El 14 de julio de 1610, entregó su alma al Creador en Lima, la capital del Virreinato más importante de Indias, San Francisco Solano, quien había nacido en Montilla (España) el 10 de marzo de 1549, ingresó en los frailes menores de San Francisco de Asís, donde profesó y fue ordenado sacerdote y luego, destinado a América, desplegó las excelencias de su caridad especialmente desde Lima a Buenos Aires, y concretamente en la zona de "Tucumán", toda aquella región que se extiende entre Córdoba y el Altiplano. Como otro "San Francisco de Asís", evangelizó, civilizó y pacificó.
Sus pies trajinaron varias veces los caminos desde Lima a Buenos Aires y viceversa. Insigne predicador, se le atribuye el don de lenguas (predicar en español y que los aborígenes le comprendieran en la propia), una relación amistosa con fieras y animales en general, como su epónimo, y con su elocuencia y su violín que tocaba magistralmente fue sembrando semillas de Evangelio, encarnando las prescripciones de los concilios limeños, de atraer con lazos de amor en la catequesis a los naturales de la tierra.
Canonizado por Benedicto XIII en 1726, su fiesta se celebra el 24 de julio, aunque el Papa Benedicto XVI declaró Año Jubilar del Santo desde 14 de julio de 2009 a la misma fecha de 2010.
El 12 de julio, cuando me despedí de mi breve estadía en Santiago del Estero, celebré por la mañana la santa misa en la celda que el santo levantara con sus propias manos y donde viviera unos cinco años, hoy incorporada al Museo de Arte Sacro de los Padres Franciscanos. Lo hice temprano, antes que el museo abriera sus puertas, en el altarcito allí improvisado, su imagen señera, de un austero y extraño barroco y cerca de algunas reliquias suyas( el cordón franciscano, la casulla de hilo tejida por los aborígenes y astillas de sus huesos. Me embargó un inefable consuelo espiritual, encomendé vivos y difuntos e imploré a la Misericordia Divina me conceda perseverar con al menos un centésimo de la dedicación que Francisco Solano hizo al Señor de su vida, y que nuestra patria y el mundo entero gocen de la tan ansiada concordia, reconciliación y desarrollo- como señalara Pablo VI- el nuevo nombre de la paz. NESTOR DANIEL VILLA



