Iglesia catedral de Zárate-Campana
24 de diciembre de 2007
Queridos hermanos y hermanas
Una vez más, con la velocidad –y fugacidad- del tiempo, nos encontramos en la celebración de la Navidad, y a las puertas del año 2008.
I
MARAVILLARSE Y «HACERSE COMO NIÑOS» PARA VIVIR LA NAVIDAD EN LA VIDA REAL
Es tiempo de maravillarnos, como movidos interiormente por la visión de la Estrella, que señala el lugar del nacimiento del Mesías. «Hechos del pasado», dirán algunos, pero para nosotros, cristianos, son hechos de un «continuo presente» que, en y por el Espíritu, reciben en plenitud las almas abiertas al misterio de la fe; y que ven los ojos, cuando están iluminados por esa fe.
Señor, podemos exclamar, ¡haz que veamos!. Para eso es esencial que la religión se haga luminosa vida, y esto sobre todo ante el circundante fenómeno de la increencia –o de su reverso, el fundamentalismo-.
¡Haz que veamos!. Para «ver» es preciso que la «religión del Verbo que se hizo Hombre» se convierta en la «luz de nuestros pasos», y en verdad obre sobre nuestros actos y acciones (a menudo más bien espiritualmente opacos). Es necesario que aquélla dé coherencia a nuestra vida común, la de cada día. Nosotros sabemos que nuestro Salvador ya ha venido al mundo; ahora nos toca mover nuestros pasos, el alma, la voluntad, el corazón, nuestros propósitos y acciones conforme a la fe, a la esperanza y a la caridad que Él nos trajo. Ese cumplimiento, en el Amor, es la coronación de la vida cristiana a la que nos condujo la luciente Estrella.
Ahora, ¿qué piensa nuestra sociedad de la Navidad?. Sus festejos son, en general, tiempo de encuentro, de fiestas, de felicidad no siempre bien concebida ni expresada, aunque muchas veces sí. Y nosotros, ¿cómo viviremos, en tanto cristianos, esta Navidad?. Si queremos un criterio distintivo, creo que puede ser éste: la interioridad. La verdad de la Navidad en nuestras vidas tiene como criterio distintivo la interioridad, cuyo reflejo es una vida renovada. No hay un «Discurso de Jesús sobre la Navidad», la enseñanza es su propia Vida; su «Discurso», como lo dijo una San Agustín, es la humildad –esto es- la lección fundamental del misterio de Dios hecho Hombre; esta es la primera medicina que necesitamos1. La humildad a que nos referimos es «la verdad de nuestras vidas» y se encuentra lejos tanto de la «autosuficiencia» –que viene del orgullo y de la vanidad-, cuanto de una «falsa modestia» que se convierte en dañosa –y que proviene, más bien, de la hipocresía o de la pusilanimidad. «Hacernos como niños» nos brindará un sentido como innato de la humildad.
La Verdad brilla porque viene de Dios, Luz de Luz. Porque la Verdad misma se hizo Hombre, en un pobre pesebre, para «celebrar la vida» en sentido máximo. Allí, en ese lugar, como lo expresara años atrás Pablo VI, la vida humana ha sido "(…) celebrada en su más sagrada expresión" –de modo que- "(…) toda creatura humana, toda infancia hoy es irradiada por la luz suavísima de María y de Jesús" 2. Si de verdad nos hacemos como NIÑOS, como nos lo pide el Señor (Cf Mt 18,2) entonces viviremos en profundidad e interiormente, el misterio de Navidad.
II
SALVAGUARDIA DE LA PERSONA HUMANA EN TODAS SUS DIMENSIONES
Como Iglesia que somos, el espíritu de Navidad ha de llevarnos a profundizar nuestra conciencia de ser « signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana »3, y esto en todas sus dimensiones. Se trata de la raíz de lo que somos, se trata de un empeño a asumir cada día con determinación. «Trascendencia», sí, porque «trascendemos» lo puramente material (adjudicándole, sin embargo, a esto su debida importancia). Una visión de veras espiritual nos lleva a cobrar cada día más conciencia de no estar abandonados «a la deriva», en un mundo que no tenga sentido ni ley, o destinado al fatalismo de convertirse cada día en peor.
Hay una MANO PROVIDENTE que nos guía, hay un CORAZÓN DIVINO que pone esperanza en nuestras mentes y nuestras manos, juntas para orar, y puestas al trabajo, para hacer un mundo distinto, empezando por el que nos rodea. Juan Pablo II, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas, nos lo expresó así: «no vivimos en un mundo irracional o sin sentido [...], hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos »4. Para nosotros, creyentes, es obligación de testimonio el manifestar el misterio de unidad y paz, que encuentra su raíz en «un único fin último, Dios »5.
III
CELEBRACIÓN DE LA PAZ EN EL COMIENZO DEL NUEVO AÑO
El día del nuevo año está marcado por la Solemnidad de María, Madre de Dios, la Mujer que concibió y dio a luz al HOMBRE NUEVO, Jesucristo, el cual renovó nuestra humanidad. ¡Cuántas esperanzas, cuántas expectativas para el ya tan cercano 2008!. La esperanza nos da paz.
En su Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre Benedicto XVI nos hace llegar estas palabras: "AL COMENZAR UN NUEVO AÑO deseo hacer llegar a los hombres y mujeres de todo el mundo mis fervientes deseos de paz, junto con un caluroso mensaje de esperanza. Lo hago proponiendo a la reflexión común el tema que he enunciado al principio de este mensaje, y que considero muy importante: Familia humana, comunidad de paz"6.
La familia humana es, sí, «comunidad de paz». También nosotros, como Iglesia, «familia de Dios», debemos serlo. Comunidad de «verdad, justicia y paz». Es hora hoy de pedir al Señor naciente, con todas nuestras fuerzas, que no nos deje caer en la tentación del desaliento, del desgano, de la postración, de la amargura, de la queja estéril, de la hipocresía, la pusilanimidad o de la apatía, y que siempre nos libre del mal de la desesperanza, que paraliza. Antes bien, que nos haga ser «instrumentos de su paz», como rezaba San Francisco de Asís. Porque es un «débito», para con aquellos que están, quizá, alejados, o han perdido la fe y la esperanza. Es un débito del creyente para quien más lo necesita. Así, si todos nos unimos, en Cristo, para el bien, florecerá la comunidad cristiana, y , de tal manera, nos convertiremos también en eficaces colaboradores de la sociedad civil, favorecedores de la «amistad social» y de la «amistad civil» como lo refiere la Doctrina social de la Iglesia, y tantas otras veces lo hemos dicho.
Les deseo de corazón una FELIZ Y SANTA NAVIDAD DEL SEÑOR, y para aquéllos a quienes no veré en lo inmediato, un FELIZ COMIENZO DEL AÑO 2008, que venga lleno de alegría y paz en la fe, y de todas las gracias que de la Mano generosa de Dios esperamos. PAZ Y FELICIDAD a todos, con bendiciones incesantes de lo Alto.
+Oscar D. Sarlinga
1.Cf SAN AGUSTÍN, Sermo de Trin. 8, 5, 7; P.L. 42, 952.
2. PABLO VI, Homilía en la Misa de Navidad, Ciudad del Vaticano, Viernes 25 de diciembre de 1964.
3. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 76.
4. JUAN PABLO II, Discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas, New York, 5 de octubre de 1995, n. 3.
5. CONC. ECUM. VAT. II, Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, n. 1.
6. BENEDICTO XVI, Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, «FAMILIA HUMANA, COMUNIDAD DE PAZ», Ciudad del Vaticano, 8 de diciembre de 2007, n. 1



