Ahora la página desnuda, me invita a amarla. Soy un ladrón del cosmos inmortal; en el caos y confusión nace misteriosa un signo que muta en mensaje, símbolo, palabra. La flor que dibujo tiene el esmalte de mi corazón.
Más o menos caudalosa, profunda o desarrollada, la mente es como un río. No sabemos bien como empieza la imagen que luego se transforma, pero sí como termina. En este proceso, variados pueden ser los disparadores de su origen, su instante inicial, su tiempo cero.
La biblioteca de Alejandría, creada hace 2300 años, se cree que contenía 700000 manuscritos. La del Congreso de los Estados Unidos es, con alrededor de 140 millones de documentos, la mayor del mundo en la actualidad. Es evidente que semejante combinación infinita de números, letras, símbolos, diagramas, dibujos y signos, ocupan un extenso lugar en el espacio.
Sin embargo, todo ese saber se desarrolla, sublima o explota desde un lugar sin ocuparlo, la mente humana. En cierto sentido, es una fuente inagotable de pensamientos y sentimientos cuya génesis es como un pequeño "big bang", como el nacimiento de las burbujas o como un canal por donde pasan unidades atómicas que se toman prestadas del universo, se combinan y se lanzan en ideas o en poesía.
Mi querida maestra de primaria que todos los días regaba su miel, nos grabó esta imagen del misterio indescifrable por el que nacieron, de la nada, el Teorema de Pitágoras o 20 Poemas de Amor y Una Canción Desesperada.
El autor, escritor y periodista, es asesor técnico del Taller Escuela Mariano Moreno de Periodismo y Comunicación y preside el Centro Ismael Garzón de Estudios Literarios y Periodísticos. (CIGELP).



