Buenos Aires, (Especial para NA) - Si de algo sabe Miguel Bonasso es de palabras. Al fin y al cabo, se ganó la vida como periodista hasta comienzos de los ’70 y cuando, indultado en los ’90, regresó al país, volvió al periodismo y a los libros, su pasión.
Por eso, cuando apuntó con sus palabras a Néstor Kirchner esta semana, no había en él ni una pizca de ingenuidad.
Harto de estar harto y tras un largo romance que se estiró hasta fines de 2007, Bonasso le dio un portazo a Kirchner y calificó al gobierno matrimonial como de centro derecha.
Esas palabras deberían doler en Olivos. Kirchner armó toda su narrativa retórica desde la idea de que su gobierno corporiza en la Argentina al centro izquierda, un universo gaseoso e indefinido en el cual, desde 2003, había espacio para gente como Binner, Ibarra, Heller, Sabatella y otros similares.
Del lado de enfrente, en el exiguo lenguaje K, quedaba ese centro derecha imaginado por el gobierno, poblado de Macri, Carrió y la UCR orgánica.
Por eso no fue cándida la expresión de Bonasso. Montonero hasta por lo menos 1980, cuando junto a Silvia Bergman, Jaime Dri, Ernesto Jauretche, Gregorio Levenson, Pedro Orgambide y otros se alejan del grupo de Firmenich, Bonasso es el intelectual que actualiza a los Kirchner a partir de 2001, cuando el matrimonio actualmente en el poder decide anoticiarse de los sucesos acaecidos desde 1976 y encuentran en "Recuerdo de la muerte", el estremecedor libro del exiliado Bonasso, un medio para conocer cómo fue la resistencia y en que se diferenciaba de la opción de vida de los Kirchner, que no solo jamás participaron ni siquiera lateralmente del valiente movimiento por los derechos humanos en esos años, sino que –además- se dedicaron a edificar una fortuna inmobiliaria en plena dictadura.
Pero, además, Bonasso era la conexión directa con ese peronismo victorioso que se nuclea en 1973 en torno a Cámpora, de quien Bonasso fue secretario de prensa.
El "camporismo", que nunca existió mucho como facción, era la traducción simbólica de la tendencia revolucionaria del peronismo, en cuyo núcleo vibraba Montoneros.
La agrupación creada por el hijo presidencial Máximo Kirchner, también dedicado a los negocios en el sur, se llama "La Cámpora".
Ahora resulta que Bonasso califica al gobierno K de centro derecha, una combinación a la que atribuye una esencia letal, la de corporizar la alianza entre la política y los negocios.
El problema de los Kirchner es que Bonasso no es una figura accesoria.
Inteligente, culto y bastante corajudo, es dueño de una tal vez comprensible alta autoestima, y también de una trayectoria que los rústicos santacruceños jamás podrían equiparar.
Amigo personal de Fidel Castro, con quien ha dialogado a solas durante horas, en La Habana y en Buenos Aires, el orgulloso escritor también ha tenido un vínculo personal con Hugo Chávez.
Su excomunicación a los Kirchner tiene cierto sabor a la jerga de los años ’70, cuando Perón terminó prefiriendo a personajes de negro prontuario (López Rega, Osinde, Norma Kennedy, Victorio Calabró) en desmedro del peronismo combativo y radicalizado.
Entonces se decía que Perón estaba "rodeado" por la CIA de los Estados Unidos, luego de que los asesinatos de Vandor, Alonso, Coria, Kloosterman y Rucci intentaron saldar el conflicto a balazos.
Pero el general Perón de 1974 tenía 78 años y no controlaba sus funciones urinarias.
Kirchner tiene 54 años y si ahora, como dice Bonasso, ha resuelto no escuchar a nadie que no sea al corazón del aparato del Partido Justicialista, no es por senilidad o decrepitud, sino como fruto de una meditada y recia decisión interior.
Entre Hugo Moyano y los intendentes del conurbano de una parte, y personalidades como Bonasso, Claudio Lozano y los animadores de "Libres del Sur", Kirchner no tiene ni sombras de titubeos, ni las tendrá.
Es un misterio a resolver cómo han procesando estas crecientes fricciones aquellas personalidades convocadas por el kirchnerismo y que abrevan desde ese costado militante y más adverso a la componenda con lo que antes se llamaba los mariscales de la derrota.
Las ministras Nilda Garré y Graciela Ocaña, por ejemplo, sobrellevan con cierto estoicismo esa convivencia de sus gestiones en Defensa y en Salud, con los menesteres de cortesanos sistemáticamente bendecidos por el gobierno.
Según versiones periodísticas no desmentidas, Garré sigue acorralada por el merodeo de Roberto Bendini, un mediocre general ultra nacionalista y amigo de Carlos Kunkel, que pese a no ser ya más el jefe de Estado Mayor del Ejercito, mantiene bajo presión al actual jefe., el general Luis Pozzi, para influir y tamizar los ascensos de fin de año, por encima de la voluntad de la ministra.
Garré heredó a Bendini de la gestión de José Pampuro y nunca se lo pudo sacar hasta que este militar, compadre de Kirchner en los años patagónicos, fue procesado por defraudación al Ejercito.
Garré, una abogada tenaz e inteligente y de contornos políticos claramente "setentistas", ha debido coexistir con Bendini, a sabiendas de que este individuo no pesaría nada si no fuera porque trabaja para Kirchner.
Episodios y conflictos como éstos describen muchos de los escenarios que la Argentina vivirá durante 2009.
La virulenta retórica "progresista" del kirchnerismo se ha ido auto esmerilando, proceso al que mucho contribuye la gravedad de la crisis mundial a la que este país no es ajeno y que se intensificará durante los próximos meses.
Pero, desprovisto de un paraguas simbólico que lo preserve forzadamente como un gobierno de transformaciones y cambios, y asociado de modo aparentemente inexorable con lo más tradicional y retardatario de peronismo, es poco probable que el año discurra de manera luminosa para una gestión que parecería haberse topado con sus propios límites.
No es un buen regalo de Nochebuena que a Kirchner le hayan dicho, desde su propio rancho, que encarna al centro derecha.
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