LA PLATA (Especial de AIBA). Aseguran los que estuvieron en una reunión del ministro Rafael Bielsa (a quien acompañaba el justicialista Eduardo Valdez) con los embajadores de la Unión Europea, que uno de éstos preguntó –con ingenuidad cero— ´¿ustedes son peronistas o progresistas?´ A lo que respondió Valdez: ´Somos lo mismo, salvo que los progresistas antes pasan por el psicoanalista´.
La respuesta de Valdez –si la anécdota es verdadera- se relaciona con una clara diferenciación que en el Justicialismo se hace con respecto a lo que genéricamente se ha dado en llamar el progresismo, asegurando que los justicialistas usan el poder, toman decisiones, actúan y que los ´progresistas´, en cambio, viven culposos, critican todo y terminan esterilizándose en esa inacción.
Este debate ya se insinúa en torno del gobierno del presidente Kirchner, no por nada habría existido la pregunta del embajador. Pero puede generar tensiones pequeñas, internas minúsculas y egoístas que sólo sirven para debilitar al gobierno que hoy, no cabe duda, está sumamente fortalecido. El Justicialismo, no es novedad, busca el poder y lo usa. Juicios de valor aparte con respecto a esa utilización.
Al respecto un técnico de típica raigambre liberal suele decir ´me gusta trabajar con los peronistas en el gobierno porque para ellos la Casa Rosada es como la casa propia y tratan de hacer cosas, de cuidarla, porque están convencidos de que la van a seguir usando toda la vida. En cambio otros –los radicales o la ex Alianza, por ejemplo- entran a la Casa Rosada como a una casa alquilada. Y el inquilino, en general, no cuida la casa como el propietario´.
Las diferencias, aunque nítidas, son incipientes y no tienen trascendencia pública. La preocupación de algunos observadores se relaciona con aquella definición de Valdez, respecto a la esterilización de quienes quedan enredados en la culpa y la crítica. Y deben acudir al psicoanalista.
Aunque esa tarea del psicoanalista, realizada de manera mucho más ejecutiva y beneficiosa para la marcha del Gobierno, parece que la está asumiendo el Presidente. Quien, experto en el manejo de la política, sabe que lo peor que le puede ocurrir es quedar envuelto y detenido en pulseadas menores e inútiles, que neutralicen todo el espacio ganado en estos 45 días de gobierno.
Hoy el país tiene cuestiones claves que afrontar. En el plano interno ocupa prácticamente todo el escenario la problemática de la seguridad (o de la inseguridad) y desde la perspectiva amplia del desarrollo del país la evolución de la economía y el acuerdo ´largo´ con el FMI son sustanciales. La violencia urbana ha avanzado a niveles que resultan insoportables para los ciudadanos comunes.
El centro del problema está en el Conurbano bonaerense y por eso algunos ´progresistas´ porteños han intentado alejar su responsabilidad en la búsqueda de soluciones –tal el caso de Gustavo Béliz, por ejemplo- transfiriéndola por entero a la provincia de Buenos Aires y a su gobernador, Felipe Solá. Pero éste, que sabe que la cuestión se agita más aún porque ya hemos entrado en la etapa de campaña electoral, no se dejó arrastrar por aquella pretensión y llevó el tema al mismísimo despacho presidencial.
La inseguridad no es sólo una cuestión de la Provincia, habría dicho Solá, sino de todo el país y en especial de la megalópolis que forman la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano.
Incluso desde el gobierno bonaerense se dieron algunos números que indican que las responsabilidades deben compartirse. La provincia de Buenos Aires, con 14 millones de habitantes y 300.000 kilómetros cuadrados de territorio, cuenta sólo con 45.000 policías para garantizar la seguridad. En la ciudad de Buenos Aires, con 3 millones de habitantes que viven en un territorio de 300 kilómetros cuadrados (mil veces menor), hay 30.000 policías.
La cuenta es muy simple, si se siguieran las proporciones de la Capital Federal, la Provincia tendría que contar con más de 140.000 policías. Lo cual es hoy, imposible de financiar por el gobierno bonaerense. Si se tiene en cuenta que la Policía Federal está incluida en el presupuesto nacional –es decir que la pagamos con los impuestos todos los argentinos- el desequilibrio con la Provincia es inocultable. Por eso Solá, sin entrar en el debate peronistas vs progresistas´, ha insistido y ha logrado que el Presidente asuma que el de la inseguridad es un problema nacional y que como tal debe trabajarse de común acuerdo con las provincias. En especial con la de Buenos Aires.
También ha insistido Solá en que una de las maneras de derrotar a la violencia delictiva es con el crecimiento de la economía, generando más puestos de trabajo y disminuyendo la marginalidad social. De lo que, todo lo hace presumir, Kirchner debe haber tomado nota.
Es casi una obviedad recordar que los dos principales rivales de Solá -con la mira puesta en las elecciones del 14 de septiembre-, Aldo Rico y Luis Patti, han hecho de la cuestión de la seguridad y la policía bonaerense su caballito de batalla. Y aunque han quedado muy devaluados luego de las derrotas nacionales de sus referentes (Adolfo Rodríguez Saá y Carlos Menem, respectivamente), insistirán en esa temática, imaginándola un Talón de Aquiles para el actual Gobernador que va por la reelección.Pero éste, acicateado por los nuevos vientos que soplan en el país –cambios en el ejército, en la Policía, renuncia del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Julio Nazareno, candidatura del prestigioso penalista Eugenio Zaffaroni para ocupar el sillón de aquel y embestida sobre Barrionuevo en el PAMI son algunas muestras de esas nuevas brisas y/o huracanes- está dispuesto a transformar a la Policía de la provincia, limpiando todo vestigio de corrupción. Para ello está yendo con el bisturí a fondo. Y todo indica que no necesitará acudir al psicoanalista.



