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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 23/oct/2009 de La Auténtica Defensa.

Desde la vereda de enfrente, todo se ve diferente
Por Nora Basualdo Esteban




textosjaznobas@yahoo.com.ar

El título de esta nota da lugar a diversas interpretaciones. La única intención es describir minuciosamente, los síntomas de aquellos que conviven con " el virus de la indiferencia, hacia lo opuesto, de lo mal llamado normal". Obviamente es una forma de expresión, aunque sería ilógico denominar como personas normales a quienes se catalogan como tales; primero deberían preguntarse a que se refieren cuando se quieren demostrar de tal manera. Quizás admiten como tal, lo que solo puede ser oculto por un tiempo, disfrazándolo con falsas actitudes, por aquellos que mentalmente sufren trastornos emocionales, los que se evidencian en un tiempo indeterminado, impidiéndoles el activo desarrollo social. Por ejemplo la maldad humana, una persona la podrá dibujar por un tiempo, pero no podrá disimularla por mucho tiempo a muchos, porque mientras esa persona se va consumiendo con su veneno, la que es maldecida, seguirá de una forma u otra fortaleciéndose.

Por consiguiente, sintiéndose incapaces de argumentarlo individualmente, lo que para ellos significa serlo, ya que están convencidos de que ese adjetivo solo se lo aplica al que ha nacido físicamente perfecto al ojo insensato e inhumano de los que jamás creen ver la vida desde la vereda de enfrente, en donde transita el enfermo o el que posee capacidades especiales, mal calificados diferentes, por que en ellos abundan valores esenciales, que en otros escasean.

Siempre es fácil emitir opiniones sobre algo, cuando no se tiene la menor idea de un dolor físico o la impotencia de soportar una discriminación. Al instante usan una frase que después no pueden solventar: ¡Yo en tu lugar actuaría de tal manera! Expresarse así, livianamente, desde la indiferencia, suena fantástico, pero esa misma persona no vacila en recurrir, al ser diferente, cuando necesita consuelo, si se encuentra transitando por una situación mínima, ya que no sabe como actuar.

Lamentablemente vivimos en una sociedad en donde algunos necesitan para distinguirse como especiales, un instrumento ortopédico, identificando su incapacidad física, y de ese modo ser visiblemente diferente a los que se creen estar en la vereda de la normalidad. Con respecto al tema, viene a mi memoria, el día que asistí al acto de egresados de mi hija Jazmín, y una maestra ante el pedido de una silla para sentarme porque mi cuerpo no resiste estar mucho tiempo parada, me responde fríamente: - "la vi caminando por la escuela y usted cara de enferma no tiene"-, ver la carita de mi hija, descoloco mi respuesta y solo atine a responderle que me había olvidado mi historia clínica para presentársela. Lógicamente al poner al tanto de lo sucedido a la señora vice- directora obtuve la silla y una imagen que jamás se borrara de mi mente, la cara que puso esa inhumana maestra al ver cuando comenzaba a entonarse el himno nacional y por el respeto que se merece, mi marido debió levantarme de la silla.

Siendo protagonista de un hecho inhumano, uno debe aprender a convertir un hecho negativo en uno positivo, y cuando mi hija me pregunto ¿Por qué tiene esa maldad mami? con una sonrisa le respondí: -¡Rescatemos algo bueno de este hecho, viste no tengo cara de enferma ! -

A pesar del caso anteriormente mencionado, cabe destacar que hay a veces que no es suficiente poseer un par de muletas, un trípode o un bastón para recibir el mínimo de respeto, ya que ciertos hechos evidencian la necesidad de recurrir a un cartel: ¡Sea humano, no se enoje si me atienden con privilegios!-

Como el caso de la que fui testigo. Al entrar a un comercio, observe a una empleada atendiendo con la merecida consideración a una señora mayor, la que apenas se movilizaba con un bastón, la misma debía soportar improperios de otra joven clienta, la que reclamaba que ella estaba primera. Es de imaginar el estado anímico de la señora.

Pero lo narrado no es suficiente, ya que con la presencia de otras personas y por la forma en que la observábamos, como reflejo de nuestra indignación, mantuvimos cordura y educación. Hasta debimos escuchar con estupor, y con acento patético esta vil frase: -¡Usa bastón para que la atiendan enseguida!- Me quedé pasmada pensando. -"Que será de esta mujer el día que la vida la arranque de un golpe y la ubique en nuestra vereda." Rescatando lo positivo de esta ingrata circunstancia, cabe señalar que la señora se retiró del establecimiento con su compra y el respeto merecido, mientras que la joven se retiro con la clara indignación de nuestras miradas.

Es socialmente oportuno y conveniente tener siempre presente positivamente la fortaleza anímica y la inteligencia emocional que poseen las personas con capacidades especiales, para demostrar a nuestra sociedad que ninguna limitación física será impedimento para el crecimiento y desarrollo personal.

La autora es exalumna del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM), de Periodismo y Comunicación. Director: Ismael Garzòn


 
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