad. Las segundas, por el contrario, desarrollan una reciprocidad más general.
Las redes, son como una alfombra mágica, que transforman las acciones individuales en un resultado colectivo. Esta alfombra, que, recordémoslo, nosotros mismos creamos, puede entorpecer el desenvolvimiento de las actividades de los individuos, hacerlas más ineficientes; o, por el contrario, puede facilitarlas y ayudar a que obtengamos mejores resultados (en sentido amplio, no sólo económico, sino también en términos de felicidad, de calidad de vida, etc.). Estas últimas crean capital social (o efectos favorables) para los miembros de la sociedad porque ellos comparten conocimientos, riesgos, información, etc. Las relaciones entre los miembros de la red se desenvuelven en un ámbito de confianza mutua; y los estimula a pensar y actuar en términos de "nosotros".
El lector, si tuvo la paciencia de llegar hasta esta parte del artículo, se dirá, tal vez, "esto es muy bonito"; pero se preguntará ¿qué tiene que ver con el desarrollo de Argentina? ¿Qué tiene que ver con mis negocios? Trataremos de responderle a sus hipotéticas cuestiones.
Pensemos en términos concretos, por ejemplo el caso del panadero de nuestro barrio. Si su red no es buena -porque predomina la desconfianza, porque al menos algunos de sus miembros se comportan con criterios de "sálvense quien pueda", de "me importa la ganancia inmediata y luego desaparezco del mercado"- crecerán sus costos de producción y probablemente se deteriorará la calidad de su producto. Por ejemplo, si su proveedor de harina se comporta de esta manera, algún día le enviará harina de buena calidad y otro ella será pésima. Esto repercutirá en sus costos de producción, porque tendrá que hacer contratos muy rígidos con su proveedor, recurrir a abogados, aumentar sus gastos de control de la calidad de la harina, etc. (estos son los denominados "costes de transacción", porque son la consecuencia de las compras, ventas y otras transacciones que debemos realizar). Sigamos con nuestro panadero. Si, además, un día tiene harina buena y otro mala, la calidad de su pan será fluctuante, y perderá clientes, lo que conlleva otro efecto negativo. Ya vamos viendo porqué las buenas redes y el capital social producen efectos favorables sobre los negocios. Supongamos ahora que nuestro panadero quiere innovar. Quiere probar distintos tipos de harina y métodos para tratarla con la finalidad de elaborar nuevos tipos de panes. Este proceso no lo puede hacer si tiene contratos rígidos. Necesita una relación flexible, en la que predomine la confianza, para llevar adelante el proceso de prueba y error que caracteriza a todos los procesos creativos. Por ello, las actividades de Innovación y Desarrollo (I+D) necesitan redes sociales en las que predomine la confianza y el sentimiento de una acción colectiva. Como se menciona en un estudio realizado por La Fundación BBVA ("La medición del capital social. Una aproximación económica") "La confianza en una sociedad puede ser definida como el tiempo total que los agentes sociales no gastan en verificar las acciones de los demás" (Reflexionemos sobre esto. ¿Cuánto tiempo perdemos, y cuáles otros sufrimientos padecemos, cuando actuamos en medios en los que no reina la confianza mutua? ¿Y cuanto afecta nuestra calidad de vida?)
Si nuestros pacientes lectores llegaron hasta aquí algunos dirán, particularmente los escépticos, "esto sigue sonando como una música muy bonita, poética"; y se preguntarán ¿se pueden medir sus efectos sobre el desarrollo de las sociedades? Pues bien, amigo lector, sí, se pueden medir; y los resultados son interesantes.
En el documento mencionado precedentemente hay cuantificaciones de la aportación del capital social al crecimiento de España y de varios países de la OECD, las que no mencionaremos detalladamente para no extender excesivamente este artículo. Por ello, a continuación sólo comentamos algunas conclusiones. En España, el capital social realizó aportaciones moderadas al crecimiento económico durante el período 1983-1991. En cambio, en los años siguientes, entre 1991 y 1995, el capital social supuso un lastre para el crecimiento. Por último, entre 1995 y 1999, la contribución del capital social al crecimiento fue positiva y más importante que durante el primer período. Se comenta también en el mencionado documento que "la contribución del capital social al incremento de rentas generadas fue, con la única excepción de Galicia, superior a la del capital humano".
Estos resultados no sólo nos dicen que el capital humano es importante para el crecimiento, sino también que se puede destruir , como ocurrió en el segundo período de los estudiados. Durante este período España fue afectada por un proceso de decrecimiento económico y tuvo que impulsar la transición de una dictadura a una democracia, que conllevaron, durante esos años, una destrucción del capital social. La transición dio sus frutos en el período siguiente. Los resultados para los países de la OECD muestran también la importancia del capital social.
Nos interesa destacar una de las conclusiones del mencionado estudio:"Así, las economías desarrolladas, al asegurar en buena medida la cohesión social entre sus habitantes mediante mecanismos diversos de participación en los resultados del progreso (renta, educación, salud), refuerzan la propensión a invertir en capital social. Por otra parte, en las economías atrasadas la falta de incentivos a cooperar promueve las estrategias a corto plazo, orientadas más a la explotación que hacia la cooperación, lo que debita los incentivos a invertir en capital social y acumular confianza". En un mundo globalizado, el desarrollo social y económico significa que la economía y la sociedad son cada vez más complejas, los intercambios sociales y económicos son cada vez mayores. Y, como también lo revela el mencionado estudio, para poder afrontar este reto con éxito se necesita del capital social. No hay duda de que se trata de un tema estratégico. Reflexionemos: con nuestras crisis económicas y políticas y con nuestros comportamientos ¿no hemos acentuado los comportamientos cortoplacistas, el "sálvese quien pueda", la "viveza criolla" (por ejemplo, engañar a los compradores de nuestras exportaciones, como ha habido casos)? Y, por tanto ¿no hemos destruido nuestro capital social?
Este capital lo podemos destruir pero también lo podemos crear, construir. La cuestión es cómo hacerlo. Adelantemos una idea: se puede empezar a crearlo desde el nivel local, desde Campana, por ejemplo. Pero eso puede ser el tema de otro artículo.
Esperamos haber despertado el interés de los lectores –que son además agentes sociales-; y también de los economistas, porque la inclusión del capital social en los análisis y estrategias conlleva una revisión de la teoría. Finalmente, feliz año 2008 para todos, con el deseo de que cada uno contribuya a aumentar el capital social de su comunidad.
(*) El Dr. Carlos Legna es profesor titular del Departamento de Economía de las Instituciones Estadística, Económica y Econometría de la Universidad de La Laguna (Tenerife - España). Es doctor en Economía del Desarrollo de la Universidad Pierre Méndes France, de Francia. Ha sido funcionario del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Secretaría General de la ONU. Ha participado en numerosos planes estratégicos para varios sectores de Canarias y en la ULL. Profesor de un gran número de centros internacionales.



