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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 08/jun/2008 de La Auténtica Defensa.

Semestre fatal
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (Especial de NA) -- ¿Ha fracasado ya lo suficiente el gobierno de Cristina Kirchner como para admitir que requiere un cambio de rumbo? El levantamiento, a las cero horas de mañana lunes, del paro agropecuario replantea la situación, pero propone dilemas agrios y aumenta el desasosiego general.

Más allá de las muy subjetivas y a menudo extravagantes interpretaciones que hacen los Kirchner de lo que sucedió en la Argentina estos últimos meses, han sucedido episodios inconfundiblemente negativos para ellos y para el país.

Cualquier gobierno juicioso haría de ellos un caso para extraer lecciones.

Necesitada de un "relanzamiento", la Presidenta soñó con suscribir un acuerdo nacional de cara a 2010, el año del bicentenario argentino. Eso no sucederá. No, al menos, en el corto y mediano plazo.

Además, y como si fuera poco, el kirchnerismo ya se devoró tres ministros de Economía desde que echaron a Roberto Lavagna en 2005.

Tuvieron que marcharse Felisa Miceli tras descubrírsele fajos de millares de dólares nuevos en su baño privado, Miguel Peirano, incapaz de convertirse en mucamo de la Casa Rosada, y finalmente Martín Lousteau, el joven genio que inventó las retenciones "móviles".

Demasiadas trompadas en el estómago para que un organismo no se debilite.

El Gobierno exhibe, es cierto, una capacidad fenomenal para actuar sin prejuicios.

Los transportistas de cereales que bloquearon las rutas del corazón granífero del país, por ejemplo, tenían muy legítimas razones para movilizarse y protestar. Pero la Casa Rosada se solazó con el ingrediente nuevo y se convenció de que los ruralistas estaban siendo ahora "atendidos" por su propia medicina, un pensamiento de tribuna, pero políticamente nefasto.

Un rasgo vengativo, rencoroso y guerrero anima el accionar de este tipo de peronismo actualmente en el poder.

Los voceros oficiales defendieron y justificaron esta nueva ilegalidad solo porque les servía. Si los transportistas camioneros no hubieran bloqueado los caminos facilitando la aparición del desabastecimiento, tal vez el paro campesino no se estaría interrumpiendo esta noche.

No hay ley ni códigos intangibles para el poder oficial, ¿o acaso no ha endosado siempre la Casa Rosada el flagrantemente ilegal corte de la frontera con Uruguay a la altura de Gualeguaychú? Ese corte, hoy obsoleto y patético, es como el bloqueo perpetuo de una calle porteña donde se hallaba el boliche de la tragedia de Cromagnon.

En la Argentina el poder político se resigna a aceptar ilegalidades porque no puede o no quiere desarmarlas y -además- porque cree que sirve a sus necesidades.

Cristina Kirchner no solo se quedó sin Acuerdo del Bicentenario y tuvo que prescindir de un ministro supuestamente clave. A pesar de haber perdido en Córdoba y Santa Fe en las elecciones del año pasado, nada hizo para reconocer los reclamos profundos de esos dos estratégicos estados argentinos.

Es inimaginable un escenario más negativo: en Córdoba la adversan el gobernador Juan Schiaretti, su predecesor José Manuel de la Sota, y los referentes políticos más populares, como Luis Juez y Mario Negri.

En Santa Fe, los Kirchner han logrado un record verdaderamente notable, espantar a un fundamentalista de la moderación, como el gobernador Hermes Binner, así como al más respetado y vigente líder justicialista provincial, el igualmente ponderado Carlos Reutemann.

Un líder provincial que acompañó lealmente al matrimonio gobernante, el aguerrido entrerriano Jorge Busti, ha terminado rendido ante los hechos.

La indomable Entre Ríos, provincia en la que se perpetran condenables excesos, no le perdonaría que eligiera a los Kirchner en lugar de sus bulliciosos coterráneos.

Se llega, así a una mitad de año lamentable y deprimente. La única idea fuerza que sigue atosigando a Néstor Kirchner (al que en muchas radios llaman ya "presidente de facto" sin que en la Casa Rosada siquiera murmuren) es, ahora, organizar un mega acto de masas el 20 de junio.

Kirchner piensa en términos de 1972 y 1973, los años de los masivos despliegues callejeros del peronismo. Su obsesión es "la plaza", la misma falla geológica del aquel peronismo setentista que pensaba y operaba como un ejército en operaciones, tomando o entregando baluartes territoriales. Pero en la vida real, que no se contempla desde los helicópteros y aviones presidenciales, suceden cosas diferentes y mucho más conmovedoras.

En una veloz pero abarcativa recorrida por el corazón productivo de la Pampa húmeda que hice esta semana, yo advertí otros aspectos, justamente los que en la Casa Rosada han resuelto no ver.

Los sistemas de pagos entre proveedores y clientes están fisurados. La demanda de los consumidores se ha enfriado de manera colosal.

"Nadie quiere comprar nada, ni invertir ni un peso, estamos viviendo una pesadumbre horrible, hay un parate bárbaro" me dijeron los parroquianos de Almacenes de José, el legendario punto de encuentro de Pergamino.

Atravesada por el desconcierto, la gente se sentó sobre sus billeteras. Las ciudades del norte y centro de la provincia de Buenos Aires, que "vendían" vida y optimismo hace apenas cuatro meses, vegetan ahora, heridas en su confianza y en su capacidad de emprender negocios.

De inversiones ya no se habla. ¿Tren bala? La gente insulta y maldice cuando alguien se atreve a decir que las cosas no andan tan mal como dicen los "oligarcas".

Es probable que los costos políticos y sociales que ahora confronta el kirchnerismo sean muy moderados respecto de los que deberá pagar más adelante. Lo van a estar esperando: en un año los argentinos votan de nuevo para renovar las cámaras. Algo demasiado parecido a un milagro le ahorraría al oficialismo un claro retroceso.

No se entiende por qué y para qué. Un impresionante consenso recoge el cronista, que no anda en helicóptero, ni viaja en los Airbus "alquilados", solo ocupados por la comitiva presidencial y sus cortesanos, y siempre desprovistos de opositores. Esa unanimidad deslumbra y sobrecoge.

La crisis política argentina ha conseguido desbarrancar el ciclo virtuoso de una economía que en su crecimiento había conseguido devolver optimismo y confianza a sectores populares y grupos dirigentes.

En términos de responsabilidades, es evidente que quienes conducen (sin consultar a nadie) hace ya cinco años largos, tiene un peso específico determinante en este nuevo desencuentro.

Ya no se puede seguir echándole la culpa al Fondo Monetario, a la Alianza y a De la Rúa. La Presidenta, ¿no debería reflexionar un poco por su excesivo uso del helicóptero y andar más entre terráqueos?

www.pepeeliaschev.com


 
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