Buenos Aires, (Especial para NA, por Pepe Eliaschev)- No hay razones evidentes para pensar que el Presidente obra de mala fe cuando se zambulle, con ese entusiasmo desconcertante que lo caracteriza, en un tiempo electoral avasallador antes de haber cruzado el Rubicón de sus primeros 100 días.
¿Por qué no creerle cuando dice que, antes que nada, lo que necesita es una base política propia para gobernar decentemente los cuatro años y medio para los que fue electo?.
El problema con esta decisión del Presidente es que el ímpetu imparable con el que avanza no siempre es entendido benévolamente por tramos de la sociedad civil, en los que ya se percibe una cierta embriaguez por el dinamismo de poder con que se mueve el Dr. Néstor Kirchner.
En la Casa Rosada tienden a quitarle importancia a los pruritos republicanos de quienes no ocultan su temor y por eso hasta hablan de «hegemonismo».
Quienes comparten los días del Presidente suelen alegar que la Argentina vive desde el 25 de mayo tiempos fundacionales y que el gobierno del Dr. Kirchner está llevando a cabo, en los hechos, una verdadera «revolución» pacífica, por lo que es comprensible que la tibieza, el temor y la duda emerjan en aquellos que creen ver autoritarismo en donde sólo hay ejercicio de la autoridad. ¿Vive la Argentina los tiempos primeros de la instalación de un nuevo paradigma?.
Esta podría ser la explicación, elaborada y apacible, que traduzca de manera apaciguante la sensación de estrépito político casi permanente instalada en el país. Si fuera cierta la hipótesis, si lo que sucede es que vivimos tiempos de parto y que la criatura que aparece responde a un país completamente distinto y mucho mejor, todo calzaría y se adecuaría sin rispidez.
Desde esta mirada, correspondería ver en el Presidente al timonel de un tiempo nuevo, ocasionalmente expeditivo y hasta áspero en su puja por avanzar, pero esencialmente involucrado en una magna empresa de transformación social. Hay quienes piensan otras cosas.
El clima que se respira, desde luego, es de una distensión notable comparado con la psicosis apocalíptica que aplastaba a la Argentina hace apenas 12 meses. Con sus sinuosidades infinitas, la negociación con el Fondo Monetario Internacional se acerca a un desenlace inexorable y el Dr.
Kirchner pilotea este tramo final comprensiblemente dispuesto a sacar para la Argentina las mejores condiciones posibles, de cara a una indispensable reactivación.
En este plano, el Gobierno se maneja con una sutil mezcla de flexibilidad y dureza, sazonando sus habituales catilinarias contra «los poderosos» y sus medulares ataques contra el modelo de los años Noventa, con gestos precisos y buscados por el FMI, como los logros que esta semana cosechó en Diputados al conseguir pautas de reforma financiera pedidas por Washington.
Pero en política hay situaciones complicadas y en la Argentina de hoy hay temas que suscitan muchas más preguntas que respuestas en torno del perfil del Gobierno.
El Dr. Kirchner ha hecho de su supuesta vulnerabilidad una coraza inusitada. Si hace casi cinco años alguien llegó al poder perorando melancólicamente «dicen que soy aburrido», este Presidente se proyecta desde un enigmático «decían que era débil». No lo es, claro.
Hizo de la conciencia de su delgadez parlamentaria una consigna de combate feroz en procura de la base que precisa. Orgánicamente moldeado en 60 años de ejercicio de la obediencia o, al menos, de la adecuación a «la conducción», el justicialismo, o retazos de él, recibe gustoso de la Casa Rosada los óleos sacramentales.
Carlos Soria en Río Negro, Eduardo Fellner en Jujuy, Carlos Rovira en Misiones, Jorge Busti en Entre Ríos y Felipe Solá en Buenos Aires son, entre otros, la expresión de ese esfuerzo para reconfigurar la tropa justicialista y ponerla bajo el mando del Gobierno central.
Pero en otros distritos, las fronteras se mezclan, las lealtades se cruzan y los alineamientos devienen conflictivos. Los casos de Santa Fe y Capital Federal son ilustrativos.
El popular intendente rosarino Hermes Binner tiene firmes posibilidades de ser electo gobernador de Santa Fe, donde la herencia de 20 años de gobiernos peronistas es más penosa que elogiable, pero el Dr. Kirchner asume ahora el aval a la candidatura de Jorge Obeid (uno de los tres justicialistas en el demencial sistema de lemas santafecino) y eso le impide apoyar a Binner, quien es a Santa Fe lo que Aníbal Ibarra es a la Capital Federal, y en donde sin embargo, y con una tozudez verdaderamente llamativa, el Presidente redobló su apuesta visceral en contra de Mauricio Macri.
La matemática, sin embargo, se estrella contra los estilos de la política argentina: Macri viene de aportarle por lo menos tres diputados nacionales a la bancada justicialista, tras la primera vuelta capitalina (Jorge Argüello, Cristián Ritondo, Lucrecia Monti), al margen de los dos post-peronistas ingresados por el kirchnerismo (Miguel Bonasso y Juliana Marino). Fue por eso que el presidente del bloque del PJ en Diputados, José María Díaz Bancalari, me dijo esta semana en Radio Nacional «hay que agradecerle a Macri» por la ampliación del aparato pejotista en la Cámara y desde un distrito donde el partido es raquítico.
Quien dice Díaz Bancalari dice Eduardo Duhalde y este silogismo revela que las sumas y restas del Presidente, además de generar importantes niveles de rispidez, conllevan peligros políticos notables.
El Dr. Kirchner juega con fichas de alto valor; no titubea con cambio chico. Sabe que si Macri superase a Ibarra el 14 de septiembre, algo perfectamente concebible, el costo de tal derrota oficial no será pequeño. Cuenta incluso con un ánimo componedor que lo favorece, como cuando Elisa Carrió (vapuleada en Capital Federal como resultado de la ingeniería electoral diseñada entre Ibarra y la Casa Rosada), además de tener que deglutir el tener que quedarse sin diputados por la ciudad de Buenos Aires (las bancas a las que aspiraban Eduardo Jozami y Delia Bisutti, quedaron en poder de Bonasso y Silvana Giudici, del ibarrismo), tiene que procesar que en Santa Fe el estandarte de ARI, Binner, sea postergado por el Dr. Kirchner a favor del justicialista Obeid.
La nacionalización de todos los enfrentamientos electorales, una estrategia de gruesos trazos armada en pro de la configuración de una fuerza territorial que elimine fronteras regionales y construya políticamente para los esfuerzos del Presidente, genera inevitablemente desmesuras y desequilibrios, y no solo en el ámbito de la a menudo sórdida aritmética electoral.
Es importante y serio que el Poder Ejecutivo se haya abocado con tanto fervor, dedicación e ímpetu a una construcción que, aunque lo nieguen desde el Gobierno, derrumba las delicadas pero necesarias delimitaciones entre el Estado y la política partidaria.
El Dr. Kirchner quiere reforzar la noción de que su estilo es la antinomia de la especulación y por eso abomina de los cálculos que, sin embargo, son la sal de la política democrática. Orgulloso de lo que sus colaboradores describen como un refrescante principismo, recorre el país organizando su ejército y explica que le importan «un comino» las acusaciones que se le hacen.
Hay que decirlo: el Presidente va de frente y pone toda la carne sobre la parrilla, pero los riesgos son enormes y las perspectivas de derrape no dejan de suscitar desasosiego.
Salirse de pista sin tener la máquina de Michael Schumacher podría ser gravoso, sobre todo en un país cuya vulnerabilidad, menor que hace un año, sigue siendo muy alarmante.
Además, se cometen errores gruesos y gratuitos: en el banquete de recepción al presidente chileno Ricardo Lagos, el protocolo oficial no invitó a Raúl Alfonsín, amigo personal de Lagos y compañero de él en la Internacional Socialista.
En la delegación chilena preguntaron por Alfonsín y los encargados oficiales de responder balbucearon que si lo invitaban a él, debían también convidar a Carlos Menem y a Fernando de la Rúa. Los pundonorosos chilenos acallaron su opinión, pero se les leía en los ojos lo que pensaban.
A veces, el exceso en la concentración del protagonismo conspira hasta con la propia lógica de los intereses defendidos.



