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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 27/jul/2003 de La Auténtica Defensa.

Esto que pasa: 
Una provisoriedad escurridiza




Buenos Aires (Especial para NA, por Pepe Eliaschev) - Se mueve con gestos repletos de potencialidad simbólica. La corrupción, la transparencia, la rectitud, la soberanía, la justicia: en este puñado de valores de colosal trascendencia filosófica, el Presidente abroquela sus primeros 60 días en el poder.

No la ha emprendido contra meros y quijotescos molinos de viento; hasta ahora su camino ha estado demarcado por la áspera marcación de territorios: Las cúpulas de las Fuerzas Armadas, la mayoría automática de la Corte Suprema, la corrupción orgánica del PAMI, las tarifas y contratos de las empresas privatizadas, la herencia colonial británica en Malvinas, Néstor Kirchner no se baja de un ritmo frenético, indubitablemente animado de una pasión transformadora notable, pero hay razones para pensar que tamaño despliegue de energías y planteos principistas, además de renovar fuertemente el escenario argentino, puede ser el caldo de cultivo de algunas torpezas tácticas dignas de ser evitadas.

La entrevista con George W. Bush fue positiva por donde se la mire. Salvo la extravagante mirada de Elisa Carrió (cuyo desprecio por la política es a estas alturas ostensible), ningún actor serio del acontecer nacional tuvo elementos de juicio para criticarla.

En verdad, lo que el Gobierno ha hecho en dos semanas de hiperquinesia agotadora por Europa y Estados Unidos ha sido interesante y necesario, pero se trata de viajes que en modo alguno pueden ser presentados como eventos decisivos.

Una vieja pasión argentina insiste en exhibir los despliegues planetarios como episodios decisivos, pero casi nunca lo son.

No se entiende, por ejemplo, qué fue a hacer el Presidente a Nueva York, en la que pasó nueve horas innecesarias.

La dirigencia judía norteamericana, que insiste, impertérrita, en presentarse como tutora y/o encargada de la comunidad judía argentina, es atendida por Kirchner no sin ingenuidad y candor, pero es visible que imaginar un eje de relación Casa Rosada-entidades judías norteamericanas es ofensivo para los judíos argentinos, cuya entidades centrales reconocidas existen y son bien conocidas.

Es una sobreactuación, claro, que alude a buenas intenciones: Kirchner quiere que el mundo sepa que en la Argentina se termina la impunidad y actúa en consecuencia con una frontalidad no exenta de resabios adolescentes, aunque es posible que cerca del Presidente alguien piense que es bueno "estar cerca de los judíos norteamericanos", a los que un mítico y obsoleto estereotipo antisemita suele identificar como el núcleo de una conspiración mundial.

La otra actividad neoyorquina fue más bien irrelevante: en el caluroso fin de julio fueron a escuchar al Presidente los encargados de las operaciones latinoamericanas de firmas importantes, cuyos ejecutivos principales ya se están dorando al sol.

La presencia de Rockefeller y Rhodes es simpática, pero se trata de dos veteranos patriarcas de los negocios norteamericanos con el sur del hemisferio y su foto junto a Kirchner no agrega gran cosa.

Roberto Lavagna hubiera alcanzado y sobrado para contarles a los funcionarios corporativos del Consejo de las Américas, que durante años se cansaron de entonar elogios a Cavallo y Menem, qué hará ahora este gobierno.

¿Comete excesos el Presidente? Es prematuro para asegurarlo, pero es evidente que dentro de su equipo más cercano a veces prima cierta propensión a colocarse en terrenos ríspidos que no necesariamente suponen avances ni logros para la Argentina, como sucedió con el reclamo por Malvinas ante el gobierno británico en Londres.

En ese sentido, hay que decir que Kirchner es un hombre de impulsos fuertes y decisiones contundentes. Antes de viajar a los Estados Unidos, y con el visible visto bueno de Alberto Fernández y Oscar Parrilli (jefe de Gabinete y secretario general de la Presidencia, respectivamente), concedió su primer reportaje desde que asumió el poder, al diario israelí "Haaretz".

Allí, Kirchner proclamó gráficamente su percepción del momento nacional: "la Argentina está hoy a 10 kilómetros bajo tierra" le confió a la periodista Noga Tarnopolsky.

Seguramente a los lectores del mayor diario israelí no les interesaría el tema, pero hubiera sido interesante que Kirchner respondiera si hará campaña electoral en la provincia de Buenos Aires a favor de una lista en la que descolla en los primeros lugares el ex canciller Carlos Ruckauf, denunciado penalmente por la DAIA por la matanza de la AMIA de 1994.

Al llegar a Buenos Aires lo esperaban asuntos internos poco rutilantes pero de áspera inmediatez.

No puede asombrarse el Presidente de la decisión de Rodolfo Canicoba Corral de ordenar el arrestos de 45 oficiales retirados de las Fuerzas Armadas.

La medida del juez tiene una descomunal proyección simbólica: en la lista figuran seis integrantes de las juntas de la dictadura militar (Videla, Massera, Lambruschini, Graffigna, Lami Dozo y Anaya) y varios encumbrados jerarcas de ese régimen, incluyendo a los generales Suárez Mason, Bussi, Díaz Bessone, Jáuregui, Vaquero, Trimarco y Olivera Rovere, entre los de mayor graduación, además de notorios cabecillas de las bandas de la ESMA, como Acosta, Perren, Donda Tigel, Astiz y Rolón, entre otros. Kirchner ha dicho que debe prevalecer la verdad y que se debe hacer justicia.

Cree en eso y está siendo coherente con lo que ha venido diciendo. Son las suyas palabras que van mucho más allá del caso del puñado de militares cuya captura solicita un juez español, Baltasar Garzón.

En verdad, se trata de combatir la impunidad con la acción irrestricta de la justicia, del restablecimiento del principio de la responsabilidad penal por delitos cometidos.

Si ésta es una virtud republicana cardinal, en tanto configura un esqueleto de rectitud indispensable para gobernar, también es verdad que, como concepto, debe armonizarse y entrar en longitud de onda con otras necesidades y urgencias que los problemas existentes y los conflictos que inexorablemente deberá afrontar la

Argentina irán planteando, batallas políticas en donde la propia responsabilidad estratégica del Presidente lo comprometen a crecer en masa crítica y a potenciar sus fuerzas para lanzarlas a las cuestiones primordiales del presente y del futuro.

Con los Estados Unidos y con los empresarios, Kirchner traza un horizonte de previsibilidad que lubrica bien un sistema de percepciones hasta ahora armado sobre prejuicios y estereotipos, que insisten en ver a la Argentina como una bomba de tiempo, un país transgresor e indomable, al que corresponde ponerlo en línea.

Lo cierto es que nuestro país ha tenido un desempeño muy superior al previsto después del derrumbe de 2001 y los argumentos que en el mundo hay para visualizar al nuevo gobierno con razonable respeto son varias.

Pero no es en "el mundo" donde se debate el escenario nacional inmediato y de mediano plazo. Las palabras del presidente Bush son de una veracidad innegable cuando le dice a Kirchner que es la Argentina la que debe hacer más para resolver sus conflictos.

No es ése el lenguaje que le gusta escuchar a nuestro país, cuando se nos habla de nuestras responsabilidades y de nuestras obligaciones.

Una y otra vez, desde la recuperación democrática, los gobiernos argentinos han depositado grandes expectativas en los logros en ultramar y en las conexiones que dichos logros supondrían.

Es importante, naturalmente, que esos vínculos existan y sean propicios para el país, pero la Argentina requiere de profundas y sistemáticas mejorías en su propio interior, sin las cuales toda evolución en la mirada extranjera hacia nosotros será esencialmente superficial.

Desde Bush hasta Garzón, pasando por Tony Blair y el Fondo Monetario, la Argentina sigue muy fijada en uno de sus habituales extremos ciclotímicos, luego del cual suele dispararse rumbo al otro, el del autismo suicida.

Pero ahora, luego de la quincena cosmopolita, Kirchner y su gobierno tienen tareas decisivas en las que debería primar menos el ruido que la eficacia administrativa.

Deben demostrar que es posible avanzar raudamente sin asociar ejecutividad con indecencia, sin atropellarse ni engañar con falsas premisas de una demasiado rápida transformación.

Las inminentes elecciones de los dos principales distritos del país (Buenos Aires y Capital Federal), presentan posibilidades y riesgos notables.

Kirchner ha sabido ser pragmático cuando no tuvo alternativas y nadie podrá culparlo de ser un lírico de la política dado los acuerdos que ya ha ido tejiendo.

Pero deberá acostumbrarse a ir discurriendo en un atípico y resbaladizo escenario, donde nadie (no él, por cierto) tiene compacto e irrestricto apoyo y donde la regla sigue siendo la escurridiza provisoriedad de todo.


 
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