Hasta ayer era humano, antes fui un simio y en los orígenes un reptil. Hoy, un microscópico generador atómico impulsa el fluido que circula por las arterias de mi cuerpo apático. Previamente a que pasara a ser una huella de la evolución, recuerdo que tenía corazón. En realidad lo evoco cada vez menos, pues ya no retengo el pasado, ni puedo imaginar el futuro. Ya casi ni reconozco mi propia voz, es que solo me comunico a través de las redes inalámbricas virtuales con las que estoy permanentemente conectado. Así conocí a mis amigos y a mis hijos. Solitario, durante treinta y ocho horas diarias repaso las imágenes de momentos lejanos. No quiero decir en el tiempo, que es muy volátil, sino alejados del actual orden ajedrezado.
En el devenir de esas representaciones que se van sucediendo, puedo ver a niños con atuendos similares haciendo muecas con la boca bien abierta. Siguen a una mujer de blanco por un terreno lleno de filamentos, desconocidos actualmente, que parecen clavados en la tierra y con crestas coloridas en los extremos, a los que designaban como flores. Si dirijo el cursor del monitor a ese preciso lugar donde veo el gesto, aparece un subtítulo: "sonrisas". Puedo ver a dos personas mayores caminando unidas por los extremos de sus antebrazos; en el reproductor ahora resalta la palabra: "amor". Puedo ver una adolescente que acerca su cara casi hasta estrellarse con la de un joven y la pantalla acusa: "beso". Puedo ver a un grupo, todos tomados y entrelazados, realizando alguna actividad que no logro entender y en este caso el mensaje que surge es: "amistad".
Estos y otros cuadros similares son los que más repito, tratando de alcanzar ese punto preciso de la memoria críptica, en el centro organizado de mi comando que resulta inaccesible. Otras fotos no me causan la misma necesidad de indagar. Por ejemplo, cuando puedo ver cuerpos destrozados, echados en medio de una sustancia líquida de color rojo intenso y el cursor apuntando indica: "muerte". O cuando puedo ver niños tan flojitos que parecen diseñados solo de huesos y de piel y el mensaje que se muestra es: "hambre".
Por suerte tengo un trabajo rutinario, me toca destruir lo que en tiempos pretéritos utilizaban para educarse. Fueron encontrados en cuevas conocidas antiguamente como bibliotecas; son un conjuntos de unas llamadas hojas, escritas y agrupadas o confinadas entre otras especiales de mayor grosor denominadas tapas. Por lo que puedo escudriñar, estos libros - así se los nombraba - tratan temas del pasado: poesía, música, artistas, pasión, magia, miedo, lagrimas, leyendas, alegrías, fantasía; palabras milenarias que han dejado de existir pero sobre todo de interesar.
El calendario es una remembranza histórica. Los días pasan y nada ni nadie parece cambiar. Desde que abrimos los ojos en el instante inicial, nos inyectan un elíxir lleno de sabiduría. Tal vez por eso, hoy los pequeños ya no se interesan. Un espejismo pagano los consume. Acorralados, solo sueñan con la etérea ilusión de la fugaz eternidad.
El autor es Asistente Técnico del Taller Escuela Mariano Moreno, de Periodismo y Comunicación y Presidente del Centro Ismael Garzón de Estudios Literarios y Periodísticos.



