Varias veces me he referido al tema de la evasión de impuestos, y su diferenciación con la mora en el pago y con la elusión de los tributos. Conceptos muy diferentes que suelen confundirse fácilmente, ya sea por ignorancia o por el resentimiento que pulula en ciertos "medios". Eludir el pago de un impuesto puede ser perfectamente legal, ya que muchas veces el modo y la oportunidad de comprar y vender un producto, por ejemplo, posibilita oblar un tributo menor. Entrar en mora es otra forma muy común hoy día: debo pero no puedo o no quiero pagar. Evadir es directamente no declarar, vender en negro y demás. La declaración gubernamental sobre las medidas a tomar para combatir la evasión es, por lo tanto, un penoso reduccionismo del problema bastante más general que constituye el no pago de los impuestos en tiempo y forma. Alguna vez, la hermana del Jefe de Gobierno capitalino afirmaba que había que castigar a los pudi entes con màs impuestos, convirtiendo los tributos en algo así como latigazos al éxito. En este marco cabe también interpretar esta curiosa insistencia en detenerse en un problema como la evasión, que es gravísimo desde ya, pero ignorando olímpicamente la asignación correcta de los recursos recaudados, la necesidad de conservar el valor de la moneda sin estafar a la gente, la reducción de la burocracia estatal, la reforma del Estado y la administración eficiente de la cosa pública. De todo lo cual, nada parece necesario decir o hacer hasta el momento, pese a innúmeras promesas de la llamada clase política a lo largo de 20 años por lo menos.
Es decir, para no abundar, que de lo que se trata es de recaudar más. Todos quienes estamos en estos metiés sabemos de memoria la voracidad fiscal y la manera en que las normas tributarias se retuercen como sea para dar la razón al Fisco y gambetear la lógica. Como el perro que se muerde la cola, el Estado fija nuevos impuestos que conducen a la evasión a la elusión y a la mora, luego a la huída de capitales, luego al reingreso de los mismos de manera "negra" y luego a no declarar lo ganado para no ser "castigado". Esta incomprensible forma de ver la realidad conduce siempre a lo mismo: la pequeñez. Intente, amable lector, iniciar los trámites para habilitar un simple kiosco y sabrá desde el vamos de qué estoy hablando en materia de dificultades y trabas de todo tipo. Tiempo y dinero saldrán de sus bolsillos, incluídas algunas propinas ad hoc. Esta es la verdad. E l Estado ha recurrido en este año y medio a la estafa devaluatoria con la cual devuelve hoy día un dólar de sus reservas a cambio de 2,82 pesos, cuando en verdad el compromiso legal era el de devolver un dólar por un peso, tal como rezan aún los mismos billetes circulantes ("convertibles de curso legal"), a eso se agregan las retenciones a las exportaciones, que ascienden al 20%, al tiempo que se pide a otros países que importen nuestros productos sin gravámenes. A ello podemos agregar la suba de impuestos provinciales, tasas municipales y patentes de automóviles, mientras que el Estado se "desvive" para que no suban las tarifas de los servicios concesionados.
El Estado argentino deberá aprender, más temprano que tarde, que el pago de tributos es un camino de ida y vuelta. Y que las posibilidades financieras y económicas también son "el arte de lo posible". La persecusión a la evasión es correcta, pero la legislación no debe ser confiscatoria ni estafadora. De lo contrario estamos ante un imposible en materia contractual: vos sí yo no. Y así no va. El razonamiento simplista según el cual "necesitamos más dinero que paguen los ricos, y si huyen con su dinero cerramos las fronteras, y si no huyen seguimos exprimiéndolos" conduce al "ma sí". Quizás esto suene medio arrabalero, por usar un viejo término tan común en boca de una Tita Merello, pero es la verdad. Acá se odia al que tiene, que debe repartir, mientras la fiesta sigue. El que no tiene debe manguear en la Plaza, o donde sea. El que carece de trabajo debe tenerlo porque el Estado debe inventárselo. El capital tiene que venir y hacer lo que el Estado diga, de lo contrario el Estado debe quedarse con ese capital e intentar hacerlo él. En fin, para qué abundar más. En definitiva, el gobierno se equivoca una vez más si apunta a una sola pata de la cuestión. Se equivoca si repite una vez más la misma historia. Y también se equivoca si pretende meter en la misma bolsa a quienes no pueden con quienes no quieren en materia de contribución tributaria. Esto no pretende ser una crítica, sino una pequeña colaboración producto de la vasta experiencia que se acumula. No hay gobierno que no arranque con impuestazos. Unos y otros buscan a qué sector le va bien para encajarle nuevos impuestos. Cualquier producto que se compra en blanco en el mercado tiene una carga tributaria promedio del 57%.La economía argentina funciona también en negro.
Pretender pasar el negro al blanco a estas tasas de impuestos es imposible. Pero parece que no se ha entendido todavía



