Ante la inexorable apertura de cada ciclo lectivo, todos los docentes y directivos nos planteamos cómo encarar el nuevo año. Debatimos, seleccionamos, justificamos, rechazamos, interactuamos unos con otros y en ese intercambio, surge inevitablemente un cuestionamiento inherente a nuestra tarea. ¿Qué queremos para nuestros alumnos? ¿Qué esperamos de ellos? ¿Cómo hacemos una buena escuela?
A los docentes no nos alcanza con que los chicos tengan sólidos conocimientos técnicos, necesitamos que sean buenas personas y buenos ciudadanos. No nos alcanza con que sean buenos profesionales porque conocen ampliamente su oficio, necesitamos que lo ejerzan de acuerdo a pautas éticas que aprendieron a valorar desde la infancia. Queremos contar con niños que manejen con destreza las últimas tecnologías pero sabemos que de poco serviría lograrlo, si al mismo tiempo, no formáramos personas capaces de comprometerse con la sociedad en la que viven, de transformarla, de mejorarla. En síntesis, necesitamos ofrecer una formación en la que se articulen la pasión por el estudio y el conocimiento, y la vocación por los valores ciudadanos.
La pregunta que se abre, acerca de qué es una buena escuela, plantea una multiplicidad de consideraciones y perspectivas. Abre una serie de dimensiones que parece no acabarse nunca, que encierran múltiples cuestionamientos y se actualizan de manera permanente con consideraciones que merecen contemplarse. Pero, ¿cuáles son los aspectos más significativos que deben tenerse en cuenta para que la escuela tienda puentes con la productividad, con la ciencia, con el patrimonio social colectivo, convirtiéndose en una buena escuela?
No hay de hecho, un solo molde, modelo o receta que encierre y abarque los aspectos indispensables para una buena escuela, pero aún a riesgo de cometer esquematismo, nos animamos a decir que una buena escuela, es una escuela democrática. En tanto y en cuanto, se garantizan los derechos de todos y abre puertas para otros derechos inalienables. Una buena escuela es aquella que enseña y ofrece posibilidades hacia el futuro, que no se contenta con combatir el analfabetismo, sino que brinda herramientas para desarrollar la creatividad y garantizar la libertad, ofreciendo espacios para debatir, para pensar, para elegir. Una buena escuela es una escuela inclusiva y no expulsora, en la que cada uno tiene su lugar y en la que hay valores y principios compartidos.
¿Y con qué vara medimos que lo estamos haciendo es una buena escuela? Medimos con la vara de la palabra. Estamos atentos a cómo circula. Pensamos la palabra como posición ya que nos permite entramar las apuestas más audaces y sostener teóricamente lo que intentamos demostrar que puede hacerse o que al menos, vale la pena intentarse.
La vara es la palabra colectiva de los actos de fin de año, es la posibilidad de hacer reclamos, de defender opiniones, es la palabra hecha campamento, juegos compartidos.
Escuelas buenas son las que piensan que el disfrute no es malo y que también vale sentarse a leer hasta entender, aunque no suene muy divertido. Son las que creen que no se puede enseñar si no se confía en los chicos y si no se recupera la certeza de que tenemos algo para decirles a los que vienen.
Gracias a nuestros docentes por tomar la palabra para hacer cada día, una buena escuela.
Colegio Siglo XXI



