LA PLATA, (AIBA). La decisión del presidente Kirchner de pedir la renuncia de los funcionarios integrantes de la Secretaría de Turismo y Deportes de la Nación se constituyó en el punto culminante de la relación con el vicepresidente Scioli, que se había tensado notablemente en los últimos días.
Si bien las declaraciones del ex motonauta aparecían como arriesgadas por ser abiertamente opuestas a algunas de las políticas que el Presidente impulsa, no tenían una repercusión popular tal como para constituir el detonante de la sorprendente determinación presidencial.
Cierto es que las inmediatas y casi violentas respuestas que le propinaron a Scioli varios de los más cercanos colaboradores de Kirchner dejaban entrever un fortísimo enojo del santacruceño, aunque parecían agigantar el peso de las expresiones del Vice.
Si ese sobredimensionamiento fuera calculado, estaríamos asistiendo a una estrategia de confrontación que, sin duda, es alentada por algunos ´kirchneristas´ no peronistas, como Miguel Bonasso y Horacio Verbistky y que no ha sido –justamente- una condición distintiva del justicialismo que, por el contrario, se ha caracterizado por su impronta dialoguista y negociadora.
Parece surgir de esta inconveniente controversia que en el entorno presidencial hay dos estrategias no coincidentes: la descripta y cuyos adalides serían los mencionados Bonasso y Verbistky y la más negociadora que estaría representada por los ministros que no se pueden titular como ´kirchneristas de la primera hora´.
En el episodio Scioli ha triunfado, con toda nitidez, la estrategia de confrontación, que –es evidente- instala una sensación preocupante entre los argentinos, porque parece reiterarse una historia que conocemos sobradamente, la de la relación ríspida entre los Presidentes y sus Vices. Y cuyo ejemplo cumbre es la de De la Rúa-Alvarez, que culminó con la inopinada renuncia de éste y la consiguiente crisis política que no se detuvo hasta el 20 de diciembre, con los trágicos hechos de ese día y la consecuente caída del entonces Presidente.
Si bien no parece ser ésta una situación exactamente igual, porque nadie cree que Scioli vaya a renunciar, la crisis institucional surge como inocultable, con su consiguiente secuela de efectos no queridos que –inclusive- pueden afectar las negociaciones que se están llevando adelante para llegar al necesario acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.
En las primeras horas posteriores al incidente no queda claro si se produjo como efecto de la estrategia que comentamos o sólo fue producto del violento enojo presidencial. En cualquiera de las formas no tiene buen efecto sobre la imagen de Kirchner, que tiene una altísima valoración popular. Y conlleva el riesgo de que se produzca un quiebre en el destacable crecimiento que tuvo desde el 27 de abril en adelante.
Riesgo que también supone –aunque es de imaginar que está calculado- la fuerte apuesta que ha hecho en materia electoral, apoyando a Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires y a Rovira en la provincia de Misiones, contra los candidatos que apoya el Justicialismo, Mauricio Macri y Ramón Puerta. La sensación que tienen la mayoría de los encuestadores sobre las elecciones en la influyente Capital Federal es que el triunfo corresponderá a Macri, con corta ventaja sobre Ibarra.
Y aunque se presume como posible que en la segunda vuelta ese resultado se revierta, dándole la victoria al actual Jefe de Gobierno, lo cierto es que la derrota en la primera instancia tendría algún costo para el Presidente. Costo que muchos consideran innecesario y otros justifican por aquello de ´todo premio grande implica una apuesta grande´.
Estas actitudes presidenciales van en línea –seguramente- con su vocación de consolidarse como líder nacional. Pero en el Justicialismo parecen ser mayoría los que creen que esa pretensión no debería ser apresurada y tener muy en cuenta los tiempos y la situación política. Porque si bien Eduardo Duhalde -con inocultable liderazgo sobre el justicialismo bonaerense- procura por todos los medios evitar cualquier controversia con el Presidente, no puede soslayarse que hoy una importante cantidad de legisladores y poderosos intendentes le responden de manera incondicional, que constituyen todo un capital político que a la hora de la negociación –o la confrontación- resultarían vitales.
No son pocos los que creen que, si Kirchner es paciente y maneja los tiempos adecuadamente, va a tener su oportunidad. Pero también piensan que si la quiere forzar con precipitación, tal como está hoy la relación de fuerzas y a pesar de la importancia que tiene en nuestro país la figura presidencial, puede malograr esa oportunidad.
La controversia con Scioli ha puesto en estado de alerta a grandes sectores del Justicialismo que aspiran a que no logren preeminencia las posturas extremas de Bonasso o Verbistky. Y que ven cómo se genera una inquietud en la sociedad, por un tema que no parecía tener el sustento necesario para generar una zozobra inesperada.
Entretanto se van desarrollando las campañas electorales. Con alguna virulencia en el debate capitalino (ya en vigilia comicial), con cierta tranquilidad en la fundamental provincia de Buenos Aires, en la que las encuestas siguen mostrando el crecimiento firme de la lista del PJ, que para Gobernador encabeza Felipe Solá, quien se está despegando constantemente de Abelardo Patti, que hace sólo dos meses aparecía como un rival preocupante y en la actualidad muestra un llamativo amesetamiento, mientras los demás postulantes no despegan de una atonía que lleva más certidumbre a las confiadas huestes justicialistas.
La estrategia de confrontación que en algún momento de la campaña intentaron Patti y Rico, no les ha dado resultado positivo. ¿No deberían tenerlo en cuenta los que impulsan la confrontación en el entorno presidencial?



