"Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo" (Filipenses 2:3).
La vanidad ha sido la causa de muchas de nuestras decepciones. Creemos que somos mejores, más competentes y superiores a aquellos que están a nuestro alrededor. Hallamos defecto en todo y en todos, con lo que concluímos, a continuación, que podríamos hacer la misma cosa de una manera mucho mejor.
Cuando somos humildes en nuestras actitudes, los aplausos y reconocimientos nos llenan de dicha. Pero, cuando somos arrogantes y orgullosos, muchas veces los aplausos no aparecen y nos postramos en profunda decepción y angustia... Es mejor no
esperar nada y recibir todo, que por el contrario esperar todo y no recibir nada.
¿De qué vale el orgullo?... ¿para que nos sirve?. Si actuamos con amor, es que viene de nuestro Dios. Si nuestra vida brilla, la luz viene del alto, de nuestro universo; de nuestro Padre Celestial.
Recuerda que, "si nuestras palabras impresionan, es porque toda la sabiduría ha sido dada por Cristo". La vanidad nos puede a una muerte espiritual; la humildad nos lleva a la victoria; nos lleva a Cristo



