Sabemos que debemos amar, pero muchas veces no encontramos el camino para empezar a hacerlo.
Conocemos el objetivo, pero no siempre está en nuestra mano la estrategia.
La ayuda la podemos encontrar en el Nuevo Testamento, La Biblia:
Jesús nos dice: Ama a tu prójimo (próximo) (Marcos 12:31).... Empezando por el más cercano y hasta lo último de la tierra. (Hech.13:47)
- En cierta ocasión, un joven reportero le preguntó a un agricultor de Argentina si podía revelar el secreto de por qué año tras año ganaba el concurso nacional al mejor productor de maíz.
- El agricultor, con toda sencillez, confesó: - Es que yo comparto mi semilla con los vecinos.
- Pero, ¿por qué comparte su semilla con sus vecinos, si ellos también entran al mismo concurso?, reprochó el reportero.
- Verá usted, joven, dijo el agricultor mirando aquellos inmensos campos. El viento, que va de aquí para allá y luego regresa de allá para acá, lleva el polen del maíz maduro de un sembradío a otro.
Si mis vecinos cultivaran un maíz de calidad inferior, la polinización cruzada degradaría la calidad del mío. Si voy a sembrar buen maíz, debo ayudar a que mi vecino también lo haga.
El amor al prójimo comienza con los que están más cerca de nosotros mismos, es con ellos con quienes hemos de empezar a compartir nuestro maíz para formar el tejido primario de la sociedad. El buen samaritano no estaba llamado a salvar a todos los moribundos; sólo a aquél que se encontró en el camino (Lucas 10, 33-35).
Quienes pretendan vivir bien, deben apoyar a los que están cerca de ellos. Y quienes optan por ser felices, han de contribuir a que sus hermanos y amigos encuentren la felicidad, porque la fortuna de cada uno, está hipotecada al bienestar de quienes lo rodean.
No es construyendo muros en las fronteras como progresaremos, sino compartiendo el maíz de nuestra alegría, paz y desarrollo con los más cercanos. De esta manera vamos a crecer nosotros y vamos a crecer juntos, con mayor fuerza.
Jesús, compartió su divinidad con nosotros, para enseñarnos a vivir como hijos de Dios.
Debemos aprender a compartir nuestra humanidad con los demás; nuestros dones y carismas, nuestros bienes materiales, espirituales e intelectuales.
Debemos aprender a compartir el maíz de nuestro tiempo, de nuestra capacidad de escuchar, de nuestra solidaridad, y también los secretos de nuestros éxitos y triunfos con los más cercanos.
No nos permitamos, construir murallas para defendernos, porque ellas nos apartan del prójimo.
Hagamos que el viento impetuoso del Espíritu Santo, lleve de aquí para allá y de allá para acá la riqueza de lo mejor de nosotros mismos, comenzando con los que están más cerca.
¡Hasta la próxima semana! ¡Dios te bendiga!
Jorge García
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