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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 05/jul/2009 de La Auténtica Defensa.

El final de un ciclo
Por Pepe Eliaschev




Buenos Aires, (Especial para NA) - Un páramo desolado se ofrece a la mirada doliente de los derrotados de hace una semana. Imposible recomponer las murmuraciones que se debe hacer Daniel Scioli, pero que otro hijo político del menemismo, Carlos Reutemann, lo haya menoscabado tras la peor semana que el peronismo vivió en mucho tiempo, debe haber sido, aunque entendible, muy amargo.

Las heridas que tiene que afrontar Scioli son colosales. No sólo se encadenó de manera incomprensible a la caída libre de Néstor Kirchner en la pendiente de sus mayores desatinos.

Además, aceptó que el desairado santacruceño lo arrastrara en su confusión en esas 48 horas que arrancan con el cierre de las elecciones y lo hicieron desfilar por las dos presentaciones televisivas del ex presidente, cuyo rostro arrasado de furia e ira era el marcador junto al cual se exhibía un Scioli oscuro y fatal.

Scioli tenía 40 años cuando Carlos Menem lo catapultó a la política grande, en 1997, cuando asume como diputado nacional porteño por el peronismo. Hoy tiene 52. Reutemann, que cumplió los 65, tenía 47 cuando el mismo caudillo riojano lo llevó de la mano a la política y en 1991 fue electo gobernador de Santa Fe. Ambos, Scioli y Reutemann, eran profesionales de la velocidad deportiva que desembarcaron en el peronismo sin que ello fuera producto de ninguna peripecia familiar de índole social.

Estos dos peronistas pragmáticos y diametralmente diferentes a la brusquedad estéril del kirchnerismo, han desarrollado experiencias diferentes. Scioli asumió como vicepresidente en 2003, ya distanciado de Menem y seducido por Kirchner. No más asumir, el matrimonio gobernante lo esmeriló hasta la inexistencia.

Scioli aguantó la intemperie y en 2007 ganó la gobernación bonaerense con más votos que la electa presidenta Cristina. Ella, que lo había martirizado desde su banca de senadora en la Cámara que presidía el jibarizado Scioli, tuvo que digerir que él sacara en esa elección mejor porcentaje que ella.

Reutemann no quiso la candidatura presidencial que le ofreció Eduardo Duhalde a fines de 2002 y se disciplinó bastante bien con el gobierno de Kirchner. Pero los Kirchner perpetraron el desaguisado del aumento desorbitante de los impuestos a la producción agraria y Reutemann se desmarcó.

Hoy ambos ex menemistas afrontan un predicamento diferente.

Cuando Kirchner le ordenó a la agencia presidencial Télam que fueran a filmar su renuncia a la vaciada presidencia del PJ en una desangelada habitación de Olivos, lo sentó a un Scioli mudo a su lado y le ordenó que asumiera el cargo.

El extraño episodio fue definido por Felipe Solá como «la abdicación del emperador a favor de su preferido, hecha desde la cripta». No sólo no intentó Kirchner renunciar ante sus supuestos «compañeros» de la fantasmagórica conducción pejotista, sino que le impuso a Scioli un sacrificio unidireccional.

Presidente a la fuerza de un PJ comatoso y sombrío, Scioli quiso hacer la suya y lo invitó a Reutemann a conversar, algo que el huraño ex piloto no aceptó.

Fortalecido por su ajustado pero inobjetable triunfo del domingo, cuando fue electo senador nacional por su provincia, aventajando al frentista Rubén Giustiniani por apenas el 1.67 por ciento de los votos, Reutemann tiene ahora la derecha y las expectativas presidenciales de Scioli se han evaporado. Dos vidas, dos opciones, un mismo movimiento, un espacio, el del justicialismo, donde no hay margen ni para lágrimas ni para penumbras.

Así, mientras le toca recorrer un tramo agrio e ingrato, el justicialismo intentará recomponer sus inocultables fisuras, en un páramo que recuerda en parte las lágrimas de 1983, cuando Ítalo Luder, Deolindo Bittel y Herminio Iglesias tuvieron que dar cuenta de los platos rotos por la victoria radical.

Los Kirchner podrían, perfectamente, intentar un viraje de desperonización, tal como han venido barruntando quienes acercan palabras y modelos ideológicos a la golpeada pareja. Nunca fueron personas especialmente proclives a la disquisición doctrinaria o al debate intelectual. Son, en ese sentido, hijos inconfundibles del pragmatismo menemista de los ’90 y así como edificaron entre 2003 y 2007 la fachada de un espacio «plural», se zambulleron en un peronismo «tachín-tachín» cuando se vino la noche, tras la derrota del impuestazo al campo en julio de 2008. ¿Tienen margen ahora para recorrer el camino inverso?

Nunca se puede decir nunca, pero es de altísima improbabilidad que tengan materia humana con la que reproducir alguna «concertación» como la que inventaron con Julio Cobos para las elecciones de 2007, y tampoco les queda aire para resucitar a la transversalidad izquierdista con la que juguetearon en los ya idos años primeros de gobierno. Solo permanece una reducida y melancólica patrulla de desolados no peronistas (Gustavo López, Ariel Basteiro, Oscar González), aguardando que la vida les dé una ya improbable nueva oportunidad.

Al margen de la geografía política que exhiben las componentes del justicialismo de cara al futuro inmediato, hizo ruido la renuncia del híper kirchnerista intendente de José C. Paz, Mario Ishii.

Para él, los intendentes peronistas «traicionaron» a Kirchner. «Si bien no se tenían que suicidar en las últimas elecciones, por lo menos hubieran avisado lo que iban a hacer», advirtió con esa brutalidad que campea en el peronismo a la hora de contar los porotos.

Aún cuando haga rechinar los dientes, lo que dice Ishii no es tan desatinado, solo que equivoca el diagnóstico. En Ezeiza, al intendente Alejandro Granados lo votó más del 60 %, pero a Kirchner lo apoyó el 49,4 %, casi 11 puntos de «traición» En Almirante Brown, los votos al intendente Darío Giustozzi fueron 10 puntos más que a Kirchner y Scioli, 53 % a 43 % de los votos.

El kirchnerista Juan José Mussi ganó en Berazategui con el 59 %, mientras que a su jefe Kirchner sólo lo votó el 43 %, 16 % menos. Malena Galmarini, la mujer de Sergio Massa, el jefe de Gabinete de Cristina, obtuvo el 53 % en Tigre, pero la gente del municipio le dio el 39 % a Kirchner, 14 % menos.

También en la híper peronista La Matanza, el intendente Fernando Espinoza le ganó a Kirchner: 44 contra 43 %. En Tres de Febrero, la lista del alcalde Hugo Curto recaudó casi el 35 %, pero a Kirchner lo votó el 31 %. Mismo caso en San Fernando: Osvaldo Amieyro le ganó a Kirchner, pero De Narváez-Solá ganaron las elección principal. Otro tanto sucedió con los únicos no peronistas obligados a apoyar a Kirchner.

En General Pueyrredón, el intendente Gustavo Pulti recibió 32 % mientras que Kirchner salió tercero, con 26 %, seis puntos menos.

Ishii anduvo furioso, ventilando obscenidades contra los astutos «barones» del pejotismo suburbano. «Un año y medio atrás hacían cola para pedir la boleta de Kirchner, pero después, en esta elección, han buscado la conveniencia de las intendencias sin preocuparle la conducción del partido», declaró, sofocado por la ¿sobreactuada? ira. Promete recorrer los municipios desleales para «buscar a los traidores» de Kirchner.

Lo que ni Kirchner ni Ishii quieren saber, o no pueden decir, es que no acaeció una traición explícita de los Curto, Giustozzi, Galmarini, Amieyro y Mussi. ¿Qué tal pensar que fueron los votantes, mucho más atentos y conscientes de lo que suponía Kirchner, quienes respaldaron a sus intendentes y, aún cuando preservan su vieja lealtad al peronismo, le hicieron ascos explícitos a Kirchner y a su dispositivo?

Los Kirchner tienen que permanecer decorosamente y gobernar hasta diciembre de 2011 y el Congreso, resultado del disparate de haber adelantado las elecciones, debe compatibilizar la realidad de una geografía política previa a la derrota oficial del domingo 28, con el recuperado equilibrio que recién se podrá efectivizar el 10 de diciembre, un atentado contra la institucionalidad producido por quien asumió hace 18 meses en nombre de un cambio civil positivo en materia de fortalecer el espíritu y la letra de la Constitución.

En esta encrucijada, que emite el nítido perfume de un cambio de época, se encuentra hoy en la Argentina. Lo confesó, tal vez sin darse cuenta del todo, la Presidenta, cuando en la exótica «conferencia de prensa» posterior a una derrota que para ella no tuvo triunfadores, admitió que su «lugar en el mundo» es el bello Calafate, una localidad de ensueño en una provincia donde los Kirchner también perdieron.


 
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